ARTE, CULTURA Y SOCIEDAD 2: CONCEPTOS BÁSICOS EN LA EDUCACIÓN




ALGUNAS IDEAS GENERALES 
SOBRE EL PAPEL DE LA CULTURA 
Por Alberto Mego


Se maneja habitualmente el criterio de que la actividad cultural lo abarca todo, y así es, efectivamente. Con ello reconocemos que, así como el trabajo, es la cultura el objeto social de más habitual consumo, de mayor cotidianidad y necesidad. Es, en todos los casos, la representación, la imagen de la vida, su mejor reflejo y expresión ideológica. Así, desde una clase sobre Einstein, como la escritura de un poema, hasta una exposición de mates burilados, estamos hablando de actividad cultural.

Sin embargo, es preciso recordar que también la cultura es un concepto dinámico y que en la conciencia de su destinatario no es lo mismo esa exposición de mates burilados que la clase sobre Einstein o el poema al que nos hemos referido. Estas expresiones corresponden a niveles diferenciados de acción cultural.

Animados por la necesidad de plantear, prácticamente, dichas diferencias, y de manera tentativa, podemos convenir que la cultura como hecho humano y social tiene, en su presentación concreta, hasta tres aspectos:

1.- Aspecto Conservacionista
2.- Aspecto Formativo
3.- Aspecto Creativo

De acuerdo al criterio conservacionista, la acción cultural tiene por finalidad la preservación de los valores materiales que forman parte del acervo cognitivo y espiritual de la herencia social cultural, y que está en la base de los orígenes de la historia de un pueblo determinado, o de toda la humanidad. Sin duda alguna, a este aspecto pertenece la actividad museológica, arqueológica y aún antropológica -cuando su interés se afinca en la investigación de los orígenes-; a ella pertenecen también la conservación de las formas ancestrales o folklóricas de las diversas costumbres, hábitos y comidas, así como las expresiones artísticas que guardan cierta lealtad a las reglas tradicionales y siembran una estampa pretérita en la conciencia de la actualidad, sobretodo en países como el nuestro que gozan de una historia milenaria.

Aquellos dedicados a la acción cultural en la valoración de este aspecto pueden convertirse en celosos guardianes de la tradición y portavoces de las convenciones más arraigadas del obrar popular, así como del deleite en los objetos materiales, preservados, que hacen posible la noción de pertenencia e identidad (aún cuando, en relación a este concepto, su efecto es puramente ilustrativo y adscrito a la nacionalidad).

De acuerdo al aspecto formativo, la acción cultural está contenida en la trasmisión de las técnicas y de los contenidos inteligibles y propiciatorios del entendimiento y accionar sobre una realidad circunscrita a áreas determinadas del conocimiento. En la medida que la educación es su finalidad principal, no teme utilizar los recursos del lenguaje, de la ciencia o el arte, para elevar los criterios del aprendizaje y de la formación del estudiante.

Son principalmente los profesores los que se manejan en esta acción cultural, y en esa medida, como intelectuales, a través de sus criterios y normas, la cultura cumple una función educativa, elevando los criterios científicos y artísticos humanísticos en general, con los que se ha de interpretar la existencia y el papel de los hombres en sus sociedades.

En este aspecto las metodologías, como recursos de trasmisión, cumplen un papel muy importante, aunque también la práctica investigadora como la experimentación científica y artística, cuando dichos criterios y normas son flexibles y se complementan, en función a los fines pedagógicos que animan esta forma de acción cultural.

El aspecto creativo de la cultura es el más complejo y fecundo, al que por naturaleza estamos todos en las mismas condiciones. El ser humano es esencialmente creativo, y ello corresponde a su aptitud intrínseca por el trabajo, por la transformación de su entorno y la necesidad de renovación constante de los referentes que sostienen su visión de la vida.

Por esta razón, todos estamos en una relación de producción y/o consumo cultural, delante de un objeto cultural o al frente de él, en la necesidad de crear, recrear y renovar dichos referentes, satisfechos tanto en la composición y divulgación de ese poema, como en la interpretación de una obra de teatro, la participación en un concierto, la plasmación de un cuadro o la postulación de propuestas teóricas que desborden los límites de la ciencia y la tecnología.

Muchos ejemplos podrían citarse a este respecto, algunos ni siquiera se asoman al borde de las realizaciones, pero todos ellos configuran la función exaltadora, o si se quiere perturbadora -en tanto, trastoca la visión convencional y estática de la realidad- para redimensionarla desde puntos de vista inéditos u olvidados. Hay que señalar que, en ocasiones, creación y memoria pueden ir de la mano, y tanto mejor si -a pesar de las dificultades- aquellos que están dedicados a este aspecto cultural, guardan en su obrar una actitud pedagógica.

Sin embargo, dada la frecuencia con que se manejan los lineamientos de los otros aspectos de la acción cultural, el aspecto creativo de la cultura es el que generalmente recibe menor atención. Como consecuencia, la acción cultural bajo sus formas conservacionista y/o pedagógica se presentan como únicas y plasmadas en hechos de apariencia fría o repetitiva, que no llegan a estremecer la conciencia del destinatario, al ocultar la esencia dinámica de la cultura, y quedándose en la trasmisión de conceptos genéricos o la conservación de formas significativas que ilustran, sin transgredirlos, los linderos de la imaginación.

CULTURA E IDENTIDAD

En una sociedad como la nuestra, y sobretodo en una situación como la actual, donde las ideas deben confrontarse ¿qué aspecto cultural es preciso poner en relieve?

Partiendo de la necesidad de crear condiciones que oxigenen las mentes, largamente estremecidas y/o adormecidas por los acontecimientos políticos de los últimos veinte años, que de un lado acogieron la más extraordinaria movilización social, en la década de los 80, y posteriormente, su sofocación a cargo de los sectores más lumpenizados del Estado, ¿cómo debemos estimular y propiciar la acción cultural?

Vivimos en un país pobre, donde las instancias del conocimiento son usufructo de una minoría culta, donde además las palancas de la divulgación cultural permanecen en manos de medios de comunicación que han participado activamente en el adormecimiento de la conciencia nacional, en correspondencia al necio objetivo de embrutecer/estupidizar/encandilar a un hombre peruano apto para la vida, para el trabajo, como para la lucha por altas condiciones de dignidad y perspectivas en todos los planos de su existencia. Por tales razones, es absolutamente necesaria una dinámica e intensa acción cultural.

Nunca será suficiente toda la actividad cultural que se despliegue a partir de criterios conservacionistas o formativos. Sin embargo, es fundamental propiciar causes que canalicen la creatividad de nuestro pueblo, así en su potencialidad de consumidor como de protagonista. Y a este respecto es la juventud, cuya capacidad creativa se ahoga sistemáticamente, a quien tendría que estar dirigida una dinámica cultural integral. Entender la acción cultural solamente desde sus ángulos conservacionistas o pedagógicos es actuar sesgadamente sobre sus conciencias.

El cultivo de “lo nuestro” no debe ser el límite de las expresiones culturales. Ese es el inicio de una secuencia que adquiere fundamento, en la comprensión de las contradicciones de la realidad, liberada de juicios rígidos o estáticos, pues éstos no promueven un efecto cultural sino una ilustración relativa o el aprovechamiento de disciplinas complementarias, que en realidad no procuran una atmósfera creativa.
Bien sabemos que la actividad creativa generalmente es tendenciosa. Al residir en la coherencia de un cerebro, o de un mismo equipo sensible, y a la vez, nutriéndose de toda la colectividad, o de vastos sectores que pretende representar, rompe con los marcos y tiende a desestabilizar lo establecido, a alterar las formas y proponer otras nuevas, o simplemente a avizorar ángulos inéditos de la memoria o de la acción, pues la vocación creativa empieza en un profundo cuestionamiento a la realidad circundante.

CUESTION FINAL

La interrogante que tenemos por delante es si, a través de la acción cultural, queremos o no agitar las conciencias y acaso trastocar nuestra percepción de la realidad.

Sin duda, ello demanda perderle el miedo al muro levantado entre la tradición y lo nuevo, y creer que todos los aspectos de la creación -la poesía, la narración, el teatro, el dibujo y la pintura, el video casero, la música juvenil, el ensayo, y tantos otros- siguen siendo formatos válidos de acciones acertadas para propiciar una corriente creativa que devuelva a los jóvenes peruanos su confianza en la vida. Quizá la función fundamental que cumple el aspecto creativo de la cultura es recuperarle el optimismo a hombre, a la mujer, vivos, actuales, mostrándole de diferentes formas sus contradicciones y sus rostros más vitales. 

Es el efecto sintetizador de este aspecto cultural el único que puede convertirse en un verdadero “espejo” y enriquecer la conciencia de si, es decir, la identidad social e individual de nuestra comunidad, y con ello, constituirlo en engranaje del porvenir.


Charla con profesores de Ayacucho. 18-2-13


RETABLO EL DORADO Cps 28, 29, 30. FIN


RETABLO EL DORADO Cps  28, 29, 30. FIN

"Juan conoció a Hortensia en una de las primeras fábricas que aparecieron en El Dorado. Trabajaban la caña que venía del norte, la miel y el azúcar. Ella era también obrera como él, dulce como todo lo que hacían allí y laboriosa como las demás. Al principio, tenían los mismos problemas que se les presentaba a los jóvenes enamorados de esta ciudad, es decir, buscando un lugar donde estar solos, iban de parque en parque al encuentro de sus cuerpos amantes. Pero el asunto del dinero, de los gastos en sus comidas pasanderas, de los pasajes y sobretodo de las camas que alquilaban en los hoteluchos del centro, los decidió a participar en la invasión para después irse a vivir juntos".

Ilustración (agregada): Francisco Izquierdo

28


     Lejos de los modernos edificios llenos de oficinas con sistema eléctrico propio para no interrumpir el movimiento comercial, lejos de las calles del centro y de las urbanizaciones residenciales por donde corrían, aullando dolorosamente las sirenas de las ambulancias y los patrulleros, lejos de los numerosos distritos medios, todavía lejos de los cerros más cercanos de la ciudad, algunos ya considerados en el nuevo casco periférico y convertidos en distritos con su propio alcalde y su propia oficina de impuestos, arriba de los mismos de siempre, los tantos de nunca, más arriba, en la punta misma de las primeras montañas, muchos miraban atentos las lucecillas de la ciudad, las torres más altas, las troncales, los ejes de la ciudad, esperando una señal.

     La agitación aumentaba en la ciudad, y aunque por su propia agitación Juan no reparaba en ello, pensando en tantas cosas, justamente esa tarde se encontraba con Hortensia. Sacando la cuenta no se debían nada, habían actuado exactamente de acuerdo a sus consciencias, aunque es verdad que los hijos les dieron plazos a sus vidas, los cambiaron tanto. A él, su amor al trabajo lo hizo ser cada día más receloso. Y nunca se acomidió a pasarle la mano a nadie para que lo ascienda en el puesto o lo convierta en empleado público.
     Recta, lo que se dice recta, quizá no era su conducta, pero siempre estaba a favor de los que libraban luchas decididas por lo correcto. Y así había vivido, y vinieron los hijos y el amor se hizo escaso, o quizá no pudo repartirse entre tanto hijo, y las cosas fueron sucediendo, luego vino la confianza en un mundo mejor, y ahora en medio de la guerra, estaban tan lejos uno del otro.
     Era bonita Hortensia. Le había dado tanto, y él a ella, se habían dado tanto. Pero estaban pasando tantas cosas en las calles, en los organismos del pueblo, en los sindicatos, en los pobladores de los barrios. A veces, es cierto, su corazón se llenaba de nostalgia, y le confesaba sus sentimientos a alguna mujer, y ella lo miraba con calor, y juntos veían el amanecer.
     No se había detenido a pensar que necesitaba una compañera. No le iba a hacer alguna trampa a Hortensia, la verdad era que nunca mintió para ganar la atención o los encantos de una mujer. Simplemente decía la verdad. Y también era verdad que nunca tuvo más amor que en las praderas de Huantarí, en el corazón de su pueblo.
    
     Estaba con ese vestido violeta que ya le había visto. Se saludaron con un beso en la mejilla, temerosos. Se miraron en silencio, y él asomó una sonrisa. Pero estaban listos para acusarse, como antes. Pero mucho menos. Allí estaban los dos, midiéndose. Ella ajustaba los labios para no llorar, porque ese día confirmó su nueva situación.
     Sintió su aliento y su olor de hombre, mientras se le encendían las mejillas y algo la hizo temblar. Se contuvo porque no quería echársele a los brazos. El se dio cuenta y comentó irónicamente lo bien que les haría una cama. Ella sonrió con dificultad, pero después no pudo contener las lágrimas.
     -Estás llorando- le dijo Juan.
     Y se acercó para abrazarla. Ella también lo abrazó y lloró sobre su hombro. La saliva se le apretó en la garganta a Juan. No sabía qué decir. De pronto se sentía tan culpable de todo lo que pasaba con Hortensia. Pero no, no tenía nada de qué culparse, no podía mirar atrás, preguntándose por ella. Era poco más del mediodía. Los autos giraban en las pistas. A esa hora todo el mundo salía de sus trabajos, y las calles empezaban a llenarse de gente, atropellándose.
     Mirando el gentío y los edificios perfilándose a lo lejos, modificando el juego de sombras que caracterizaba el lugar, Juan pensó que verdaderamente todo había cambiado. La iglesia, por ejemplo, estaba terminada completamente. Más o menos cuando comenzaron a construirla fue que conoció a Hortensia, aunque no tuvieron que pedirle permiso al cura para irse a vivir juntos. Entonces, el parque no tenía monumento. Cuando llegó el ingeniero Secada pusieron la hilera de héroes desconocidos.
     Los años habían pasado tan rápido, unos sobre otros y estaban allí. Hortensia lo miró en silencio, mientras el viento empezaba a soplar y los transeúntes abrigaban sus cuellos o se amarraban las chalinas. Ya entonces había tanta gente en El Dorado, tantas fábricas, tantos cines y edificios, y más pobres, más desocupados, más enfermos, más muerte.
     Y estaban los traficantes de ilusiones, los religiosos, los vendedores del paraíso. ¿Cuántas ilusiones se concentraban en El Dorado? Y Hortensia quizá era otra ilusión que se le aparecía, como tantas, debía reconocerlo. Le pasó las manos por la cara, tratando de levantarle la mirada.
     -Todos nuestros planes se los llevaron los vendedores- le dijo.
     Se veía que Hortensia no se había rendido. Era una mujer de trabajo, trabajaba en un taller de costuras, era una obrera. Usaba otra vez zapatos de taco, y aunque le había bajado la basta a su vestido, tenía levantadas las caderas, eran los zapatos, claro. Un deseo fugaz cruzó su cabeza. Hortensia estaba más calmada y repuesta. Lo miró fijamente y le dijo:
     -Tengo que irme.
     Allí estaba ella, y él tenía que seguir.
     Le dio una palmada en el hombro y le dijo chau. Ella volteó y comenzó a caminar rápidamente. Juan la vio alejarse por las calles, mirando sus movimientos, deslizándose por la vereda.
-!Hortensia!- gritó, y la alcanzó.
Ella se turbó cuando vio sus ojos húmedos. El no pudo contenerse y la abrazó ansioso, besándole los ojos y la boca. Ella se retiró bruscamente.
     -No- dijo- ya no, estoy esperando un hijo, Juan.
     Dio media vuelta y se fue. Todavía le hizo adiós. Juan sintió que su vida giraba sobre sus ejes, y cambiaba de rumbo. La tarde se volvió azul y oscura, como cuando se entra a un túnel, o a la noche que precede la nueva aurora.

     A eso de las diez o once, cuando el cielo estaba completamente cubierto, una espesa niebla se agregó al oscuro natural de la bóveda. A las doce, el cielo comenzó a salpicar pequeñas lucecillas, poco después las lucecillas aumentaron. Muchos vieron artefactos espaciales, nubes de color, pero eran solamente lucecillas. Con las primeras luces del amanecer, el cielo salpicó cientos, miles de estrellas, era un extraño fenómeno para la ciudad. Aunque los especialistas lo aguardaban, fue una verdadera sorpresa para los habitantes de El Dorado. No era que la luna se hubiera roto en mil pedazos, era una verdadera lluvia de estrellas, un fenómeno conocido, pero poco frecuente en el paralelo 14. Esa noche muchos se encomendaron a sus dioses. Juan levantó los ojos y dijo para sí “son las primeras luces”.

     “Eres una verdadera tonta”, le dijo Margarita. ¿Sabes dónde está tu problema? Que no quieres aceptar que una mujer tiene exactamente los mismos derechos que un hombre, pero no solamente los mismos derechos sino somos la misma carne, el mismo cuerpo, y las mismas necesidades, somos seres humanos. No somos máquinas, ni perritas falderas. Mujeres, eso es. No tienes que lamentar lo que ocurre en tu vientre. !Lo que te está ocurriendo! ¿No te das cuenta? Un hombre del porvenir avanza en la tormentosa batalla por el nacimiento. Es un niño del futuro. !El verá las grandes transformaciones! !El las verá!... Si no lo quieres dámelo a mi, Hortensia, yo quiero ese hijo. Es hijo de las luchas de hoy, y tú vas a dejarte de lamentos y vas a venir con nosotros, tú también eres una mujer.


 29


     Había sido difícil resolver los problemas con sus hermanos, pero se resolvieron. Todos se fueron a vivir con su madre. Viviendo solo, sabía lo que tenía que hacer: después del colegio se encontraban todos en casa de la abuela, almorzaban en la misma mesa, su madre, su abuela, el abuelo, sus hermanos. Si quería, podía quedarse, como lo había hecho más de una vez. Pero no le gustaban las palabras de la abuela cuando se refería a él:
     -Cómo se parece este chico a su padre- decía.
     Camilo prefería regresar a su casa, o caminar, almorzar con su padre, a veces. El trabajo en el grifo le quitaba tiempo, el colegio también. Aunque, últimamente tenía más ratos libres, los profesores estaban en una larga huelga y se movilizaban en las calles, junto a otros gremios de trabajadores, reclamando una justa valoración de su trabajo.
     Tenía tiempo para detenerse en la plaza principal a mirar exposiciones de pintores callejeros, sus iguanas doradas en rostros ardientes, sus caballos corriendo las praderas, relinchando, golpeando sus coces en la niebla. El frio del invierno invadía lentamente la ciudad. Una niebla blanca y pesada se acantonaba en las calles estrechas y, por las noches, la gente en las veredas atravesaba las nubes blanquecinas y azules a la luz de los fluorescentes, y parecía que flotaban, como en un cuadro de los pintores callejeros.
     Tratando de olvidar a Lady, se metió a tantas cosas, lo que más lo distrajo fue el box, el de las ligas deportivas, siguiendo los pasos de Conejo. Practicaba intensamente para ganarle a otros miembros jóvenes de la liga, aunque la suerte no siempre lo favorecía, y a veces debía usar una gorra para ocultar el moretón en un ojo. Y todo para olvidarla, qué estúpido.
     Tenía escritos inútiles poemas resolutivos donde avanzaba del endecasílabo al soneto alejandrino y establecía calendarios precisos de renuncias al amor correspondido pero platónico. Por ratos brevísimos, sin posibilidad de intercambiar intimidades más que consigo mismo, recibía besos imaginarios desde el balcón de Lady que él devolvía lanzando su sonrisa al viento. Estaba tan enamorado. Escribía también canciones de despedida, pero no se decidía. “Escápate conmigo, escribía, escápate conmigo, nos iremos al Congo si quieres, o a la montaña más alta". Pero no se atrevía a convertir su verso en palabra viva.
     Oh prodigio, un día ella le mandó una carta, una carta breve y perfumada, de diez palabras. En la carta, Lady escribió un dulce pensamiento, parafraseado en una canción de moda. Además le mandó un pedacito de serpentina. El quiso seguir la corriente haciendo lo mismo, aunque le pareciera ridículo. Al poco tiempo le dio una fiebre muy alta, y como tenía que trabajar, andaba como sonámbulo, afiebrado soñador, todo le parecía tan bello, tan claro, tan absurdo. A ratos, pensaba que estaba muriéndose.

     Una nueva oportunidad se le presentó otra vez. A través de uno de sus primos, Lady le envió otro sobre. El pensó que eran los versos que esperaba, los del amor correspondido, escritos a puño y letra de la amada. Pero era una invitación, como hace tiempo, también para el cumpleaños de Erick. “Ese dientón tiene cumpleaños todos los años” pensó. La firmaba ella, pero qué iba a decirle a Erick. No eran amigos, a veces se saludaban, pero siempre a punto del insulto y los golpes. Como pedante y engreído que era, en el barrio solo tenía primos. Desde las primeras palabras, desde los primeros gestos se le notaba la patanería. ¡Cómo podía ser hermano de Lady!.
     Seguramente irían los primos, y habría baile y la morisqueta completa. Pero Camilo decidió ir. Estaba más afiebrado que nunca, quizá moriría al día siguiente, pensaba. Se alistó convenientemente, proponiéndose aprovechar ahora o nunca la oportunidad de abrir de par en par su corazón. Aunque no estuviera del todo presentable, qué diablos, no tenía tiempo de lavar su ropa, aunque sí para los sonetos. Decidió por fin ir tal como estaba vestido, porqué se iba a avergonzar.
     Ya eran más de las seis y, delante de la puerta, se preguntó si mejor hubiera sido llegar con algún amigo. Tocó el timbre. Con voz temblorosa y el corazón palpitándole a toda velocidad, le dijo a la niña que le abrió: "hola, llama a tu prima Lady". Al poco rato el que apareció fue Erick. Sorpresa. Con una ancha sonrisa de pícaro rufián, lo invitó a pasar. Camilo avanzó cuidadosamente delante de Erick hasta llegar a la sala.
     La música flotaba en el aire caliente de la sala llena de niñas y muchachas de hermosas cabelleras lacias y piel blanca. Y también estaban los primos, qué hacía allí Camilo. Algunos bailaban y, riendo, se servían discretamente el cóctel de fresas, cargado de ron, que les permitían a los jóvenes en sus reuniones sociales.
     Camilo tomó asiento en una silla aterciopelada, palpando nerviosamente su superficie áspera, qué hacía allí. Como sonámbulo, con el rostro circunspecto, tomó algunos bocadillos que le ofreció una niña vestida de blanco, con galoneras en los hombros. Se preguntó si era una fiesta de disfraces y echó una nueva mirada a todos. Se acordó que ni siquiera lo había saludado a Erick por su cumpleaños. Cómo se le había olvidado. Y dónde estaba ahora.
     Pero Lady apareció, vestida con un vestido azul y rojo, sonriéndole. El se puso de pie, limpiamente y se acercó para tomarle la mano, ella le dio la mejilla, él un beso.

     ¿Qué hacía allí? se preguntó otra vez.
     Lady olía a perfume por los cuatro costados, y estaba candorosa como flor de limonero, mirándolo, en silencio. Tampoco a él se le ocurría nada. De pronto, uno de los primos agitado detrás de Lady, la arrastró al centro de la sala, para bailar. Habían puesto un disco de moda y todos se pusieron a bailar. Camilo no quedó desolado mirándolos moverse como títeres, sino con ganas de irse. El grupo que acompañaba a Erick lo miró, haciendo comentarios, hablándose en las orejas. Uno se acercó y le dijo: “ven con nosotros, queremos hablar contigo”.
     El muchacho ya era grande, aunque tenía cara de tonto y nunca lo había visto. Erick seguía todos sus movimientos desde el frente, cuchicheándole algo a otro. El muchacho volvió a insistir a que fuera con él, pero ésta vez lo empujó un poco. El, desprevenido, reaccionó, pero seguían empujándolo. Lady desde el centro de la sala, mientras bailaba, lo miró, sonriéndole. Camilo sonrió también, y no entendió cómo llegó al lado de Erick, y porqué su brazo le rodeaba el cuello, lanzándole su aliento con olor a ron, diciéndole con sus dientes afilados y deformes:
     -¿Has oído hablar de la lluvia de estrellas? Quiero enseñarte mi telescopio, se ve todo.
     Camilo sonrió diciéndole “qué telescopio, de qué estás hablando”. Pero tratando de hacerse el gracioso le dijo “ah sí, tienes un telescopio”.
     -Sí- dijo el otro, entre las risas de los demás- tengo uno.
     -Yo también- contestó Camilo- también tengo, uno especial.
     -¡No me cree!
     -Porqué no- dijo Camilo- si tienes plata, a lo mejor te compraron el cielo.
     Todos rieron, a Erick se le malogró la sonrisa, y ahogó las risas de los demás, mirándolos seriamente.
Erick se acercó a dos de sus primos y les dijo algo al oído. Camilo pensó que la próxima pieza tenía que sacar a Lady a bailar, esta vez no se le adelantaban. Pero no sabía qué hacer con Erick que insistía con la cantaleta del telescopio, con cara de pocos amigos y rodeado de todos sus primos.
     -Vamos- dijo Erick, empujándolo hacia las escaleras.
     Tenía que irse, esto no estaba nada bien. Al salir con ellos por el corredor que llevaba a las escaleras del segundo piso, pensó que mejor tomaba el otro lado y se iba. Total. Otra oportunidad habría. Pero no lo dejaron. Todo el grupo, de seis o siete, lo hicieron subir las escaleras. Los mayores, los tíos seguramente, conversaban, sin percartarse de nada, fumaban y tomaban.
     Arriba olía a naftalina, a loción. Había silencio y dos gatos rondaban los zócalos de madera. Caminaron sin hablar. Camilo pensó que Erick quería enseñarle de todos modos su juguete, o tirarlo desde del segundo piso. Una de dos. Pero casi cortésmente Erick le enseñó la puerta de una habitación. “Pasa, le dijo, es un telescopio de verdad, se ve la luna y todas las estrellas”. De pronto, le disparó un puñete por la espalda y lo empujó hacia el interior. Camilo escuchó que cerraban la puerta entre carcajadas. Cuando quiso abrir, ya no era posible. Tomó aire y resopló, miró alrededor, a pesar de la oscuridad reconoció que estaba en el baño y distinguió el lavatorio, el retrete, las toallas de colores colgadas en una percha.
     Sin saber dónde estaba el interruptor de la luz, permaneció unos minutos a oscuras, llenándose de cólera, qué diablos hacía allí, encerrado y a oscuras en la casa de Lady. Golpeó fuertemente la puerta, afuera se escuchaba el tocadiscos a todo volumen, los gritos de los niños, risas. Tratando de contener la rabia, pensaba que en cualquier momento abrirían y se harían los graciosos, pasándole la mano, riéndose.
     Pero ya se había hecho un silencio largo entre canción y canción, y nada. Volvió a golpear fuertemente. La sangre se le agitaba en las sienes, tocó una vez más y esperó. Después de un rato le dio un puntapié a la puerta. Pero seguía cerrada.

     La cabeza le sonaba como tambor. Toda la poesía que había acumulado en compartimentos secretos de su memoria, las fechas trascendentales, los recuerdos más bellos del rostro de Lady, todo se desvanecía con los golpes que agitaban su mente y su alma. Volvió a patear la puerta. Pero no venía nadie a abrir. Quizá la alfombra que cubría el suelo al otro lado tragaba los sonidos, no había más que seguir golpeando. De pronto, escuchó que alguien se acercaba, estaba seguro. Apenas se abrió la puerta, saltó fuera. Allí, azorada y asustada, lo miraba Lady.
     Pero sin darle importancia, él llegó a las escaleras. Había aumentado la gente en el salón, bailaban, bebían. Descendió lentamente los escalones. Desde arriba había visto dónde estaba Erick y sus amigos, pero cuando lo vieron bajar desaparecieron en diferentes direcciones. Los ojos furiosos de Camilo sólo buscaban a Erick, quería mirarlo de frente y devolverle el puñete, con algo más, para ser justo. Pero no lo veía por ninguna parte. Las chicas lo miraron con tensión, y las que recién llegaban con curiosidad, era el único que se distinguía por su ropa, no era una ropa de fiesta. Camilo pasó delante de todos, sin reparar en nadie que no fuera Erick, al fondo algunas parejas bailaban y los viejos tomaban sus vasos.
     Buscó el pasadizo que conducía a la puerta, pidiendo permiso entre la gente que bailaba, quiso irse. Justo en la puerta tropezó con Erick. Inmediatamente, Camilo lo agarró del cuello y lo empujó por el pasadizo hasta un rincón un poco oscuro. Suavemente, levantando la rodilla, después de palparse la pierna hasta el tobillo, sacó la chaveta y puso su hoja brillante ante los ojos aterrados de Erick.
-Hoy mueres, miserable- le dijo casi al oido.
     Sintió que Erick temblaba como una gelatina, tenía la boca entreabierta y lanzó un grito ahogado. Los demás muchachos aparecieron inmediatamente como si alguien los hubiera llamado, como si hubieran reparado en sus pasos, y a discreta distancia, miraban y murmuraban sin saber qué hacer. Pero, todavía sintiendo la dificultosa respiración de Erick y la suya resoplando agitado, alguien le dio un empujón y se le puso al frente.
-!Lárgate de mi casa!- gritó llorando Lady.
     El la miró un instante. A pesar que tenía los pensamientos dispersos, revueltos y confundidos, en archivos y anaqueles secretos que no correspondían en datos y fechas, numeraciones, colores y formas, decidió irse rápidamente. Masticando su cólera, empujó otra vez a Erick contra la pared y lo soltó. Disimuladamente guardó la hoja, y salió.
     Afuera, estaba fresco, quizá un poco frío por las brisas que atravesaban el colchón de nubes en el cielo. Sereno, a paso lento, aunque con una rara pesadumbre, siguió caminando. La música se escuchaba a lo lejos, a lo mejor muchos no se percataron de nada. Pero eso no importaba. Todo había estallado como una pompa de jabón. Allí estaba otra vez en la calle, delante de la vida.

     Algo extraño pasaba afuera. El árbol de la esquina se agitaba curiosamente, no podían ser sólo las corrientes de viento que en esos días atravesaban las nubes espesas que descansaban sobre la ciudad. Todo estaba tan agitado, solamente faltaba el cielo. Dio una mirada abajo, desde allí vio toda la ciudad, su silueta irregular, sus torres, los edificios de más de diez pisos, iluminados por los postes eléctricos. Quiso describir sus sentimientos en dos o tres versos, pero no se le ocurría nada. Se detuvo en la esquina.
     La calle vacía de gente, y oscura, recibía uno que otro destellazo de luz cortando la oscuridad. Volteó para mirar la casa de Lady. ¿Cuánto tiempo había pasado? Alguien se asomó al balcón. Estaba seguro que era Lady, no podía ver bien su silueta dibujaba por pedazos a la escasa luz de la noche. Sí, era ella. Bajó la cabeza, y desapareció detrás de la cortina. El quiso gritarle algo. Pero ya era tarde, la música se escuchó más lejana, y la silueta cerró la puerta del balcón, y la de sus endecasílabos.
Sacó de su bolsillo un pedazo de cigarro y se puso a fumar, preguntándose qué había perdido, nunca había tenido nada. "Todo está allí, detrás de la niebla, listo para tomarlo, si de verdad lo quiere uno", pensó. Buscó su chaveta, temiendo que a lo mejor la había perdido por salir apresuradamente. No, allí estaba. Respiró profundamente, enderezó el cuerpo, estirándolo, levantando las manos. Después, revisó en sus bolsillos todo lo que encontró, rompió papeles, anotaciones idiotas, citas célebres, datos inútiles.
     Así lo encontró Pulga en la esquina.
     -¿Has visto?- le dijo.
     -Qué. ¿La lluvia de estrellas?
     -Hay una bandera en la punta del cerro. Desde aquí se ven más banderas en los otros cerros.
     Camilo miró hacia arriba. Era cierto. Habían muchas. A pesar de la oscuridad vio las banderas.
     -Son banderas rojas- dijo Pulga-. Mañana es la marcha.
     Y se fue. Camilo miró otra vez las banderas. Pulga todavía volteó y gritó:
     -!Te busco mañana temprano!
30


     Hubo un leve temblor mientras Hortensia tendía ropa en los cordeles de la azotea. Había viento, un pajarito se detuvo cerca, y ella se agitó viendo sus pequeños saltos, quién sabe de dónde venía. No era extraño. A veces el cielo de El Dorado era invadido por estas avecillas, alegraban con sus trinos las tardes, y aguardaban en los parques que la gente se marche para comerse los restos de comida.
     A los supersticiosos no les gustaban estos pájaros. “Son de mal aguero”, decían, "anuncian malas noticias". Y se persignaban, rezaban mirando discretamente al cielo, podían traer la señal del fin del mundo. Habían llegado en los últimos años, los ciudadanos más viejos no los recordaban, pero se habían ganado un espacio en el cielo, y allí estaba uno.
     De pronto asomó otro, más intenso, con plumas muy azules, que fue directamente a atacar al otro. Mientras se picoteaban uno al otro, ella se llevó las manos a la boca y contuvo un grito desgarrado: !debía explicarse este momento!, y no podía. Su mente se turbó por un instante. Recogió la batea, resuelta, y bajó la escalera apresuradamente, comprendiendo que todas las cartas de su vida se habían echado: tenía razón Margarita, porqué iba a temerle a la vida.

     Como se lo había dicho, Pulga llegó muy temprano: los gallos apenas comenzaban a cantar. Tocó la puerta, pero sabiendo que no había nadie más que Camilo, entró hasta el fondo y lo arrancó de la cama.
     -!Son los hombres de la Montaña! !Apúrate!- dijo.
     Afuera, muchos bajaban, de todas las casas salía la gente en grupos, abajo se encontraban con las filas y con otros que descendían de diversas direcciones del cerro. Más abajo todos eran una misma fila, una fila gruesa, un grueso cordón ajustado, como una soga. Caminaban siguiendo la fila por los costados, como otros, pero mucha gente cruzó a Pulga y los separó.
     -!Camilo! !Camilo!- gritó Pulga, riendo, emocionado.
     En medio de la multitud, Camilo reparó en la mirada firme de la gente, vio que por las escaleras de cemento también descendían muchos más, y se agregaban al enorme cordón de personas. Algunos niños lloraban. A lo lejos vio a sus amigos del grifo que vivían cerca de allí, corrían adelante con amigos más grandes. Y vio a lo lejos a Perico, al lado de su padre y de varios trabajadores de construcción.
     Adelante, las banderas flameaban en lo alto. Eran banderas enormes. Por encima de las cabezas, ocasionalmente, algunas mujeres llevaban banderas más pequeñas, bordadas, a veces de papel, en alto. Otros repartían volantes que decían “!Vivan los Hombres de La Montaña Más Alta!”

     “Dónde estará el Loco” se preguntó Camilo.
     Algunos policías sorprendidos en el camino se alistaban a disparar, pero prefirieron tomar sus autos y escapar. La marcha avanzaba a toda velocidad, en poco tiempo llegaría al centro. Algunos se quedaban atrás, otros seguían. Mujeres mayores, con sus hijos a la espalda, señoras de los puestos de periódicos, de los talleres textiles, empleadas de los hogares, avanzaban.
     “¿Y Pulga? ¿dónde está Pulga”, se preguntó también.
     Los rostros brillantes por el sudor destellaban en la pista, las banderas a contraviento se agitaban con fuerza. Entre tanta gente, qué iba a encontrar a Pulga.

     Esa madrugada consiguió escaparse del Ciego, no podía más con los golpes, estaba escupiendo sangre y no masticaba bien, le habían salido granos en la boca, sentía siempre la lengua cortada. Fue hasta un basural, el más cercano a la casa del Ciego, allí encontró algo de comida. Pero además vio que se le acercaban amigablemente unos muchachos, llamándolo cariñosamente.
     De pronto, por atrás le echaron encima un costal, y todo se volvió oscuro. Trató de defenderse, de ladrar, pero bajo el costal entre todos le agarraron las patas y la boca.
     -Ratito- le dijeron-, ratito, no te va a doler, perrito.
     Le sobrevino un ataque de ansiedad, se ahogó en su propia saliva. Lo último que sintió fue que le atravesaron el corazón, y murió. Más tarde, todavía chorreando su sangre, la gente lo miró con repugnancia, mientras leía al paso lo que decía el cartel que pusieron en su entraña.

     La mirada de C. ardía. Los miró a todos y después los saludó uno por uno. Eran siete los que estaban con él. Estrechó fuertemente sus manos, se despidió de todos. Cuando comenzó la marcha, Juan lo volvió a ver en los grupos dispersos que la iniciarían en una esquina del barrio de La Candela. No venía al caso estrechar otra vez su mano y preguntarle por la señal.
     Al poco rato, cada cual caminaba, y después corría, entre todos los que ordenadamente se añadían desde las calles, y poco a poco se convirtieron en una misma corriente, tensa y constante como la del río en su tierra, en su Huantarí querido. Un río de gente.
     Y como allá, salían de todos lados los pequeños arroyuelos que alimentaban la corriente principal.

     “Anda a ver qué pasa”, le dijo su madre a Hortensia. Ella ya iba a salir, a unas pocas calles quedaba la avenida principal. El bebe lloraba, no sabía qué hacer, si dejarlo con su madre, o llevárselo. Mejor lo dejaba, ella ya sabía qué era lo que pasaba en la avenida, Margarita se lo había dicho y la había invitado.
     Salió apresuradamente, y a pesar que los zapatos se le salían- de lo delgada que quedó después del parto-, corrió rápidamente. Pronto llegó a la esquina principal. Y vio las banderas y los mástiles asomándose sobre las cabezas de los curiosos parados a los alrededores, mirando la marcha, leyendo los volantes, escuchando las ovaciones.
     Hizo a un lado a uno y a otro, pidió permiso para llegar al borde mismo de la acera, eran cientos de hombres, mujeres y jóvenes, niños, estaban todos, cientos de rostros encendidos, miles de trabajadores.
     “¿No es esa Margarita? !Margarita!”
     Margarita no podía detenerse y solamente le dio un jalón y la arrancó de su lugar. Ella trastabilló pero, acomodándose, se repuso en medio de las filas, y con la corriente que marchaba con energía, avanzó también, en el mar de gente. Era la marcha de trabajadores más grande que había visto, y recobrando todos los ecos de su alma, Hortensia marchó resuelta entre las banderas.

     Las primeras explosiones se escucharon en las calles aledañas. Juan había entregado la mochila. De pronto, por el costado de la calle que daba entrada a la plaza principal se escucharon los primeros cañonazos de respuesta. El viento se congestionó, las enormes balas diezmaban por puñados a la gente, muchos caían ensangrentados en los losetones. Otros seguían rodeando la plaza para entrar más al centro. Rodearon todo el espacio. Desde los techos también se escuchaban petardos.
     Los cañones dieron paso a la soldadesca que avanzaba en abanico, disparando a ciegas sus metralletas. Presas de pánico, muchos corrían y murieron mientras corrían o caían heridos. Por uno y otro lado, los soldados disparaban gritando destemplados y escabulléndose de eventuales granadas que liquidaban sus piquetes.    
Alguien dio la nueva señal. Se ordenó el repliegue en combate. Los flancos más débiles fueron cubiertos por los avanzados, así pudieron salir miles de trabajadores. Muchos dieron su vida, y su sangre roja se desbordó aquellos años en los losetones de la plaza principal de El Dorado.

     Hasta ahora una cuerda le apretaba el cuello, pero ese día mirando el mar, Camilo volvió a encontrarse con su padre. Súbitamente huérfanos, él como todos sus hermanos, sentían que tenían cuentas pendientes con sus padres, fatalmente muertos. Camilo se olvidó de todo durante un buen tiempo, hasta de su madre, pero a veces a solas o cuando se echaba un trago con los amigos, recordaba que había amado tanto a sus padres, como ellos lo habían amado a él y que era una lata no poder decirles cuánto los quería.
"Porque todos estamos solos delante del mar".
Y delante del mar, otra vez enamorado del amor, recordando a sus padres, pensó que por fin ahora era dueño de sus decisiones... Y había decidido vivir.


                         F  I  N                   

RETABLO EL DORADO Cps 25, 26, 27



"Juan conoció a Hortensia en una de las primeras fábricas que aparecieron en El Dorado. Trabajaban la caña que venía del norte, la miel y el azúcar. Ella era también obrera como él, dulce como todo lo que hacían allí y laboriosa como las demás. Al principio, tenían los mismos problemas que se les presentaba a los jóvenes enamorados de esta ciudad, es decir, buscando un lugar donde estar solos, iban de parque en parque al encuentro de sus cuerpos amantes. Pero el asunto del dinero, de los gastos en sus comidas pasanderas, de los pasajes y sobretodo de las camas que alquilaban en los hoteluchos del centro, los decidió a participar en la invasión para después irse a vivir juntos".

Ilustración (agregada): Francisco Izquierdo
25


     Por los extraordinarios vestigios que cada poco tiempo se encontraban, El Dorado estaba en el interés de todo el mundo. Todos tenían que hablar de El Dorado, especialmente los habitantes del Viejo Mundo, trataban de explicar la historia así como los acontecimientos que se vivían progresiva y violentamente en este país, hasta entonces casi desconocido.
     Y muchos extranjeros llegaban interesados en conocer personalmente El Dorado. Eran de diversos procedencias, y entre ellos existían asociaciones de montañistas, de astrólogos, de arqueólogos y místicos de lo más extraños. Y de una u otra forma permanecían en contacto con sus países de origen, constituyéndose en embajadores extraoficiales de simpatía y curiosidad por El Dorado.
     Detrás de tanta expectativa también estaba la multiplicación de los hoteles y agencias aéreas que traían turistas a la ciudad de piedra, que ya entonces el gobierno rodeó de alambres electrificados y convirtió en zona apartada para turistas. Con todos los servicios y su aeropuerto de emergencia, la ciudad de piedra logró que en los mapas mundiales más recientes, en el paralelo 14, al sur, apareciera la palabra El Dorado, en amarillo.

     Un crimen increíble, un robo descomunal, una mentira flagrante, la inminente llegada de un patriarca religioso, así como investigaciones que vaticinaban terremotos que romperían las marcas de intensidad de ondas volcánicas, aparecían en los periódicos de ese día.
     También se mostraban fotos espeluznantes de los encuentros librados en el campo y que ocasionaban centenares de muertos, en ambos lados. En el interior, el ejército masacraba pueblos enteros, pero los hombres de la Montaña Más Alta no cesaban en su lucha. Una misteriosa estrella guiaba sus movimientos y las noticias se trocaban en boca del pueblo, trasformando las adversidades en novedades favorables.
     Los accidentes automovilísticos de unidades de transporte interprovinciano, se sucedían unos a otros, con muchos más muertos. Esas muertes no resultaban de las luchas encarnizadas que dirigía un partido desconocido en los círculos políticos de El Dorado. La alarma empezaba a ser general.
     Por coincidencia, en esos días, un calor extraordinario se desató en el litoral de El Dorado. La temperatura se elevó a grados insoportables, y a eso de las tres la gente rebotaba sobre las veredas para airearse con agitación. Los ríos que los grandes nevados alimentaban dejaron de proveer agua por unas semanas interminables. Haciendo colas con sus baldes en los grifos de las avenidas principales, la gente miraba impávida los locos calatos, rascándose frenéticamente los piojos, con sus ojos burlones.

     El interés por los restos de piedra fue seguido de señales extrañas que los especialistas se empeñaban en descifrar. La prensa internacional seguía los hechos con gran atención. Las momias prehistóricas cubiertas de mantos eran filmadas escrupulosamente, pero no podía evitarse que además reseñaran la existencia penosa de los transeúntes en las calles, sus rostros curtidos, su furia contenida.
      Una corriente de científicos planteó que el conocimiento es universal y se desarrolla por saltos, dejando señales, huellas indelebles, se trate de un pueblo o de otro. En su íntimo contacto con la materia más ardorosa, genera lecciones universales sin haber salido nunca de sus fronteras, afirmaban. Los pueblos son sabios, decían, trasladan su sabiduría de generación en generación, del pasado al presente, la historia sistematizada se convierte en método para vislumbrar el futuro. Con él se puede alcanzar los horizontes más lejanos, si tienen una visión práctica de la realidad, útil, necesaria.     

     Esas especulaciones no eran más atendidas que las versiones simplificadas de las teorías de B. Skorloff: insistían con nuevas argumentaciones en vaticinar cataclismos. Las expediciones de Skorloff a las montañas escarpadas continuaban. Recientemente había hecho un viaje anunciado anticipadamente en diez días y que lo llevó otra vez a internarse en lo más frondoso de la selva. Muy anciano, con una sorprendente vitalidad y la barba blanca creciéndole desordenada sobre el pecho, Skorloff parecía un predicador. Con las muestras para sus estudios, marchaba acompañado de una corte de desocupados titulados en ciencias sociales, geólogos y físicos.
     Iniciaban el recorrido en camión, hasta que se internaban en las montañas. Cuando todo vestigio citadino quedaba atrás, después de largas caminatas por llanos, cerros y colinas, los esperaba el reino de los mosquitos, las tarántulas y los pumas salvajes. Allí, Skorloff se posesionaba de una extraña sensibilidad y estaba más seguro del terremoto.

     Se escribían crónicas sobre Skorloff que eran difundidas en todo el mundo, a través de periódicos internacionales, donde se destacaba su valor para atreverse a excursionar estas tierras, así como su especulativo método de detectar volcanes. En numerosos congresos y encuentros de especialistas se debatían sesudamente sus hipótesis. Sin embargo, no llegaban a acuerdos porque las muestras de El Dorado que los simpatizantes de Skorloff llevaban como evidencia, ante los adelantos técnicos más avanzados, revelaban que- en el mejor de los casos- se trataba de suelos ricos en minerales, extraordinariamente ricos, pero nada de volcanes.
     Pese a todo, el viaje de Skorloff multiplicó el interés en sus informaciones. Sin noticias de su retorno, algunos matutinos del mundo, con cables conectados a los periódicos de El Dorado, aseguraron sin mayores pruebas que B. Skorloff había muerto en el absurdo intento de cruzar las precipitadas aguas de un río que nacía en una cumbre montañosa.
     Pocos sabían que el investigador, que por primera vez llegó una mañana gris a El Dorado, con sus instrumentos pasados de moda, había vencido los riesgos más peligrosos y graves desafíos, no sólo con animales salvajes, sino con familias tribales que permanecieron en el fondo de las quebradas, preservando sus cóleras primarias y conocimientos que- según afirmó después- equivalían a lo que aprendió muchos años encerrado en una biblioteca del Congo. Skorloff no se amedrentaba fácilmente.

     -Entonces ¿vas a dejarte morir? No es ninguna noticia, ya hay tantos muertos en El Dorado, de tantos tipos, muertos que caminan por las calles, que no saben qué hacer con su aliento. Anda, levanta la cabeza, tonta- le dijo Margarita.
     Ultimamente la trataba así, no se dio cuenta desde cuándo su amiga había cambiado, una vez hasta se enfrentó a la dueña del taller.
     -¿Usted se cree lo máximo?, lo máximo somos nosotras, mire- y señaló a las demás operarias que la miraban desde sus máquinas-, éstas son las que se queman las pestañas por usted, señora. No por eso va a venir a levantarnos la voz, nosotras somos trabajadoras, no somos esclavas ni siervas de nadie, somos mujeres- le dijo.
     La dueña del taller dio un paso atrás y la miró con odio.    -¿Mujer? Tú eres una mujerzuela- le dijo- quedas despedida.
     -¿Despedida?, ¿y cree que por eso voy a ponerme de rodillas?     
Las demás mujeres se levantaron de sus asientos, algunas todavía tenían las tijeras en las manos. La operaria de control miró a la dueña con temor, dando también un paso atrás.
     No eran muchas mujeres, diez o doce, todas con sus mandiles azules en el cuerpo y, por el papel celeste que pegaron en las ventanas, una luz de ese color alumbraba sus rostros. Una cinta roja sujetaba con energía los cabellos de algunas. Todas estaban atentas, no era primera vez que la dueña del taller las gritaba, por eso muchas preferían llevar el trabajo a su casa, pero así les pagaban menos.
     La dueña bajó un tanto el tono, carraspeó y alisándose el sudor que perlaba su nariz, dijo:
     -Bueno, a trabajar, quiero recordarles que este jueves es feriado y no hay trabajo, las que quieren trabajar pueden venir pero no se les va a pagar doble, como se les ha pagado siempre.
     -¿Quién no quiere trabajar? A nadie le gusta vivir sin comer, Hortensia. Es dura la pobreza, por eso se han levantado nuestros hermanos- le dijo Margarita.
     Hortensia la miró a los ojos.

     Se organizaron expediciones de emergencia para seguir las huellas del investigador, para tener noticias de su aventura. Se le daba por muerto, pero confiando que aparecería en las agrestes rocosidades, se le buscó insistentemente. A veces, en las zonas altas, la temperatura cambiaba súbitamente y los nevados, las avalanchas de nieve, caían intempestivamente sobre los pequeños caseríos. "Este es el caso, ha muerto", opinaban algunos.
     Por eso llamó tanto la atención cuando apareció y se presentó públicamente, negando los rumores que se sembraron a causa de su desaparición. Reconoció que los fantasmas de la muerte más de una vez se les presentaron a los expedicionarios que buscaban la meta establecida.
     -Y con el propósito- dijo-, de desmentir las informaciones trastornadas y antojadizas acerca de la catástrofe que supuestamente ando anunciando, convocaré a la brevedad una conferencia de prensa.
     Inmediatamente fue a dar al hospital. Había perdido muchos kilos de peso y una infección avanzaba en su cuerpo. Muchos habitantes de la ciudad, conocedores del interés científico que lo convirtió en una figura estimada, indagaban por su salud. La conferencia tuvo que suspenderse. Una vez en cama, la fiebre se apoderó del hombre y, una lucha, la más difícil que hasta ahora había sostenido, comenzó a librar Skorloff contra las invisibles fuerzas de la muerte.
     Pero él sabía que no iba a morir. Como consecuencia de sus investigaciones descubrió que todos podemos saber con exactitud cuándo vamos a morir. “En realidad, uno muere cuando quiere”, pensaba. Los días en cama le sirvieron para meditar, a pesar de la fiebre. Pasaron algunos días y, viéndolo mejorado, periodistas de las páginas especializadas y también de las amarillas, le rodearon un día en el lecho para apremiar sus comentarios.
     El esperó que hubiera silencio. Después dijo sencillamente:
     -Están ustedes parados sobre el nuevo eje universal.

     Los curas nos han metido tantas ideas absurdas, dijo Margarita. Desde el bautizo, ¿de qué pecado original nos acusan? esa es una coronta de tontería. Luego la primera comunión y el vestidito blanco, y no te olvides de la flor de la pureza. ¿De qué pureza nos hablan a las mujeres? ¿Nuestras hijas no andan prostituyéndose por un plato de lentejas? ¿No es esa la verdad? Pero no es solamente la iglesia, es todo este mundo contrario a la mujer, que no la deja desarrollarse, que no la deja ser mujer. Puede ser hija, puede ser esposa, puede ser madre, puede ser puta. Pero no puede ser mujer. ¿Sabías que antes las mujeres no tenían derechos? Se consiguieron con sus luchas, hay tantas heroínas, son las mujeres de nuestro pensamiento. ¿Acaso tú también no estuviste en la invasión de La Candela?
     Hortensia recordó fugazmente esos días. Sí, era muy joven y estaba decidida a tener un pedazo de tierra para vivir junto a Juan. Entonces vivía en casa de sus padres, como ahora, pero estuvo cuando llegaron los policías con sus caballos. Tuvo miedo, es cierto, pero había tanto calor ese día, calor de gente, y ella pensó que era justo tener un pedazo de tierra.
     -¿Ya ves? Tú eres una mujer del pueblo, una trabajadora. Levanta la cabeza, mira, también en tus manos está el futuro.


26


     Al entrar, Juan se dio con el espejo del salón. No había nadie en la habitación. Otra vez en la Fraternidad, debía encontrarse con un amigo de su base. Por diferentes motivos, ya antes habían ido juntos. Esperó largo rato, paseó por otros ambientes del viejo local, pero su amigo no llegaba. “Es importante que asista a la reunión”, pensó. Estaba en camino una nueva central de trabajadores, una central verdaderamente representativa de los obreros.
     Como si no las conociera, volvió a mirar las paredes húmedas y descoloridas de la Fraternidad, los techos arruinados y con orificios por donde se filtraba la luz mortecina del día nublado. Todavía esperó un rato más. Poco después salió rápidamente, más que nada porque aparecieron dos viejos dirigentes que él conocía y con quienes no quería hablar ni ver en sus ojos la mirada de la conciliación y el devaneo. No había ido a conversar con ellos, sino a cumplir un encargo.
     Alguna razón debía tener su amigo para no llegar, justamente ahora hubiera sido muy útil, y él lo sabía, pero afuera pensó que siempre hay un modo de resolver las ausencias de las personas, uno puede ser necesario pero todos somos imprescindibles. Además, para qué esperaría más en la Fraternidad, en sus salones, a esa hora de la tarde.
     En la calle, por lo menos el aire era fresco y le devolvió la visión de las esquinas proyectándose hasta los cerros más cercanos de la ciudad. Hacía un poco de frio. Se levantó el cuello discretamente, mirando a uno y otro lado por si lo seguían los soplones. Caminó dando vueltas algunas calles, preguntándose si podía detenerse unos minutos en algún puesto para tomarse una hiervaluisa. En ese momento, fue que vio a Hortensia cruzando la calle, justamente yendo hacia él.
             
     Era la cuenta final de una ciudad que hervía su temperatura más elevada. La población laboral estaba resueltamente en contra de la recesión que causaba esta situación. La industria, prácticamente paralizada, producía solamente artículos muy necesarios, especialmente comestibles, que desaparecían antes de llegar al mercado, los especuladores los compraban a alto precio para almacenarlos, por si los rumores se cumplían.
     Pero no eran rumores, había una guerra civil en El Dorado. Negada en todos los medios, era sin embargo realidad palpable. En las montañas del país, el ejército de las fuerzas armadas se enfrentaba al ejército rebelde. Y como sus estrategias fracasaban, los mandos más altos exigían al gobierno la participación extranjera en la preservación del territorio. Las manos armadas de los hombres de La Montaña avanzaban en buena parte de él.

     ¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía. Allí estaba Hortensia, se le veía bonita, aunque un tanto cansada y cabizbaja, tomándose las manos, y con una cartera bajo el brazo. Vestía una falda azul y una chompa sencilla, el peinado hacia atrás, sujetado con una vincha blanca. El también tenía buena apariencia, ya no usaba el viejo overol de antes. Debía ser muy discreto, así que se había visto obligado a usar hasta zapatos, sobretodo si se trataba de recoger y entregar unos paquetes que debía recoger y entregar. Nunca preguntó qué contenían, suponía que eran libros.
     Había conocido otras mujeres, pero no hay tiempo para el amor en estos tiempos, decía. Quizá alguna lo detuvo más de la cuenta, pero siempre retomaba su camino. A veces volvió a encontrarse con alguna, pero después de la ternura estrechaba sus manos y dejándoles una palabra exacta, un comentario preciso, se despedía otra vez. No era muy galante, pero cuando amaba a una mujer podía trasmitirle todo su calor, sin mesquinarle nada. No se ufanaba de ello. No habían yeguas salvajes en el camino, como en su lejano pueblo, y si era necesario escapar de los dormitorios, sabía por dónde ir, con paso sereno y los ojos firmes en el horizonte.

     Al principio, pensó pasar de largo, hacerse el disimulado, pero ya era tarde. Ella lo había visto, sus miradas se encontraron bajo la luz violeta de la tarde. Como la primera vez. Pero ahora él andaba ocupado en sus tareas, en sus reuniones con los compañeros, en el trabajo. Tantas cosas habían pasado. Ella sintió un leve frío que le recorrió la espalda. El había aprendido que delante de lo imprevisto uno tiene que controlar su corazón.
     "Estamos por el camino o por la piedra en el camino, estamos por el movimiento o por la nata, estamos por el recorrido o por el plano", recordó. Era tan difícil con Hortensia, no podía esquivar su corazón, ella también es una trabajadora, pensó. Con sus dos trabajos, era trabajadora por partida doble.
     Lo que más le gustaba era su terquedad, su empecinamiento en todo, aunque si miraba bien, todos somos un poco tercos y en eso no hay diferencias entre hombres y mujeres. Pero iguales a Hortensia le parecían también otras, y las otras se parecían tanto a Hortensia. Y al final, todos los hombres de trabajo, quizá somos el mismo hombre y todas las mujeres son la misma mujer.
     -Y andamos peleando entre hombres y mujeres sin saber que somos la misma materia, la misma energía- decía C.- Materia en movimiento, dinámica del espíritu, velocidad de la luz multiplicada miles de veces, en las dimensiones desconocidas del universo. Es la vida, estimado Juan.
    
     “Las vueltas que está dando todo, es increíble”, decía la gente en la Fraternidad.
-Ya no hay reuniones, ni asambleas, los asociados brillan por su ausencia.
-Prefieren reunirse en las cantinas.
-Muchos están defraudados por la manipulación, por las maniobras que llegan de las esferas más altas del gobierno a la mesa directiva.
-Ellos señalan con descaro festividades, campeonatos absurdos, conmemoraciones, todos están obligados a asistir con su cuota correspondiente de alcohol, humorada y estupidez.
-A pocos les preocupa realmente lo que está aconteciendo en el campo.
-Los enfrentamientos también están sucediendo en la ciudad. Cada día más crecientemente, Juan.
     Por las noches, los guardias y soldados del ejército estaban expuestos a muerte segura, no sabían con quién podían cruzarse en la acera y si había llegado la hora de entregar sus armas. En vista de las situaciones adversas que sufrieron tantos batallones, el Parlamento propuso que los soldados dejaran de vestir uniforme, confundidos con la gente operarían más eficazmente, como ya lo habían hecho algunos cuadros de la policía. Pero en vista que el número de sus héroes crecía notablemente los mandos del ejército rechazaron tal propuesta.             

     Es una vaina, pensó Ernesto, todos los pasos que se dan en la Fraternidad significan gastos, nada se mueve sin dinero, si quieren que algo se mueva hay que poner una cuota. Los dirigentes de la Fraternidad estaban en venta. Quizá él tenía la culpa: propuso que el dinero para gastos extras que el gobierno les dio durante el Pliego de Reclamos del Pueblo de El Dorado se repartiera entre los miembros de las comisiones, en escalas justas. Desde entonces ya nadie quería colaborar, a menos que se le pagara.
      Ernesto pensaba que no se podía seguir así. Por esta razón, acudiendo a influencias que tenía entre amigos que ocupaban cargos en el Parlamento, propuso que el Secretario General de la Fraternidad declare la institución en emergencia general, quizá era la forma de llamar la atención de tantos asociados que andaban sin rumbo. Ante esta declaratoria, los pocos que quedaron se dividieron en dos grupos, por igual indiferentes y desconfiados. Sin embargo, unos querían una absoluta reorganización de la Fraternidad y otros se oponían porque eso significaba reconocer la crítica que durante tantos años les habían hecho los radicales, acusándolos de instrumento podrido del ingeniero Secada.
     En una asamblea resolutoria, los que se oponían a la reorganización afirmaron que, desde hacia mucho, cada veinte años, los tiempos eran críticos para El Dorado, y que debían esperar que la crisis se supere por efecto del discurrir de los tiempos, los nuevos inversionistas, la prosperidad de las industrias y las esperanzas del pueblo.
     No se llegó a acuerdo alguno. La Fraternidad quedaba sin un papel que cumplir y eso le preocupaba a Ernesto, sentía que no podía levantar una nueva administración, con una justa alianza entre las fuerzas de la producción. Las sombras del recelo invadieron todas las esferas de la Fraternidad. Ni él ni ningún otro dirigente podían hacer una propuesta superior a la que levantaban los radicales: la unidad de todo el pueblo, contra la dictadura impuesta en El Dorado.
     Pero Ernesto no se resignaría a esa realidad.
     -Ha llegado el momento de lanzar un candidato obrero para las próximas elecciones presidenciales- dijo, en una reunión informal de dirigentes. 
     La idea alcanzó un eco abrumador.
     Pocas noches después aparecieron veinte perros muertos, colgados bajo las vigas del patio del local. “Muerte a los vendedores de obreros”, decían los carteles que asomaban entre sus vientres lacerados.

     -Lo pequeño entraña algo de lo grande, y lo grande alguna pequeñez. ¿Cuántas personas han participado en la producción de este palo de fósforo?- preguntó C. sacando un palito de la caja.
     Primero los que echaron abajo los árboles, los campesinos, como siempre a la cabeza de trabajos portentosos, hicieron posible la madera, los grandes troncos que conducen hasta los aserraderos, navegando a través de ríos caudalosos en la selva más tupida, en viajes que duran semanas completas, por la escasa velocidad de los ríos, y por lo imposible de usar naves a motor en los cauces colmados de islotes rocosos en su recorrido. Allá van los troncos dando tumbos, estrellándose contra las rocas, hasta que llegan a manos de los primeros obreros. Ellos conocen las sierras, las máquinas taladoras, serruchadoras y cepilladoras, máquinas con filos increíbles que más de una vez arrancaron los dedos, los brazos a los trabajadores.
     Los obreros especializados convierten la madera en listones, y después en palillos. Allí empieza el trabajo de otros obreros, la mano del obrero minero que trabaja en el fondo de los socavones. Los trabajadores mineros que convierten la apatita en fósforo, oxigenándola con los sulfatos. Un fósforo, como tantas cosas, como todas las cosas de este mundo, es un encuentro de tantas fuerzas, cuántos encuentros de trabajo convergen todos los días en la producción de todo, hasta que llega a nuestras manos.

     Y ahora Hortensia estaba allí. Qué podía decirle.


27


     Una gelatina invisible agitaba los ánimos y echaba nubes sobre los acontecimientos de la realidad, empujando a muchos a implorar al cielo de rodillas. “El mundo se va a acabar”, decían. En los círculos ilustrados, educados en el respeto por la objetividad, se organizaban grupos de protesta por la manipulación de los órganos de prensa que, con el mayor descaro, imponían sus verdades interesadas, distorsionando los hechos, presentando a los verdugos como víctimas. Sin embargo, algunos viejos periodistas publicaban pequeños pasquines, y en sus páginas daban lugar a noticias verídicas donde se consignaban también los crímenes del ejército, que en nombre de la patria se cometían a diario.

     Cuando la Fraternidad de Obreros anunció el lanzamiento de su candidato para presidente de El Dorado produjo sorpresa y comentarios hilarantes. Después, con la opinión favorable de personajes influyentes, de empresarios, de las compañías, todos lo tomaron en serio. El candidato era un indio educado en los países nórdicos, andaba con una casaca de cuero negro y era cierto que había sido obrero. Su habilidad para maniobrar en la base de ebanistería, de donde provenía, le permitió llegar muy rápido a la mesa directiva de la Fraternidad, y después al Parlamento.
     No era muy conocido por los trabajadores. “Ese no es de acá”, decía la gente sencilla, por su acento extranjero. Pronto se vio su fotografía en las paredes anunciando su lanzamiento, con un camélido sin joroba como símbolo. Pero el ingeniero Secada estaba estrechamente unido a los altos mandos del ejército, y en anteriores elecciones ya había derrotado largamente a sus competidores.
     Ernesto conocía de cerca al "candidato", como le llamaban ahora a Guiseppe Quispe. Había seguido todos sus movimientos y estaba con él desde mucho tiempo atrás, apoyándolo en sus propuestas desde su pequeña oficina en el Parlamento. A veces Quispe le daba encargos personales y Ernesto sabía que Giuseppe era un amigo muy cercano, a pesar de su alto cargo. Habían comenzado juntos, y gracias a él prosperó su carrera en la coordinación general de la sección laboral de la Fraternidad. El lo propuso. ¿O se había propuesto a sí mismo? Sabía que muchos no estaban de acuerdo con su práctica proclamada del uso de la oportunidad política.
     Había cambiado, sí, había cambiado, ¿pero acaso no decían que sólo Dios y los idiotas no cambian? El no era ni Dios ni idiota, y cuando Guiseppe le pidió que lo acompañe en su campaña, él aceptó simplemente. Era una alternativa para los que querían un país pacífico, sin abusos, como planteaba Guiseppe, sin odios, con una verdadera armonía entre el pueblo y sus gobernantes. ¿Porqué no?

     La mujer de Ernesto se llamaba Estela. Era una mujer sencilla, había visto a su esposo pasar de los estados más críticos a éste, que ahora le permitía disponer de mucho dinero, de una cantidad de dinero que él nunca imaginó. Y ella menos, naturalmente. Estaba dedicada a su casa y a los niños que cada día estaban más grandes. Había cantado con Ernesto las mismas canciones de solidaridad y amor por el pueblo, cuando fueron jóvenes, pero él cambió notablemente.
     Ernesto dejó pronto las canciones y se puso a la cabeza de las marchas, caminando al lado de los manifestantes, haciendo suyos sus reclamos. Eso a ella no le disgustaba pero sí la sorprendió cuando un día le dijo que debía compartirlo con las aspiraciones del pueblo. Ella también estuvo en las reuniones de bases de los sindicatos, acompañándolo, hasta que los hijos la reclamaron en casa. Casi no conocía la Fraternidad. Y le parecía que allí comenzaron los cambios más notables de Ernesto, allí justamente lo eligieron dirigente, hacía tiempo.
     Esa noche regresó mareado, contentísimo, era el nuevo dirigente. Pero todavía mucho después llevó a la casa a Guiseppe Quispe. Quién iba a a pensar que su amigo aspiraría a tanto. Estela sabía que un día se preguntaría seriamente por los años, por todos los años de silencio y amargura, ya no por los gastos, sino por tanta espera y desencuentro con su marido. Su casa comenzó a llenarse de gente desconocida, hasta extranjeros de instituciones interesadas en hacer coordinaciones con Ernesto. Quispe tenía muchos simpatizantes de todos los niveles sociales, hasta del extranjero. "Todos querían apoyar a Quispe", decía Ernesto.

     A ella le parecía que Quispe era un hombre hábil, de ojos pequeños y brillantes, a veces malicioso y burlón, su risa escandalosa llenaba la sala de su casa. La primera vez que Ernesto lo llevó a casa se sentaron a la mesa, comieron y después siguieron bebiendo. Al día siguiente los niños preguntaron quién era el señor que había amanecido en el sofá. Al otro lado de la cama, Ernesto seguía durmiendo.
     -Es amigo de papá- dijo ella- déjenlo dormir.
     Volvió varias veces, conversaba mucho con Ernesto, intercambiando papeles, escribiendo comunicados, anotando ideas. Ahora era candidato, quién iba a creerlo y Ernesto era su confidente. “!Qué va a ganar este Quispe! Secada está entornillado en el Palacio del Gobierno” pensó. Cómo había cambiado Ernesto.
    
     Las noticias tenebrosas llegaban por la radio, por la televisión, por los comentarios de la gente: los hombres de la Montaña estaban decididos a todo. Y los ensayos anticataclismos se repetían unos a otros. ¿Cómo se llamaba el hombre? Skorloff anunciaba con tanta seriedad un próximo terremoto. En los colegios simulaban terremotos, emergencias en los edificios públicos, las sirenas aullaban todo el día, alarmando en cualquier momento. Por lo rumores se sabía que se compraron bolsas de plástico por millares, para los cadáveres. La cantidad de muertos sería tan grande, así evitarían la peste que sobrevendría por tanto cuerpo podrido a la intemperie, las moscas y las epidemias.
     Que el nuevo eje universal estuviera en El Dorado no era noticia que pudiera interesarle a la gente. Que sus casas, sus vidas y sus pequeños planes, cayeran como castillos de naipes eso sí era preocupante. El estado de tensión y ansiedad que flotaba en el ambiente no permitía pensar con claridad la situación. Ernesto no le daba importancia, y seguía tan metido en sus papeles y en la candidatura de Quispe que estaba agarrando forma.

     "Hasta el ingeniero Secada ha tenido varias reuniones secretas con Skorloff", decía la gente. Qué gran escándalo se estaría ocultando con esta enorme mentira, o acaso de verdad habían razones para preocuparse. Las reuniones nunca se informaron públicamente, se sabía que existieron, pero no se dijo qué habían hablado, lo que se convirtió en otro manto de expectativa sobre la ciudad. Habría terremoto, sí, pensaban muchos, "eso nomás es lo que falta". Sin embargo, pocos sabían que B. Skorloff agonizaba varias semanas atrás. El hombre apenas podía deslizar algunas palabras, a veces entraba en fiebres tan altas que lo hacían delirar y soltar palabras desordenadas que evocaban sus viajes expedicionarios hasta el corazón de la montaña.
-!Es El Dorado!- decía- el dorado de la luz.
Después sudaba, caía y se levantaba, la fiebre no lo dejaba hablar. Soñaba un mismo sueño. Investigando, caía accidentalmente a una quebrada, en su afán de buscar otros caminos, llegaba hasta un túnel enorme que debía cruzar solamente acompañado de un lamparín. De pronto, bajo la tenue luz, encontraba un camino vertical que lo conducía más arriba de la montaña, y descubría una pared con inscripciones labradas en la cresta misma de la montaña, mensajes cifrados que a la luz del lamparín brillaban intensamente en el mármol de sus signos.
En su sueño estaba contento, resolviendo las grandes preguntas que se había hecho siempre sobre las fuerzas gravitacionales y las equivalencias del carbono. Y estaba contento porque después de tanta caminata bajo el sol de El Dorado, recién comprendía que en la punta de estas montañas convergían las fuerzas magnéticas de la tierra.
     Cuando el ingeniero Secada lo visitó en su lecho de enfermo, solamente pudo darle la mano y desearle que se recuperara. Skorloff, seminconsciente, a medio camino entre el desconocido que lo visitaba y los signos que se empeñaba en descifrar, regocijado en su ensueño, llegaba a la conclusión que los hombres de El Dorado eran el eslabón que la antropología universal andaba buscando.
Tantas veces había pensado irse, dejar a un lado sus estudios, o quedarse para siempre, dedicado a estudiar las montañas, pero los años comenzaron a pasar, de investigación en investigación, así había sido su amor por la ciencia. No quería que su método para detectar la actividad volcánica de los suelos, el que lo condujo a descubrir el nuevo eje, pasara desapercibido, no tanto por figurar en los manuales o que colgaran su retrato en el Salón Mundial de Exploradores del Universo, sino porque su vocación de servicio le exigía brindarlo a aquellos pueblos de climas cálidos y superficies montañosas, con suelos accidentados que generan peligrosos volcanes de mayor o menor producción de magma.
     Skorloff pensaba que El Dorado estaba levantado justamente en la cresta, a nivel del mar, de un volcán. Todo parecía indicar que la actividad volcánica había recomenzado, y en cualquier momento podía erupcionar, produciendo un periodo de terremotos. El primero tendría tal intensidad que toda la ciudad se vendría indefectiblemente abajo.

     A pesar del discreto silencio de las autoridades, los periódicos de El Dorado y los enviados especiales de todo el mundo, con aparatos sofisticados se prepararon para instalarse en los pasillos del hospital donde se encontraba Skorloff. Viejos amigos, colegas de otros países, excursionistas que convergieron en El Dorado, en las mismas montañas, con diferentes objetivos, pero con el mismo oxígeno, llegaron también de muy lejos. Era extraño, como al cataclismo que se empeñaba en anunciar, todos estaban atentos a su muerte.
     Un diario científico de enorme trascendencia llegó a El Dorado con reporteros especializados que homenajearon a Skorloff. Sin embargo, entrevistados aparte, rechazaron sus teorías por carecer de fundamento. Otros periodistas extranjeros promovieron la discusión, en reuniones eruditas, de las pruebas matemáticas que esgrimía Skorloff. Llegaron a la conclusión que eran irrefutables y nada más había que preparar el alma para entrar a otra dimensión del universo, al fin y al cabo eso está previsto para todos.
     En esos días ardientes el Salón Mundial de Exploradores del Universo denunció a Skorloff ante los diarios de El Dorado, acusándolo de impostor en un comunicado, donde condenaban la excesiva importancia que se daba a sus especulaciones. Si bien cumplían con la disciplina académica, su autor no dejaba de ser un aventurero del pensamiento que ni siquiera tenía el título de esa institución, por haber abandonado sus estudios de bachillerato.
Muchos recuperaron el aliento, pero B. Skorloff ya había muerto.