RETABLO EL DORADO











































Quiero compartir con mis atentos ciberlectores el texto de mi novela “RETABLO EL DORADO” (2000).  Como todos los libros tienen historias diferentes, permítanme brevemente reseñarles que fue escrita entre los años 88 y 92, en una pausada jornada que después me llevó a la búsqueda de un editor. En Lima fue celebrada por dos conocidos editores, eran los años de Fujimori, pero en tiempos diferentes casi a coro me dijeron: “Nos cierran la editora”. Tampoco en Chile pude publicarla, los editores querían “temas del mercado”.

Exageraban. Más tarde, gracias a un casual encuentro, aún con Fujimori en el poder, en el año 2000, ya de caída, se presentó la oportunidad de publicarla con algunos ajustes en Lumbreras Editores, que como es sabido pertenece a la ADUNI. Y fueron justamente 2000 ejemplares. Tuve en ese momento la amistad y el compañerismo del maestro Francisco Izquierdo que con la sencillez que lo caracterizaba me brindó sus ilustraciones.

Como no tenía cómo ni adónde trasladar semejante paquete, pedí a la editorial que me permitieran recoger el material de a pocos. Cuando se me acabó el primer lote, volví por el siguiente. Pero la directiva de la institución había cambiado súbitamente y la nueva me advirtió que nunca habían publicado tal libro, estaban indignados. No podía creerlo. Me raptaron el libro hasta varios años después, cuando ya había perdido su pertinencia.

El tema de la novela es por supuesto el llamado conflicto interno, la guerra, desde una mirada obrera, aunque nunca se habla de este país. Quizá no estoy al tanto si lo leyeron los especialistas que ahora están focalizando su interés en el Perú y sus luchas. También para ellos, y principalmente para los lectores en general haré entregas de tres capítulos cada vez, ahora que pude acceder a los archivos que creí perdidos y que he recuperado gracias a mi hijo mayor.

Es posible que esta novela tenga muchas limitaciones. Yo soy básicamente un hombre de teatro, y creo que las palabras mejor pronunciadas son las que se dicen o se callan en el escenario. Pero jugué esta primera vez con las palabras en el papel, e insistí después con otros trabajos similares, pero RETABLO EL DORADO es la fuente de todo lo que pude decir, siempre pensando en el valor didáctico del obrar. Y, penoso es decirlo, sigue siendo pertinente. 


RETABLO EL DORADO ES UNA OBRA MEDULAR EN LA PRODUCCIÓN LITERARIA DE ALBERTO MEGO. ESTA PROPUESTA NARRATIVA PRESENTA UN UNIVERSO ENRARECIDO Y AGÓNICO, CON UN ÚNICO ESCENARIO DESARROLLADO EN DIFERENTES PLANOS Y NIVELES Y CON UNA MISMA COLUMNA VERTEBRAL: LA URBE, UNA CIUDAD LATINOAMERICANA CUALQUIERA, CON SUS MÚLTIPLES LENGUAJES Y CONTRADICCIONES.
EN ESTA NOVELA MOSAICO DESFILAN PERSONAJES DE DIFERENTES SECTORES SOCIALES, PERO COMO HA SIDO CARACTERÍSTICO A LO LARGO DE LA ACTIVIDAD CULTURAL DE ESTE ESCRITOR, EN SU TEATRO COMO EN SU LITERATURA, ES LA POBLACIÓN MARGINADA LA PROTAGONISTA PRINCIPAL: ES ENTRE LOS INCONFORMES, LOS INSATISFECHOS, LOS CRÍTICOS, EN QUIENES ES FECUNDA LA VOLUNTAD DE CAMBIO Y MOVIMIENTO.
SIN EMBARGO, ESTA ES TAMBIÉN UNA NOVELA DE FICCIÓN DONDE EL AMOR Y LA MUERTE SE CONTRAPONEN EN UN TEJIDO ÁSPERO Y NOCTURNO, EN UN ENTORNO DE TONALIDADES COTIDIANAS QUE PRECISAN ASUMIR CON PROPIEDAD EL TIEMPO Y EL ESPACIO MERECIDO EN LA IMAGINACIÓN DEL LECTOR.

LUMBRERAS EDITORES
RETABLO EL DORADO . Novela. Lima, 2000
Pintura de Portada e ilustraciones: Francisco Izquierdo


     1


     Juan conoció a Hortensia en una de las primeras fábricas que aparecieron en El Dorado. Trabajaban la caña que venía del norte, la miel y el azúcar. Ella era también obrera como él, dulce como todo lo que hacían allí y laboriosa como las demás. Al principio, tenían los mismos problemas que se les presentaba a los jóvenes enamorados de esta ciudad, es decir, buscando un lugar donde estar solos, iban de parque en parque al encuentro de sus cuerpos amantes. Pero el asunto del dinero, de los gastos en sus comidas pasanderas, de los pasajes y sobretodo de las camas que alquilaban en los hoteluchos del centro, los decidió a participar en la invasión para después irse a vivir juntos.
     Amigos cercanos les dieron el dato, y toda la gente avisada, en un número más o menos grande, entraron por la fuerza a los terrenos. Eran las faldas eriazas de unos cerros del Estado, cercadas de alambre y que servían de basurales porque nadie las utilizaba. Allí proclamaron el nacimiento del nuevo pueblo, del nuevo barrio. "Virgen de la Candela" lo llamaron, pero todos lo conocían como La Candela.
     No fue fácil.
     Los pobladores defendieron hasta el final su derecho a tener una vivienda, y lo consiguieron después de arduas y sacrificadas luchas contra policias a caballo, perros y matones contratados que envió el gobierno para echarlos del terreno a balazo limpio. Cuando sortearon los lotes, a ellos les tocó uno en lo alto, donde se podía ver toda la ciudad, si no había neblina.

     Juan levantó una choza con algunos listones, pedazos de cartón y esteras. Al principio vivía solo, pero una o dos veces a la semana se encontraba allí con Hortensia y, después de amarse con pasión, hacían planes. Lo malo, pensaba Juan, era que vivirían muy cerca de la casa de los padres de Hortensia y "eso no va a ser bueno para nadie". Le decía que estaría aquí y allá, al final en ninguna parte. Quién iba a saber, tanto se opusieron sus padres cuando ella se fue con él que las cosas no ocurrieron como temía Juan.
     Ya después, cruzando la alambrada que separaba el llano, con uno o dos hijos, acompañando a su mujer, eventualmente, él visitaba a casa de sus suegros. Pero si sus comentarios se extendían más allá de la cuenta la charla era tensa. Juan no permitía que se metan en su vida.

     La Candela se llenó pronto de pequeñas chocitas. Siguiendo el modelo de las casas del llano, con el tiempo los vecinos cambiaron las esteras por adobes o ladrillos, y levantaron sus casas con la fachada mirando al centro. Arriba, casi en la punta, donde quedaba el lote de Juan, no había muchos cambios. Algunos vecinos trabajaban en las tiendas de las avenidas principales o en los locales del gobierno, la mayoría eran obreros o vendedores ambulantes que tenían sus negocios de comida o de bazar suelo.
     La desocupación arreciaba en El Dorado, pero Juan decía que eso no justificaba que la gente andara cambiando de pellejo, en el rumbo del comercio y el intercambio, como lo proponía el gobierno, convertidos en vendedores de sonrisas para resolver el problema de sus bolsillos. “Si naciste para martillo, del cielo te caen los clavos”, pensaba, como decía la canción. Eso explicaba las discusiones que tenía con la familia de Hortensia, todas sus hermanas se habían casado con vendedores. Juan los había visto delante de sus clientes, amorosos y simpáticos, pero en la efervescencia de las cervezas lo único que les interesaba era pasarla bien. “Sin problemas, inmóviles en su egoísmo”, pensaba.
     Por eso los evitaba o permanecía en silencio cuando se reunían en la casa. Y ellos consideraban su discreción propia de un carácter conflictivo, como la de tantos provincianos sin oportunidad en El Dorado, tímida pero vengativa, que andaban por las calles sin saber qué hacer.

     Hortensia no comprendía la intransigencia de su marido. Para su sensibilidad de mujer, algún valor tenía el esfuerzo de sus parientes para llegar tan rápido casi al centro mismo de la ciudad y de uno que otro bienestar. Al mismo tiempo, le atraía tanto su joven y orgulloso compañero, a quien también en la fábrica hostilizaban por andar diciendo que por más buenos que fueran los dueños nunca comprenderían la importancia del trabajo.
     Cuando los despidieron, Hortensia no recordaba bien porqué había desaparecido el papel moneda. El sencillo de latón no era suficiente para pagarles los salarios a los obreros, y menos su liquidación. El dueño de la fábrica les pagó con víveres y con paquetes de melcocha y turrones que el calor descompuso rápidamente. Amargamente, a la salida, con su paquete en la mano, Juan le dijo aquella vez:
     -Cuánta explotación hay en el mundo.
El mundo de Hortensia fue limitándose a los niños. En medio de su pobreza, le gustaba ver a su hombre con la cabeza en alto, contándole historias de caballos indomables que conoció en su lejano pueblo. Pronto, ella consiguió un trabajo que la ayudaba en los víveres y otras necesidades menores.   
Trabajaba en el mercado, con una señora en la venta de ropa. Al principio su madre la visitaba en el puesto casi a diario, hablándole cordialmente, recordándole que podía volver cuando quisiera, pero la seriedad con que la miraba Juan cuando se lo contaba y sobretodo la atención que le demandaba la crianza de los críos, hicieron que ella se alejara de su familia más y más.

     Pero la vida en común, la dura lucha por la vida comenzó a cambiarlos. El alegre torbellino que era todo, antes que llegaran los niños, se convirtió en una cadena de eslabones que giraban en torno a las obligaciones con una tediosa intermitencia. Juan no sabía cómo descargar su desencanto, y le parecía una horrorosa estafa suponer que si no se ponía a la cola, a la interminable cola del artificio y la estupidez, no tendría salida alguna.
     Y sin embargo, dudaba.
     Y en esos momentos de angustia, de doloroso encuentro con una nada blanda e inútil, para no caer en un vacío insondable y definitivo, volvía al recuerdo de Huantarí, a sus anchas praderas, al río más caudaloso y rebelde de su pueblo. Volvía a las faldas de una montaña de piedra donde se veía domando corceles salvajes, convirtiéndolos en sus fieles compañeros. El primero que logró domar murió viejo, ciego y sin prisa. Los otros fueron infectados por una peste que llegó con la sequía y dejó las praderas sembradas de animales muertos.
     Allí decidió abandonar su paisaje: la enfermedad y la muerte fueron sus testigos más apremiantes. Aunque por todos era conocido que la aridez de El Dorado era todavía más implacable, pronto se le presentó como una posibilidad. Los amigos y familiares lo alentaban para que se vaya, pero otros, decepcionados de lo que conocían y oían de El Dorado, trataban de disuadirlo. Su primo Guillermo, gran domador y el mejor jinete de un circo ambulante, a salvo de una inmensa desolación, poco antes de suicidarse, le dijo con estremecimiento:
     -No viajes, allá nadie recuerda su nombre.

     Pero él viajó porque ya no era el mismo. La peste y la sequía habían acabado con las ilusiones de todos. En un arrebato de esperanzada concordia, muy afectados por la fatalidad, los campesinos acudieron a las autoridades del gobierno. Juan formaba parte de la comisión que pedía urgente ayuda, pero a pesar de los ofrecimientos y cumplidos que los campesinos agradecieron emocionados, él vio que todas las puertas se cerraron. La ayuda no llegó nunca, y el malestar general crecía y crecía, como los líos vecinales por límites de tierras y las intrigas se resolvían a machetazo limpio y alcohol.
     En este clima desagradable le sobrevinieron muchas respuestas a viejas interrogantes. Confirmó una antigua sospecha: ni siquiera su apellido era realmente suyo, sino del hombre que hasta entonces creía que era su padre. Después del primer arrebato de desengaño y furia, pensó que eso explicaba las diferencias que tenía con sus hermanos, todos dedicados al trabajo en la tierra, con la paciencia suficiente para hurgarle sus frutos, mientras él -sin saber porqué- avanzaba en el conocimiento de los animales.
Sabía que su verdadero padre vivía en una tierra aún más lejana, en las montañas mismas de El Dorado, todavía era un viejo semental dedicado a sembrar hijos en el camino de su larga vida. Pero, sin rencor y agradecido por la vida, no quiso buscarlo. Después de un turbulento periodo de emociones contrapuestas, tratando de recobrar sus afectos más firmes, comprendió que todo había acabado para él en Huantarí, y quizá podía empezar otra vida en El Dorado, donde no importaba el nombre de nadie, sino su exacta capacidad.
     Una mañana se fue. Caminando un día entero, llegó al pueblo vecino donde abordó un camión, y viajó, sin nadie que lo despida o lo llore.

     El Dorado era todavía un pequeño pueblo de pocos miles de habitantes. Solamente en el centro, en las calles tradicionales con sus balcones apolillados, se lucían vestigios recién reconstruidos de su historia colonial. Las autoridades estaban orgullosas de sus victorias por la independencia y de sus luchas contra los levantamientos de las poblaciones humildes que pocos años atrás todavía demandaban la autonomía de sus regiones o un centralismo menos devorador.
En el lapso de un siglo, la ciudad se convirtió en el corazón mismo del país. La gente más diversa fue llegando de los pueblos más distantes, con el mismo deseo de progresar, sin que les importe las grandezas o miserias que se cocinaron en El Dorado. La avidez por conseguir un techo, un trabajo digno, una vejez protegida se multiplicó entre los provincianos que llegaban seguros de encontrar aquí el dorado soñado.
     -¿Acaso no es eso normal?- le recriminaba Hortensia mirando la pobreza de su casa y a Juan empeñado en no permitir que lo conviertan en su bestia de carga, como decía resoplando.

     El tiempo pasó volando. Tenían ya cuatro niños y ella soñaba con las máquinas domésticas que llegaron por barco y que todo el mundo sabía que aliviaban el trabajo de casa. “Las cosas que podría hacer con una licuadora”, suspiraba.
-Hay que trabajar con las manos- replicaba Juan-. Tenemos dos, mira.
     Ya desde algún tiempo, también Hortensia sentía un creciente desencanto. Ella era la última de un matrimonio que sólo había tenido hijas mujeres. Nunca preguntaba ni siquiera cuánto le iban a pagar. ¿Qué hay que hacer? y de allí para adelante. Haciendo sobretiempo si era necesario, como cuando la dueña del puesto en el mercado se iba temprano y ella la reemplazaba sin chistar. Aunque últimamente la gente no tenía dinero y las compras eran escasas. Pero en sus tiempos de obrera nunca se preguntaba por la explotación. Hasta que conoció a Juan que tantas vergüenzas la hizo pasar, con sus amigas y principalmente con los patrones. Bueno, ya sabía cómo era Juan.
     Las discusiones también fueron por su familia, como si ellos no hubieran conocido el trabajo duro. No recordaba muy bien su llegada a El Dorado, era pequeña todavía, pero no había sido fácil acomodarse aquí. Su padre era un campesino sin más recursos que la propiedad de unas pequeñas parcelas donde sembraba papas, hortalizas y frutas. Cuando comenzó la sequía la producción se vino abajo y en la ciudad pagaban mal lo poco que cosechaban. Además, la gente prefería los vegetales del extranjero, eran grandes y más sanos.
Allí conocieron la pobreza, y era muy triste. Su padre decidió vender todo, venirse a El Dorado. En realidad, su madre acompañada de las hermanas mayores, llegaron primero. Algunos familiares los ayudaron al comienzo, y como las hermanas estaban en edad de matrimonio, conociendo a uno y a otro muchacho, se casaron y prepararon la llegada de las demás.
Hortensia vino al último, con su padre, cuando ya nadie los esperaba.

     Recordaba la ropa que entonces se vestía en El Dorado. No se atrevió a ponerse las blondas multicolores que usaban sus hermanas solteras y las faldas tubo de las casadas. En esta ciudad todos parecían estar listos para avanzar, sino en lo más profundo de sus corazones, por lo menos en el vestuario o los gustos. Ella no se quedaría atrás, por supuesto. Aunque no encontraba el justo lugar para sus emociones, le maravillaron profundamente las imágenes del cinematógrafo, sobre una sábana blanca, en un callejón, a la vuelta de la iglesia. Eran trozos de película que el dueño de la máquina reconstruyó para deslumbrar a la población con las imágenes animadas que proyectaba por un boleto de cinco pesos.
     Después llegaron los cines y los filmes a color, y ella suspiraba en los momentos de acción, después venían los momentos románticos. Le gustaban las calles, las casas ordenadas unas junto a otras, en filas interminables, con sus azoteas llenas de cordeles y ropa colgada de todos los colores. Los monumentos a héroes desconocidos, los camiones, y esa curiosa forma de ser de la gente, siempre tratando de decirlo todo, de hablar y hablar, aún cuando nadie le preguntara nada.
     En ninguno de sus sueños imaginó una ciudad donde el progreso se podía palpar con las manos. El cemento de los edificios principales, la fuerza de tanta gente que venía de tantas partes, y con tantas esperanzas. Sin embargo, nada le quitaría su gusto por las plantas, y el olor a campo que traían los recién llegados se lo recordaba.
     Lo que más le impresionaba de Juan era el contraste que tenía su aspecto de hombre fuerte, aunque vistiera pobremente, con unas ideas disparatadas que asociaban la naturaleza con la manera de ser de las personas y el amor con el ejercicio físico. Quizá en su tierra conoció algo que no sabía expresar con palabras, pensaba ella. Una emoción, un sentimiento, una ilusión. Cuando Juan hablaba de los caballos y de su pueblo, un brillo resplandecía en sus ojos. Era natural que todo en la ciudad le pareciera vacío o insuficiente, mientras a ella le gustaba el colorido de los carteles, las sonrisas y las luces de neón.
Entre lo extraño y lo conocido, Hortensia sospechaba porqué Juan no se llevaba bien con su familia, pero a veces la asaltaba la misma pregunta: ¿adónde iría a parar, no solamente ella, también sus hijos, con alguien como Juan?
Sin embargo, con el optimismo que la caracterizaba, ella se afirmó en el trabajo. En eso estaban completamente de acuerdo: "el trabajo es lo principal", decía Juan. Aunque, en El Dorado era mala señal que las mujeres trabajaran por su cuenta, y los comentarios de las hermanas, especialmente de sus esposos, no se hicieron esperar. Juan movió la cabeza y dijo:
-Esas mulas estériles no quieren ver que en este mundo hombres y mujeres son iguales bajo el sol.
Y justamente por eso, insistía en que los problemas de su casa eran problemas de los dos y le molestaba que Hortensia se impresionara con los cantos de sirena que venían de la propaganda o los comentarios de la gente. Pero era cierto, no había un trabajo que lo complaciera y los iba dejando sin tener en cuenta que no era un caballo salvaje, corriendo en la pradera solitaria, sino un padre de familia. "Y un padre de familia, resoplaba, debe trabajar sin descanso, doblando el espinazo".
     Y no era ocioso, no. Las palabras de Hortensia se hundían implacablemente en su pensamiento: cómo podía parecer un ocioso por andar reclamando que lo traten como un hombre, y no como una bestia.
-Eres una vendedora de trapos, no entiendes nada- le decía Juan.
 En realidad, pensaba Hortensia, eso de que el hombre y la mujer son iguales era sólo una bombarda como las que se lanzan al aire los días de procesión. Para lo único que servía era para que protegiera ella con sus pocos pesos la economía familiar, cuando él se hartaba del trabajo, o lo echaban. Entonces, estallaba la discusión, y ella se convertía en el centro de la casa, sí, pero sin poder decidir nada. Y ni siquiera lo ayudaba con los niños.
-Eso es mentira- decía Juan.
Mentira, mentira, todo se está convirtiendo en una mentira. O en una ignorancia. En una oscuridad. Ni siquiera tenían luz eléctrica. ¿Acaso muchos no tenían ya este servicio en La Candela? Pero él no tenía ojos para el progreso, solo andaba quejándose. Juan repetía que era hora de dejar atrás las ilusiones absurdas, que esa era una forma de atrapar la mente de la gente para venderles toda clase de cachivaches y maniatarles la voluntad.
Pero cómo podía llamar ilusión a la realidad. El no quería ver el adelanto de las cosas. No quería darse cuenta que no estaba en Huantarí, que aquí era diferente, que en una ciudad civilizada algún beneficio tenía vivir siquiera en el quinto infierno. Porque estaban viviendo en El Dorado.
En el quinto infierno.
En El Dorado.
En La Candela.
Juan no quería darse cuenta, ¿dónde estaba su cabeza? El se quedaba en silencio. Su mujer no comprendía que la verdad, nunca por nunca, iba a estar en la estupidez. ¿Dónde estaba su corazón? Hortensia le decía que tenía que ser un hombre. Y Juan le decía que tenía que ser mujer. Y los niños veían, a la sombra de las velas, su pequeña choza ardiendo en la discusión.
     Cuando todo había pasado, a solas Hortensia lloraba. Camilo, su hijo mayor, se acercaba a su madre y le alisaba los cabellos cariñosamente.


2


     Eran los primeros días ardorosos de Camilo. Y justamente andaba intrigado por el tiempo, interesado en descubrir cómo los momentos se sucedían unos a otros, de manera casi imperceptible, sin producir ruido alguno, una señal olorosa o una huella visible, hasta constituir lo que los adultos llamaban el tiempo. En la plaza principal, junto a la iglesia y la municipalidad, había un gran reloj cuyas agujas avanzaban lentamente sobre los números y, aunque daban una hora atrasada, llamaban siempre su atención. En una ocasión fue especialmente, acompañado de su perro, esperanzado en encontrar una explicación para la hora que pasó, una explicación para el ayer. “Parece que los instantes se amontonan, unos encima de otros, se desplazan y superan por otros instantes que a su vez serán amontonados y superados”, pensó. Por más atención que le ponía a las agujas no había manera de sorprenderlas en movimiento, y el tiempo pasaba delante de él, irremediablemente.
     Lo que sí llegó a percibir era el oscuro intervalo de los días: la noche. Como una bisagra agrietada y rugiente, silente pero bulliciosa, vacía y al mismo tiempo profunda, Camilo descubrió con alegría que la oscuridad precede a la luz y que cuando le venía el sueño y no era posible seguir dándole vuelta a estos asuntos, era que todo volvía a empezar. Cuando las primeras luces de la mañana entraban con fuerza a través de las rendijas de su cuarto de calamina y cartón, un nuevo día se estaba iniciando para él, como para todos, a pesar de la oscuridad que embargaba el ayer. Todo le exigía paciencia. Sin duda, todo necesitaba atención y ninguno de los secretos que empezaba a vislumbrar le serían revelados sin una cuidadosa observación.
     En eso estaba también el asunto de las flores. Algunos vecinos habían hecho macetas de cemento y cultivaban tomates, hierbabuena o geranios y mastuerzos, que a él le gustaban no sólo por sus colores intensos y la fragancia que rompía frontalmente los olores nauseabundos de los basurales, sino por las flores que se cerraban o abrían de acuerdo a la intensidad de la luz o la presencia de personas desagradables. No había conseguido saber nada sobre la palidez de la luna. Era cosa de investigar, es cierto, porque cuando no alegraba su espíritu, un sosiego infinito se apoderaba de él si la luna blanca y redonda iluminaba la noche.
     ”Es una luz de muerte”, pensaba.

     En El Dorado la muerte era bastante conocida, especialmente entre los niños, con mucha dificultad llegaban a la mayoría de edad. Camilo la había visto muy cerca cuando una epidemia de tifoidea mató de un sólo golpe a ocho compañeros de colegio. Varios días después, él todavía los veía en sus carpetas, adormecidos y espantando las moscas, jugando tristemente en el recreo, alumbrados de una luminosidad blanca y vaporosa. Pero ya estaban muertos, y nadie quería jugar con ellos. Hasta que decidieron irse y Camilo se preguntó adónde. Su madre, persignándose, le dijo "Dios sabe dónde".
     “¿Dios?” se preguntó él.
     Era una pregunta que no admitía fáciles respuestas o evasivas cómodas para no llegar al fondo del asunto. Había hecho la misma pregunta a sus amigos pero sus respuestas le parecieron incompletas o un tanto ingenuas. Pulga, aprovechando para descansar del atado de betarragas que llevaba sobre los hombros, le dijo que los muertos regresaban al sol, de donde veníamos todos bajo la forma inicial de sudor caliente o vapor. Era gracioso, pero no lo convenció a Camilo. Conejo, que siempre presumía de saber más que los demás, adoptando un acento de conocedor y experimentado en el tema, le dijo que si estaban bautizados se iban al cielo, junto a Dios y a la Virgen del Carmen, si no sus almas vagaban eternamente alrededor de los modernos focos de luz, convertidos en polillas.
Esta era una versión peculiar de la que daban las maestras en el colegio. En cambio, Perico, que era un poco más grande que los demás y que no permitía que se dude de sus conocimientos, llevándolo a un rincón discreto le dijo: "aunque parezca mentira, los muertos se llenan de gusanos". Camilo sabía que era inútil andar llenándose los pulmones de perfume, sea el que traían las flores o el que empezaban a usar hombres y mujeres y que vendían los ambulantes de las calles principales, pero Perico había ido más allá, hasta el abismo donde nada tiene sentido.
     Otros le dijeron que los niños se convertían en angelitos y los adultos en diablos, y todavía otros, secretamente, ruborizados de su explicación de la muerte, creían que los muertos eran encargados de la lluvia que caía desde el cielo para favorecer a los vivos y a sus sembríos. Quizá todos tenían un poco de razón, pero la respuesta más elocuente se la dio su perro Lasi la tarde que, caminando con él por los basurales, se detuvo de pronto, no quiso seguir con Camilo, se puso a aullar y corrió asustado.
Camilo miró en su entorno, no había nada, pero poco más allá, entre la basura, un perro muerto, tieso, hinchado, con las piernas rígidas y los ojos abiertos, mirando la nada con sus órbitas en blanco, le dio la señal física de una muerte exacta. Pasó mucho tiempo, volvió a encontrarse con su perro. Pero seguía con sus ideas fijas en los mismos ojos blancos, mientras Lasi, con una mirada profundamente humana le ladraba amigablemente, jugando y dando ágiles saltos, feliz.
     En realidad, Camilo estaba lejos de conocer el verdadero rostro de la muerte, pero los ojos del perro muerto, hirviendo en pequeñísimos gusanos, quedaron grabados en su mente y todavía mucho después, caminando por las calles de El Dorado los veía en el rostro de algunos transeúntes, en algunos compañeros de la escuela, a veces en sus padres y en sus hermanos, y se preguntaba si él mismo, a ratos, cuando la oscuridad se apoderaba de su pensamiento, no miraba como el perro muerto.
     Nunca más pudo quitarse de encima la idea de que la muerte estaba en todas partes, donde menos se pensara, en el momento más inesperado. Y algunos surcos de pesar se abrieron en su corazón cuando descubrió que estaba lleno de muerte el camino que recorría para llegar hasta el colegio, llenos de muerte los pocos minutos del recreo, las discusiones de sus padres, los lunes, el café.
Entonces, ya Elías había llegado a su casa, anunciándose a través de cartas sucesivas que expresaban su deseo de viajar hasta El Dorado, alojarse en casa de Juan, mientras conseguía instalarse por su cuenta en la ciudad y labrarse un porvenir.

     Ese día, Camilo andaba buscando a Lasi que, como siempre, desaparecía días, semanas interminables, resentido con él o extraviado Dios sabe dónde. Un hombre joven, con una maleta en una mano y un costalillo verde en la otra, subió por la calle, enterrando pesadamente sus zapatos de cuero en el arenal. En lo primero que Camilo se fijó fue en sus ojos de muerto a la luz del sol todavía tibio de la mañana. El joven le preguntó algo, Camilo no dudó en contestarle. Estaba buscando una dirección, acababa de llegar a El Dorado y creía que se había perdido. Camilo conocía bien la dirección. Era la suya. Elías llegaba con su ingenua manera de hablar, su modesta presencia, y sus ganas de ganar, como después le dijo a Juan.
     Lo condujo hasta la casa donde Juan y Hortensia lo recibieron jubilosos. Los niños revolotearon a su alrededor, quitándole su costalillo, repartiéndose su contenido. Para Juan no era una sorpresa. El no había vuelto a Huantarí, sabía muy poco de su familia y, aunque ellos querían saber de él, Juan creía que el tiempo no regresaba jamás y era imposible reproducir el pasado, llegara quien llegara, así fuera su madre a quien recordaba con afectuoso cariño, a pesar del sedimento de decepción que no terminaba de asimilar.
     Pero ya estaba Elías aquí y no pudo eludir el inconfundible olor de la tierra lejana que él traía impregnado en la piel cuando lo estrechó, emocionado, dándole la bienvenida.

3


     Al día siguiente de su llegada, Elías salió temprano a conocer el barrio. Casi todas las casas eran muy pobres, aunque arriba, siguiendo el camino empinado, en la falda como en la punta misma de los cerros vecinos, habían todavía otras más pobres, cubiertas apenas de cartones y esteras amarillentas, resecas por el sol despiadado del mediodía. En bandas de tres o cuatro, los perros removían los basurales con sus hocicos y sus narices húmedas: si alguno encontraba un hueso o alguna tripa podrida, todos se volvían contra él para arrebatársela a mordiscones.
     Elías siguió bajando hasta llegar a las calles que conducían al centro. Unos camiones destartalados, disputándose el escaso asfalto de las esquinas, vaciaban sus pasajeros, amontonándolos frente a vendedores que agitadamente los abordaban para ofrecerles panes con chancho, loterías, chicha. Todo le parecía tan extraño, pero también divertido. Caminaba lentamente, saboreando o masticando sin prisa cuanto veía, deteniéndose en las tiendas, mirando con discreta alegría las vitrinas adornadas de serpentinas de colores y maniquíes de mujeres con las piernas cruzadas o entreabiertas. “Este es un lugar entretenido”, pensó. Pero se alteró un poco cuando tropezó con los primeros pordioseros y locos, a pesar que ellos lo miraron con indiferencia o deslizaron una sonrisa desganada sobre su espalda.
     Siguió caminando hasta que un niño inválido le estiró con cólera su mano salpicada de granos. El le entregó algunas monedas que llevaba en el bolsillo, y cruzó rápidamente la pista, huyendo de sus ojos afilados. No se había dado cuenta que estaba sudando. Buscó el pedazo de tela que su madre, sabiendo que lo necesitaría, le dio como pañuelo. Después, pensando justamente en ella, escogiéndola con cuidado entre la multitud, se acercó a una señora para preguntarle dónde quedaba la iglesia. Ella se quedó mirándolo; por su aspecto, era evidente que se trataba de un recién llegado, por eso le advirtió que en El Dorado había mucha gente mala, sinverguenzas de todo tipo y ladrones de diverso pelaje. Era una mujer gorda y desaliñada. Elías no entendió bien sus palabras y la escuchó perplejo, pero tuvo miedo cuando se apoderó de su mano y, clavándole los ojos fijamente, le dijo que él estaba trayendo unas sombras terribles a la ciudad, y que ella estaba dispuesta a ayudarlo, con unas cartas rarísimas que sacó del pecho, para traerle suerte, amor y felicidad.
     “!Uf!” suspiró Elías con agitación.
     Felizmente, alguien había escuchado y dijo en voz alta que la iglesia quedaba a la vuelta de la calle. Era un policía. Elías le quitó su mano a la mujer y siguió caminando, con ganas de correr, en dirección contraria a los extraños pues le habían dicho que en esta ciudad era muy difícil distinguir al policía y al ladrón, y que lo malo y lo bueno, la fortuna y la desgracia, el porvenir y las insondables cavernas del olvido, en El Dorado podían tener el mismo aspecto.

     Sin embargo, tenía mucha fe. Estaba convencido que Dios estaba siempre de su lado. Cierto es que después de este insignificante incidente, dando vueltas y vueltas por las calles desconocidas de El Dorado, empapado de sudor, dio con la iglesia, ansioso por agradecer a Dios que le permitiera llegar, a salvo de los profundos abismos donde con frecuencia terminaban los camiones interprovinciales y su cargamento de campesinos. Pero la iglesia estaba cerrada, y al parecer no terminaron de construirla, a excepción de la fachada, el atrio, los adoratorios y las alcancías. Al otro lado sólo había una enorme bóveda, perfectamente redonda, sostenida por varias columnas, donde revoloteaban gallinazos que hicieron sus nidos en lo más alto.
     “Hoy no hay confesión”. Leyó con desaliento la inscripción que alguien había hecho con tiza sobre los portones cerrados. Se mordió el labio inferior, miró la punta de sus zapatos y siguió caminando. Desde los escalones que lo hubieran llevado a los adoratorios vio alguna gente parada alrededor de unos que hablaban en voz alta, agitando las manos, enseñando espectacularmente las botellitas que contenían sus maletines, luciendo culebras enroscadas en sus cuellos o pregonando la palabra santa.
     Ya que estaba cerrada la iglesia, Elías se acercó a este grupo. Después de buscar un buen sitio entre la atención absorta del público, escuchó decir al hombre del ruedo que el momento había llegado para los habitantes de El Dorado, que la vida envilecida y corrupta que llevaban terminó por precipitar el juicio final, que el egoísmo y el sentido pecaminoso todo lo había contaminado y se combatiría sólo con el fuego purificador que vendría del cielo. Mientras tanto, habría que orar y arrepentirse, llorando si es preciso lágrimas de sangre, como nuestro Señor.
     No era primera vez que Elías oía hablar del fin del mundo. También en su lejano pueblo, los viejos advertían que la vida y la muerte ya eran casi la misma cosa, así lo notaban en la tristeza de las mujeres, en el desconcierto de los jóvenes que venían estrellándose con cuanto espejismo encontraban a su paso. “Tiempos monstruosos, sin duda- murmuraban- de diablos, de una y mil cabezas, buscando la misma espada desenvainada”.
     Esa sí que era una verdadera injusticia. Justo ahora que él llegaba a esta enorme ciudad, se tenía que acabar el mundo. Ni siquiera había pecado, pensaba. La verdad era que allá en Huantarí no había tenido muchas oportunidades. Y las que tuvo, las dejó pasar para no molestar a su madre, tanto la quería. Por eso, resuelto a vivir la vida que se le ofrecía en la ancha avenida, con vendedores de baratijas en todas las esquinas, decidió respirar todo el aire que cabía en sus pulmones, hurgó otra vez en sus bolsillos y gustoso le entregó al predicador una moneda cuando pasó delante de él con una bolsita en la mano pidiendo una colaboración. Y dio media vuelta, caminando de retorno a la casa: Hortensia le dijo que a eso de las dos estaría el almuerzo.

     Aunque el terreno era amplio, la casa de su hermano era pequeña y no tenía- como se imaginó- paredes de ladrillo ni grandes ventanales, sino calaminas y algunas planchas de madera prensada que Juan había comprado poco a poco para reemplazar los primeros cartones. Sin embargo, con las ganas de trabajar que traía encima, Elías se acomodó en un estrecho rincón, pensando que su situación allí sería provisional. Juan lo miraba con grata sorpresa, aunque pensara también que tenía un plato más que llenar. Era todavía muy pequeño cuando lo vio por última vez. Ahora estaba hecho un joven y traía las mismas expectativas que tuvo él muchos años atrás, cuando recién llegó a El Dorado. Desde entonces, tantas cosas pasaron. Para que entendiera mejor, le dijo que la ciudad de El Dorado era una carrera de empujones, como el juego que los muchachos jugaban en Huantarí. No estaba seguro si él lo conocía, pero quería decirle que en esta ciudad encontraría pocas oportunidades de salir adelante, a menos que aceptara la pobreza con dignidad
     -En fin- le dijo Juan- hay que mantenerse con el propio esfuerzo y con la cabeza en alto.
     Su hermano no había cambiado, pensaba Elías recordando las advertencias de su madre, más que sus propios recuerdos. Ella siempre decía que su hijo mayor, tercamente aficionado a los caballos y sin ninguna paciencia por los frutos de la tierra, era un poco loco, y sin embargo, lo extrañaba. Estaba claro que Juan, con esas ropas un tanto descoloridas y las ojotas, a pesar de su carácter decidido y envalentonado, no había progresado mucho. Quién sabe, quizá sus opiniones y consejos le servirían poco.
     Hortensia sí era distinta. No solamente se encomendaba a Dios, con la misma concentración que él, a veces le ponía velas a los santos y a las Animas Benditas del Purgatorio, peldaño sacrosanto que Elías desconocía por completo. Además, tenía una sonrisa para todas las cosas y, echándose un poco de polvo rosado en la cara, todos los días salía a trabajar en el mercado, esperando volver con algo de dinero y alguna fruta para sus críos.

     Ella sirvió el almuerzo en silencio. Fue una comida ligera, y nadie dijo ninguna oración antes de empezar, como pensó Elías. Los niños se resistían a comer, pero Hortensia con una terquedad fingida insistió ofreciéndoles fruta como premio para el que acabe primero. “Comienza la competencia- dijo- premio consuelo para el segundo: un beso”. En esos días, la fábrica artesanal de vidrios donde Juan empezaba a trabajar, tenía dos turnos. Y debía regresar rápidamente para alcanzar un cupo en el segundo turno. Calculando el trecho que le demandaba el camino, siempre era Juan el que acababa primero, tomaba la fruta sonriendo y volvía a su trabajo.
     Esa tarde Elías resopló viendo a su hermano trasponiendo el umbral. Se puso a hablar nerviosamente, demorándose con intensión en la comida. El rubor le calentó las mejillas de solo pensar que podía acabar segundo. Pero Camilo empujó su plato vacío, pensando que este Elías era un niño grande, a pesar del bozo que le asomaba sobre el labio. Delante de él, el beso consecuente de su madre ya no le gustó.
     Durante varios meses, una crisis de escalofríos sucedió a este acontecimiento. Se despertaba por las noches con una fiebre delirante que se añadía a una tos convulsiva por las mañanas. Ya repuesto, Camilo creció notablemente y eso lo alegró, aunque sentía también que el cariño desbordante de su madre no le permitiría seguir creciendo. Eran ideas absurdas que le sobrevenían escuchando a Elías, entre sueños y gemidos, llamar a su madre. Su llegada a la casa fue una novedad curiosa. Casi nunca recibían visitas, la casa quedaba tan arriba que ni siquiera los camiones de pasajeros llegaban hasta allí. Los muchachos del barrio se reunían junto al frondoso árbol que alguien había plantado años atrás y que prodigaba sombra a la esquina. Elías se negaba a reunirse con ellos, después que le tomaran el pelo y le pusieran cinco sobrenombres, entre las carcajadas de Perico y los chistes de Conejo.
     Los días fueron pasando y observando las maneras de Elías, en su casa y en el barrio, Camilo comenzó a preguntarse cuándo había llegado, cuántas semanas, cuántos meses habían pasado. Cuando Elías consiguió un trabajo y lo primero que hizo fue comprarse una cama, lo provisional se volvió permanente, y Camilo pensó que no por eso él dejaría de crecer, como se propuso decididamente.

     Reunidos todos alrededor de las ollas de guiso y arroz caliente, y de la jarra de limonada, a la hora del almuerzo, Elías no tenía que esforzarse mucho para hacer sonreír a Juan y Hortensia. La ciudad no terminaba de sorprenderlo, una y otra vez, y tratando de encontrar explicaciones para el mundo confuso y extraño que estaba conociendo, se convertía en el centro de la atención con sus comentarios ingenuos y ocurrentes.
     En las calles convergían habitantes de todos los rincones del país, de todos los climas y geografías, algunos empeñados tercamente en preservar sus dialectos, como sus costumbres y atuendos, abundantes y multicolores o escasos y grises. Muchos añoraban y defendían las cualidades de ensueño que recordaban de sus tierras. Pero los jóvenes, desafiados a vivir en la ciudad, al llegar a El Dorado preferían los overoles azules que caracterizaban a los trabajadores, encarnar un espíritu emprendedor y olvidar de una vez donde habían nacido, masticando sin rubor el idioma oficial.
     De todo podía olvidarse Elías también, menos de la música. No podría olvidar, así nomás, las maravillosas tonadas que vibraban en el follaje de los árboles aromáticos de Huantarí, y lo hacían flotar en el aire, elevándolo sobre los cerros de piedra. Por eso, cuando había fiesta en la casa de algún vecino y acaso el llanto de una quena rompía la noche, aunque fuera música de otra región, le entraban ganas de llorar.
     La familia de Hortensia sí le parecía diferente, aunque mirándolos bien lo único distinto era el olor, y uno que otro detalle en los vestidos que compraban en las tiendas del centro. Las hermanas estaban siempre perfumadas, con las mejillas sonrosadas, y hasta la madre, que ya cojeaba un poco al caminar, llevaba con solemnidad su cabeza blanca talqueada con unos polvos violáceos y olorosos. Elías se preguntó porqué usaban tantos polvos, porqué hablaban tanto las mujeres y porqué los hombres andaban siempre constipados y vestidos de terno.
     -Quieren parecerse a sus patrones- le dijo Juan secamente.
     Elías se empleó en sucesivos trabajos que le permitieron sostenerse y aportar algún dinero. Quizá sin quererlo, pero complacido con los hechos, se fue convirtiendo en una verdadera ayuda familiar. Juan no podía impedir que apareciera con una bolsa llena de víveres, bizcochos y fruta para los niños o dulces con etiquetas de colores y platinas que Camilo nunca había visto. La anuencia de Hortensia le advertía a Juan que cualquier expresión en contra desataría una borrasca en la que los únicos perdedores serían los niños. Con su instinto maternal, ella cautelaba por todos los medios y sin muchos recursos el bienestar familiar. Juan se marchaba de la casa fastidiado porque su mujer, poniéndolos de testigos, se estaba aprovechando de los niños, y sobretodo de Elías, de su inocencia en El Dorado.
     Más allá de las discusiones inútiles que invadían su casa, Juan se preguntó porqué últimamente tenía las manos quemadas. Era su trabajo en el vidrio sin duda y, a pesar de los sobretiempos, su economía seguía ahorcada.
     Transcurrido algún tiempo, Elías fue sentándose a la mesa con más confianza. Nadie podía negar que con sus trabajos de mozo o mensajero y su sincero deseo de verlos a todos con la sonrisa en los labios, se había ganado un lugar de preferencia en la familia. Una noche sorbiendo lentamente una taza del moderno té filtrante que compró en la avenida principal, pensó que entre tantos pobres y tan pocos ricos que sirvieran de ejemplo en El Dorado, lo único que le quedaba era ganar y ganar, para gastar y gastar, sobreviviendo del mejor modo posible.

     A Camilo le aparecieron unas espinillas en la nariz que no lo preocupaban tanto, como los cambios que veía en su casa: una mesa nueva, un ropero con espejo, el juego de ollas. Tenía que sonreír, aunque sea por obligación, y saborear así como los chocolates una felicidad postiza, pensaba. Habría querido gritar, pero no lo hubieran apoyado. Allí estaba su madre que lo miraría con sus ojos piadosos, mimosos o miedosos. Elías lo invitaría al parque de diversiones mecánicas que anunciaba su llegada a El Dorado. Allí estaban sus hermanos, borrachos de dulce, en sus preocupaciones escolares, sin perderse el calor de la madre. Era evidente que ella se sentía aliviada por las presiones económicas y nada le gustaba más a Camilo que ver reír a su madre, en su impecable sonrisa él podía medir la longitud y calidad del aire. Sin embargo, el optimismo que traía Elías a su casa lo ahogaba.
     Su padre ya no jugaba con ellos. Ahora sólo se envolvía con Hortensia en un universo de quejas y argumentaciones. Juan resoplaba sin decir nada, pero una vez disparó una sola puñada que dejó la casa en silencio y a Hortensia con el ojo morado. Después, el silencio se alargó como un acordeón, hasta que él volvió por la noche, con algunos tragos encima, abriéndose paso entre la penumbra, acercándose al lecho donde Hortensia dormía. Al poco rato se arrimaban uno contra el otro, empujándose y besándose largamente.
     Pero desde que llegó Elías, Juan estaba más serio, a medio camino entre sus hijos y su hermano. Una extraña paz se instaló en la casa. Camilo recordaba vivamente los largos paseos que con frecuencia hizo con su padre, acompañándolo a algún trabajo o a comprar materiales, sus meditadas preguntas infantiles y las siempre firmes respuestas de Juan.
     Eran otros tiempos. Atravesando cerros de piedras y basurales inmensos, una mañana lo llevó a conocer el mar. El humilde gigante que besa la playa con infinita ternura pero a la vez con la furia descomunal que empina sobre sí mismo para hundir sus olas contra el muelle, devolviendo cuanta basura encuentra en su camino, imponiendo su grito y su eco. Mudo de asombro, Camilo tomó la mano de su padre con sobresalto, pero él se la quitó diciéndole:
     -Todos estamos solos delante del mar.
     Los hartazgos se le acumularon de uno en uno. El más notable aparecía cuando todos festejaban las ocurrencias de Elías, salvo Juan que últimamente se levantaba muy temprano y regresaba tarde. Y de él, claro, que resoplaba si le recordaban que debía sonreír y dar las gracias por el chocolate que no había pedido. Sus emociones se cargaron de ira la tarde que, mientras almorzaban, Elías empujó el plato vacío, tal como lo hacía él, y reclamó un beso. “Esto se pone bueno”, pensó Camilo. Lo miró imperturbable y volvió a ver los ojos de muerto que le había visto la primera vez. Un vacío se produjo en su estómago, y sin poder contener un eructo, sobreponiéndose, dijo claramente, para que todos le escuchen, que no le gustó la comida, y que pasando a otra cosa había decidido trabajar. Se levantó y salió.

     No era raro que los niños trabajaran en El Dorado. La desocupación afligía a cientos de hombres que vagaban por las calles en busca de alguna oportunidad. También a los niños. Antes que perder el tiempo en el colegio o en negocios malolientes, muchos preferían trabajar lustrando zapatos, vendiendo periódicos, cantando en los camiones de transporte, vendiendo caramelos. Los compañeros de Camilo que trabajaban y estudiaban, eran más maduros y responsables. Y eso le gustaba a Camilo. De ellos no esperaba nunca una grosería gratuita, aunque a veces no cumplieran las órdenes de los profesores. “De todos modos el trabajo es otra cosa, llegó la hora de empezar”, pensó Camilo. "Basta de mandados y de besos agradecidos, así se vuelve uno perrito manso, ni siquiera eso, ¿acaso Lasi no sabe ser manso en unas ocasiones y el animal más bravo en otras?

     Pero allí estaban los mayores creyendo que la única manera de tratar a un niño era haciéndolo sentir inferior, envolviéndolo en capullos que no lo abrigaban y que tampoco lo atenazaban. “Cómo hacerles ver que el tiempo pasa y nos hacemos grandes”, pensaba. El trabajo se le presentó como la forma perfecta de demostrar que estaba en condiciones de conducir él mismo su vida, dejar atrás las condescendencias de los adultos y emprender, ya mismo, el camino que lo conduciría a ser un hombre.
     El problema era cómo empezar. "Es un problema si se piensa tanto", podría haberle dicho Pulga. El ya trabajaba con sus padres, tenían un puesto de frutas y verduras en el mercado, y con ayuda de los hijos y hasta de las tías, sembraban y cosechaban en un pequeño páramo cercano. También estaba Perico que en poco tiempo se hizo grande y fuerte cargando y descargando bolsas de cemento y materiales de construcción que su padre revendía a los vecinos cuando techaban sus casas. Conejo vendía refrescos en el verano, en bolsas de plástico que su mamá preparaba. Por lo visto, todo el mundo trabajaba y él era el único que faltaba.
     No seguiría comiendo en la misma mesa sin dar su aporte, como tantos niños que ya trabajaban. Pero ninguno de los trabajos conocidos le parecía entretenido, y "el trabajo es cosa de gusto" pensaba. Caminando un día por las calles de El Dorado, acompañado de su perro, lejos de su barrio, mirando los autos que entraban a la calle principal, con los motores cansados, subiendo las pendientes que conducían a la plaza de la iglesia, deteniéndose en las esquinas para arrojar y recoger pasajeros, pensó: “allí está el trabajo”. En los grifos, autos nuevos y viejos, comprados de segunda y tercera, hacían turno para echarse gasolina y un trago de agua en los radiadores resecos.
     El agua era escasa en El Dorado, a pesar del río que atravesaba la ciudad, su trajinar incansable servía sólo a la mina. Pero en los grifos el agua corría abundante y cristalina, libre de asperezas o de barro, como en las casas que ya tenían el servicio. A Camilo se le ocurrió que tranquilamente podía darles una limpiada a los carros mientras esperaban la gasolina, y él mismo echarles agua a los radiadores. Tendría muchas propinas, eso era seguro. Por eso, con su balde y su trapo, comenzó su trabajo como lavador de carros al día siguiente.

     Pronto pudo conocer las distintas marcas de autos y sobretodo las diferentes maneras de abrir las capotas para echar el agua. Conoció también los enormes trailers que salían de la mina, llenos de minerales que iban al extranjero por barco. Ocupaban casi toda la pista del grifo cuando se estacionaban al pie del surtidor. Al frente de sus máquinas, desde lo alto de las cabinas, los choferes se negaban rotundamente a que les pusieran las manos encima. Alguna gente distinguida, con toda la familia dentro, también llegaba al grifo con sus autos último modelo, nunca se ponían a la cola de los demás sino exigían a los empleados que los atiendan primero.
     Mientras les pasaba el trapo a las ventanas, Camilo miraba en el interior a las mujeres aguardando, con lentes oscuros, pensativas, inmóviles, mordiéndose los labios. Los niños lo miraban con la misma curiosidad, con sus zapatos de charol y sus sombreritos ridículos.    
     Casi de imprevisto, aparecieron en el mismo grifo otros lavadores. Un día fueron dos, al día siguiente tres y de pronto eran como siete, compitiendo en el trabajo, ganándose la voluntad de los choferes y de los griferos. Camilo se incomodó al comienzo, la idea era de él, pero entre broma y broma, pronto fueron amigos: la necesidad era de todos. El trabajo era la mejor forma de servir, y una satisfacción que se recompensaba con un dinero útil. Tenían que repartirse el trabajo, eso sí. Y a estas alturas, viendo el beneficio de los resultados y contando con nuevos amigos, su desinterés por el colegio creció enormemente. Quería decidir su existencia sin obligaciones rutinarias y avanzar, leyendo en los ojos de la gente opiniones actuales de un acontecer que sus profesores no le enseñaban.

NOTA DE PRENSA - CULTURALES 1º DE MAYO Nº 20



NOTA DE PRENSA - CULTURALES 1º DE MAYO Nº 20


En fecha reciente, el Sr. Alberto Mego Márquez, director de esta publicación, fue citado a la Dirección Nacional contra el Terrorismo (DINCOTE) para un interrogatorio en torno a una publicación hecha por AFADEVIG y MOVADEF en una página web sobre el genocidio perpetrado el 18 y 19 de junio de 1986, todavía impune.

Si bien a lo largo de su trayectoria como antropólogo, escritor, hombre de teatro y periodista, Alberto Mego ha sostenido una posición clasista, y aún cuando en efecto antes fuera invitado a cumplir una labor periodística en el MOVADEF, en el marco de su libre participación política, en su condición de director de esta publicación, ha dejado establecido carecer en la actualidad de todo vínculo con dichas organizaciones. 

No obstante, desde estas páginas rechazamos todo intento de limitar la libertad de pensamiento y expresión, propios de gobiernos escudados de “democráticos” que persiguen a aquellos que sostienen posiciones diferentes o contrarias al régimen, y que critican sus modelos.