París, sábado 31 de octubre, 2026. Local de FRANCE AMÉRIQUE LATINE. 18h.
Agrupación CAPULI, VALLEJO Y SU TIERRA presenta la novela RETABLO EL DORADO,
de ALBERTO MEGO
PALABRAS DE TELMO HERRERA
TELMO HERRERA : Nació en Mira-Ecuador en 1948. Ha residido en Australia, Canadá y España. Vive en París desde 1973. Herrera es también artista plástico, novelista, director, actor de teatro y cine. Desde 1977 ha publicado cuentos, novelas y poesía en España, América Latina y Francia. En 1984 obtuvo el 2.º. Premio Nadal por la novela Papá Murió Hoy.
Telmo es también un hombre de teatro. Desde 1974 ha llevado a escena la obra de numerosos autores del teatro contemporáneo, así como sus propias obras. Su labor teatral en los últimos años está vinculada al Teatro Nesle de Paris.
Telmo Herrera es un notable representante del arte y la cultura que cultiva el orbe latinoamericano en París.
Bueno, hablemos de Retablo El Dorado.
Curiosamente,
yo vivía en un barrio de Quito, en La Vicentina, junto al barrio El Dorado. Y,
curiosamente, ese terreno era propiedad de nuestra familia, los Herrera. Era
una colina situada en lo que hoy pertenece a Quito. Antes quedaba fuera de la
ciudad. Pero ¿por qué se llamó El Dorado? Porque allí iba la gente a
instalarse, a vivir, tratando de encontrar un lugar donde establecerse.
Generalmente eran personas procedentes de los pueblos, como sucede en la
novela: gente que migra a la capital buscando El Dorado.
Y,
claro, cuando vi ese título, El Dorado, pensé también en la búsqueda de los
españoles. ¿Qué era El Dorado? Aquella riqueza que buscaban y que, todavía hoy,
creo que siguen buscando. Por eso hay tanta gente en América Latina buscando
oro, aunque no sé dónde anda. Así que El Dorado tiene para mí una significación
muy especial, y leí la novela con mucho apego.
En
primer lugar, yo quería leer la novela de Alberto. ¿Por qué? Porque Alberto
viene del teatro, y a mí me interesaba saber cómo un hombre de teatro,
acostumbrado a trabajar con el diálogo directo, puede pasar a la novela, a la
descripción narrativa.
Generalmente
sucede lo contrario: los novelistas terminan cansándose de escribir novelas y
se dedican al teatro. Ese es mi caso. Yo siempre he escrito novelas y, un buen
día, decidí pasar al diálogo directo, al teatro. Considero que escribir teatro
ha sido mucho más fácil o más accesible que escribir novela, porque se trabaja
con el diálogo directo, las cosas son más cortas y resultan menos complicadas
que en el cuento. El cuento, por ejemplo, también lo he practicado y publicado
poco, pero el teatro…
Aquí
recuerdo una frase que le dijo Jean-Paul Sartre a Jean Genet. Genet quería
escribir una novela sobre el drama de las hermanas Papin, un caso ocurrido en
Francia.
Eran
dos sirvientas que, hartas de la tiranía de su patrona, la mataron de una
manera atroz. Llamaron a la policía y encontraron a una de ellas acostada y a
la otra sentada en un sofá; como si nada. Jean Genet empezó a escribir sobre
aquel caso, y Sartre le dijo algo así:
«Sabes,
Jean Genet, como novelista te vas a morir de hambre. El teatro es inmediato: te
conocen o no te conocen».
Entonces
le habló de Samuel Beckett, que se había hecho conocido internacionalmente con “Fin
de partida” y “Esperando a Godot”. Le aconsejó seguir su ejemplo, dejar la
novela y escribir teatro.
De
ahí surgió la obra de Jean Genet “Las criadas”, que alcanzó un gran éxito
internacional. Recuerdo, sobre todo, el montaje de un gran latinoamericano,
Víctor García, uno de los más grandes directores teatrales que hemos tenido en
América Latina. Víctor García era Argentino, aunque desarrolló buena parte de
su trayectoria fuera de su País. Montó “Las criadas” con Nuria Espert, en
Barcelona y luego presentó la obra aquí, en el Palais de Chaillot, donde tuve
la suerte de verla.
Por
eso quería leer “Retablo El dorado”, desde el punto de vista lingüístico y
narrativo: ¿cómo un hombre de teatro escribe novela?, ¿cómo lo ha hecho? Porque
pasar del diálogo directo a la descripción novelesca no es fácil. Hay que
describir a los personajes, construirlos, darles una presencia narrativa.
Sin
embargo, en la construcción de los personajes veo precisamente la experiencia
teatral de Alberto. Como ha trabajado siempre con el diálogo directo y con
actores sobre el escenario, presenta a los personajes casi como si se tratara
de una representación teatral. Van apareciendo uno tras otro, y así se va
construyendo la trama de la novela.
La
trama gira en torno a personas que vienen del campo para instalarse en El
Dorado, que supongo representa Lima. Pero, mientras leía la novela,
inmediatamente la situé en el contexto ecuatoriano, porque encontré similitudes
extraordinarias con lo que sucede en Ecuador.
Cuando
salí de Ecuador, en 1971, Quito tenía unos 300.000 habitantes. Era casi un
pueblo grande, bueno, una ciudad chica. Hoy creo que somos cerca de tres millones
de habitantes, contando con la periferia cercana, antes, cercanías muy lejanas,
potreros donde pastaban vacas y terneros. Otros terrenos casi abandonados.
Todo
aquello que antes eran pueblos, terrenos abiertos y espacios llenos de
vegetación se ha convertido en construcciones, a veces en edificaciones salvajes.
Hablo de levantamientos salvajes porque la gente llegaba, se instalaba, se
enfrentaba a la policía y ocupaba los terrenos. La policía venía y los
desalojaba, pero luego volvían a entrar. Se introducían de noche y ocupaban
terrenos baldíos y tierras de antiguas haciendas.
Alrededor
de Quito había muchas haciendas que pertenecían a contadas familias. Todavía se
recordaban títulos nobiliarios, como los de duques y marqueses, títulos que ya
no existen, oficialmente, en Ecuador, pero cuyos supuestos descendientes siguen
diciendo, pomposamente, que son sobrinos, nietos o tíos de algún marqués o
conde. Las haciendas pertenecían a esas familias, mientras que la gente llegaba
desde los pueblos para instalarse en la ciudad.
Yo
mismo vengo de un pueblo situado al norte del país, cerca de la frontera con
Colombia. De allí salió mucha gente hacia Quito para vivir en distintos
barrios. Algunos barrios ya disponían de agua potable y de los servicios
básicos: alcantarillado y demás infraestructuras. Pero había sitios donde no
existía nada de eso. Como se puede leer en la novela de Alberto.
Conocí
de cerca esas realidades porque, cuando estaba escribiendo mi novela “La Cueva”,
abordé precisamente cuestiones relacionadas con esos espacios y esas formas de
vida. En ese sentido, me identifico hasta cierto punto (en la narrativo no en
su condición social) con un personaje de “Retablo El Dorado” llamado Camilo.
Camilo es hijo de uno de los hombres que se había instalado a vivir en “El
Dorado”. A través de él vamos descubriendo poco a poco qué es ese lugar y
quiénes son las personas que viven allí. Al final, Camilo termina escribiendo poesía
a su querida. Se enamora de una muchacha rica, pero ella no le hace caso, más
bien como que se burla de él.
Y
aquí aparece algo que siempre me ha llamado la atención: a los burgueses, a las
personas que tienen dinero, les ha gustado tener a su lado a los escritores,
como si fueran bufones. Los reyes tenían bufones. Y, de alguna manera, los
ricos también han querido tener cerca a los escritores, a quienes pueden admirar,
exhibir o escuchar, sin que eso signifique necesariamente reconocerlos como
iguales. La burguesía o la gente que tiene mucho dinero como que le encanta
tener a su lado a un escritor, un hombre o mujer que hace teatro, un pintor a
pintora, un artista o una artista. Es como algo que les da caché, que les da un
poquito más de categoría. Entonces, el personaje Camilo, cuando termina la
novela, justamente ahí, se enamora de una ricachona.
Sobre
todo, yo me identificaba con ese
personaje porque, cuando escribí la novela “La Cueva”, empecé a caminar por
Quito.”La Cueva” es la búsqueda de lo que había sido Quito. Eso lo hice cuando
regresé al Ecuador, cuando regresé de Francia. Estuve aquí quince años sin
haber regresado al Ecuador. De pronto, llego a Quito y me llevo un susto
tremendo porque, como les digo, era una ciudad pequeña. Y, de pronto, me
encuentro con una ciudad inmensa, con altos edificios. Cuando me fui, había un
solo edificio alto, que pertenecía al Seguro Social. Luego, la ciudad se había
llenado de casas y de edificios muy altos. Los aviones, para aterrizar en el
Aeropuerto Mariscal Sucre casi pasaban peinando las terrazas y techos de
aquellos edificios.
Y,
sobre todo, estaban los sitios descampados por donde yo iba, cuando vivía en
Quito, antes de viajar a Europa, de paseo, buscando la inspiración para
escribir una novela. Los descampados se habían convertido en barrios pobres o
barrios de gente adinerada. Por esos terrenos yo iba acompañado de alguna chica
con la cual nos dedicábamos a darnos besos y lo que sigue en descampados donde
no vivía nadie. Quienes miraban nuestros enlaces amorosos eran los ojos de una
vaca o de un toro amarrado y enamorado.
Claro,
al llegar a Quito, me llevé un susto. Y ahí es cuando fui en busca de dos
amigos, Juan y Manuel. Con ellos empecé a recorrer los barrios de Quito, sobre
todo los barrios periféricos, que eran los que más me interesaban, no los
barrios más ricos de Quito, sino los periféricos. Entonces, efectivamente, fui
allí, bueno, no como periodista, sino para ver lo que pasaba. Y, efectivamente,
había barrios donde no había agua, donde no había nada, donde no existían
servicios básicos.
Yo
iba describiendo todo aquello y, de ahí, me fue saliendo la novela “La Cueva”.
Más o menos, no cuenta lo mismo que se ve en “El Dorado”, pero, paralelamente,
aborda un poco las clases sociales de los pueblos, sobre todo de los pueblos
indígenas, de las comunidades que van llegando y que empiezan a vivir en
determinados sitios donde no hay agua ni servicios básicos. Y cuenta cómo llega
la policía, cómo los desaloja, cómo les pegan.
Claro,
lo que más me interesaba, como les decía al inicio, era cómo Alberto pasa del
teatro a la novela.
Leí la novela con mucha atención, con mucho
cuidado. La leí con regla y lápiz porque, antes de que se publicase en España,
Alberto me dio un ejemplar de la novela que ya se había editado en Lima, hacía mucho
tiempo, pero que no había salido a la venta. Leí la novela como me gusta
leerlas cuando se trata de estudiarla: con regla y lápiz, anotando cada cosa,
cada detalle. Y ahí me sorprendió cómo Alberto va describiendo a los
personajes, cómo los va presentando, como si entraran en escena, en una obra de
teatro.
Eso
es lo que les puedo decir de “Retablo El Dorado”.
En
cuanto al resto, al lado social y al lado político, como yo no vivo en el Perú
y desconozco completamente la situación política peruana, no puedo opinar. No
puedo opinar basándome en la novela, quiero decir. No puedo hablar de Lima: no
conozco Lima, no conozco nada de Lima. Me gustaría conocerla.
Los
únicos comentarios que he podido hacer son los que les acabo de compartir.
Muchas
gracias.


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