RETABLO EL DORADO Cps 25, 26, 27



"Juan conoció a Hortensia en una de las primeras fábricas que aparecieron en El Dorado. Trabajaban la caña que venía del norte, la miel y el azúcar. Ella era también obrera como él, dulce como todo lo que hacían allí y laboriosa como las demás. Al principio, tenían los mismos problemas que se les presentaba a los jóvenes enamorados de esta ciudad, es decir, buscando un lugar donde estar solos, iban de parque en parque al encuentro de sus cuerpos amantes. Pero el asunto del dinero, de los gastos en sus comidas pasanderas, de los pasajes y sobretodo de las camas que alquilaban en los hoteluchos del centro, los decidió a participar en la invasión para después irse a vivir juntos".

Ilustración (agregada): Francisco Izquierdo
25


     Por los extraordinarios vestigios que cada poco tiempo se encontraban, El Dorado estaba en el interés de todo el mundo. Todos tenían que hablar de El Dorado, especialmente los habitantes del Viejo Mundo, trataban de explicar la historia así como los acontecimientos que se vivían progresiva y violentamente en este país, hasta entonces casi desconocido.
     Y muchos extranjeros llegaban interesados en conocer personalmente El Dorado. Eran de diversos procedencias, y entre ellos existían asociaciones de montañistas, de astrólogos, de arqueólogos y místicos de lo más extraños. Y de una u otra forma permanecían en contacto con sus países de origen, constituyéndose en embajadores extraoficiales de simpatía y curiosidad por El Dorado.
     Detrás de tanta expectativa también estaba la multiplicación de los hoteles y agencias aéreas que traían turistas a la ciudad de piedra, que ya entonces el gobierno rodeó de alambres electrificados y convirtió en zona apartada para turistas. Con todos los servicios y su aeropuerto de emergencia, la ciudad de piedra logró que en los mapas mundiales más recientes, en el paralelo 14, al sur, apareciera la palabra El Dorado, en amarillo.

     Un crimen increíble, un robo descomunal, una mentira flagrante, la inminente llegada de un patriarca religioso, así como investigaciones que vaticinaban terremotos que romperían las marcas de intensidad de ondas volcánicas, aparecían en los periódicos de ese día.
     También se mostraban fotos espeluznantes de los encuentros librados en el campo y que ocasionaban centenares de muertos, en ambos lados. En el interior, el ejército masacraba pueblos enteros, pero los hombres de la Montaña Más Alta no cesaban en su lucha. Una misteriosa estrella guiaba sus movimientos y las noticias se trocaban en boca del pueblo, trasformando las adversidades en novedades favorables.
     Los accidentes automovilísticos de unidades de transporte interprovinciano, se sucedían unos a otros, con muchos más muertos. Esas muertes no resultaban de las luchas encarnizadas que dirigía un partido desconocido en los círculos políticos de El Dorado. La alarma empezaba a ser general.
     Por coincidencia, en esos días, un calor extraordinario se desató en el litoral de El Dorado. La temperatura se elevó a grados insoportables, y a eso de las tres la gente rebotaba sobre las veredas para airearse con agitación. Los ríos que los grandes nevados alimentaban dejaron de proveer agua por unas semanas interminables. Haciendo colas con sus baldes en los grifos de las avenidas principales, la gente miraba impávida los locos calatos, rascándose frenéticamente los piojos, con sus ojos burlones.

     El interés por los restos de piedra fue seguido de señales extrañas que los especialistas se empeñaban en descifrar. La prensa internacional seguía los hechos con gran atención. Las momias prehistóricas cubiertas de mantos eran filmadas escrupulosamente, pero no podía evitarse que además reseñaran la existencia penosa de los transeúntes en las calles, sus rostros curtidos, su furia contenida.
      Una corriente de científicos planteó que el conocimiento es universal y se desarrolla por saltos, dejando señales, huellas indelebles, se trate de un pueblo o de otro. En su íntimo contacto con la materia más ardorosa, genera lecciones universales sin haber salido nunca de sus fronteras, afirmaban. Los pueblos son sabios, decían, trasladan su sabiduría de generación en generación, del pasado al presente, la historia sistematizada se convierte en método para vislumbrar el futuro. Con él se puede alcanzar los horizontes más lejanos, si tienen una visión práctica de la realidad, útil, necesaria.     

     Esas especulaciones no eran más atendidas que las versiones simplificadas de las teorías de B. Skorloff: insistían con nuevas argumentaciones en vaticinar cataclismos. Las expediciones de Skorloff a las montañas escarpadas continuaban. Recientemente había hecho un viaje anunciado anticipadamente en diez días y que lo llevó otra vez a internarse en lo más frondoso de la selva. Muy anciano, con una sorprendente vitalidad y la barba blanca creciéndole desordenada sobre el pecho, Skorloff parecía un predicador. Con las muestras para sus estudios, marchaba acompañado de una corte de desocupados titulados en ciencias sociales, geólogos y físicos.
     Iniciaban el recorrido en camión, hasta que se internaban en las montañas. Cuando todo vestigio citadino quedaba atrás, después de largas caminatas por llanos, cerros y colinas, los esperaba el reino de los mosquitos, las tarántulas y los pumas salvajes. Allí, Skorloff se posesionaba de una extraña sensibilidad y estaba más seguro del terremoto.

     Se escribían crónicas sobre Skorloff que eran difundidas en todo el mundo, a través de periódicos internacionales, donde se destacaba su valor para atreverse a excursionar estas tierras, así como su especulativo método de detectar volcanes. En numerosos congresos y encuentros de especialistas se debatían sesudamente sus hipótesis. Sin embargo, no llegaban a acuerdos porque las muestras de El Dorado que los simpatizantes de Skorloff llevaban como evidencia, ante los adelantos técnicos más avanzados, revelaban que- en el mejor de los casos- se trataba de suelos ricos en minerales, extraordinariamente ricos, pero nada de volcanes.
     Pese a todo, el viaje de Skorloff multiplicó el interés en sus informaciones. Sin noticias de su retorno, algunos matutinos del mundo, con cables conectados a los periódicos de El Dorado, aseguraron sin mayores pruebas que B. Skorloff había muerto en el absurdo intento de cruzar las precipitadas aguas de un río que nacía en una cumbre montañosa.
     Pocos sabían que el investigador, que por primera vez llegó una mañana gris a El Dorado, con sus instrumentos pasados de moda, había vencido los riesgos más peligrosos y graves desafíos, no sólo con animales salvajes, sino con familias tribales que permanecieron en el fondo de las quebradas, preservando sus cóleras primarias y conocimientos que- según afirmó después- equivalían a lo que aprendió muchos años encerrado en una biblioteca del Congo. Skorloff no se amedrentaba fácilmente.

     -Entonces ¿vas a dejarte morir? No es ninguna noticia, ya hay tantos muertos en El Dorado, de tantos tipos, muertos que caminan por las calles, que no saben qué hacer con su aliento. Anda, levanta la cabeza, tonta- le dijo Margarita.
     Ultimamente la trataba así, no se dio cuenta desde cuándo su amiga había cambiado, una vez hasta se enfrentó a la dueña del taller.
     -¿Usted se cree lo máximo?, lo máximo somos nosotras, mire- y señaló a las demás operarias que la miraban desde sus máquinas-, éstas son las que se queman las pestañas por usted, señora. No por eso va a venir a levantarnos la voz, nosotras somos trabajadoras, no somos esclavas ni siervas de nadie, somos mujeres- le dijo.
     La dueña del taller dio un paso atrás y la miró con odio.    -¿Mujer? Tú eres una mujerzuela- le dijo- quedas despedida.
     -¿Despedida?, ¿y cree que por eso voy a ponerme de rodillas?     
Las demás mujeres se levantaron de sus asientos, algunas todavía tenían las tijeras en las manos. La operaria de control miró a la dueña con temor, dando también un paso atrás.
     No eran muchas mujeres, diez o doce, todas con sus mandiles azules en el cuerpo y, por el papel celeste que pegaron en las ventanas, una luz de ese color alumbraba sus rostros. Una cinta roja sujetaba con energía los cabellos de algunas. Todas estaban atentas, no era primera vez que la dueña del taller las gritaba, por eso muchas preferían llevar el trabajo a su casa, pero así les pagaban menos.
     La dueña bajó un tanto el tono, carraspeó y alisándose el sudor que perlaba su nariz, dijo:
     -Bueno, a trabajar, quiero recordarles que este jueves es feriado y no hay trabajo, las que quieren trabajar pueden venir pero no se les va a pagar doble, como se les ha pagado siempre.
     -¿Quién no quiere trabajar? A nadie le gusta vivir sin comer, Hortensia. Es dura la pobreza, por eso se han levantado nuestros hermanos- le dijo Margarita.
     Hortensia la miró a los ojos.

     Se organizaron expediciones de emergencia para seguir las huellas del investigador, para tener noticias de su aventura. Se le daba por muerto, pero confiando que aparecería en las agrestes rocosidades, se le buscó insistentemente. A veces, en las zonas altas, la temperatura cambiaba súbitamente y los nevados, las avalanchas de nieve, caían intempestivamente sobre los pequeños caseríos. "Este es el caso, ha muerto", opinaban algunos.
     Por eso llamó tanto la atención cuando apareció y se presentó públicamente, negando los rumores que se sembraron a causa de su desaparición. Reconoció que los fantasmas de la muerte más de una vez se les presentaron a los expedicionarios que buscaban la meta establecida.
     -Y con el propósito- dijo-, de desmentir las informaciones trastornadas y antojadizas acerca de la catástrofe que supuestamente ando anunciando, convocaré a la brevedad una conferencia de prensa.
     Inmediatamente fue a dar al hospital. Había perdido muchos kilos de peso y una infección avanzaba en su cuerpo. Muchos habitantes de la ciudad, conocedores del interés científico que lo convirtió en una figura estimada, indagaban por su salud. La conferencia tuvo que suspenderse. Una vez en cama, la fiebre se apoderó del hombre y, una lucha, la más difícil que hasta ahora había sostenido, comenzó a librar Skorloff contra las invisibles fuerzas de la muerte.
     Pero él sabía que no iba a morir. Como consecuencia de sus investigaciones descubrió que todos podemos saber con exactitud cuándo vamos a morir. “En realidad, uno muere cuando quiere”, pensaba. Los días en cama le sirvieron para meditar, a pesar de la fiebre. Pasaron algunos días y, viéndolo mejorado, periodistas de las páginas especializadas y también de las amarillas, le rodearon un día en el lecho para apremiar sus comentarios.
     El esperó que hubiera silencio. Después dijo sencillamente:
     -Están ustedes parados sobre el nuevo eje universal.

     Los curas nos han metido tantas ideas absurdas, dijo Margarita. Desde el bautizo, ¿de qué pecado original nos acusan? esa es una coronta de tontería. Luego la primera comunión y el vestidito blanco, y no te olvides de la flor de la pureza. ¿De qué pureza nos hablan a las mujeres? ¿Nuestras hijas no andan prostituyéndose por un plato de lentejas? ¿No es esa la verdad? Pero no es solamente la iglesia, es todo este mundo contrario a la mujer, que no la deja desarrollarse, que no la deja ser mujer. Puede ser hija, puede ser esposa, puede ser madre, puede ser puta. Pero no puede ser mujer. ¿Sabías que antes las mujeres no tenían derechos? Se consiguieron con sus luchas, hay tantas heroínas, son las mujeres de nuestro pensamiento. ¿Acaso tú también no estuviste en la invasión de La Candela?
     Hortensia recordó fugazmente esos días. Sí, era muy joven y estaba decidida a tener un pedazo de tierra para vivir junto a Juan. Entonces vivía en casa de sus padres, como ahora, pero estuvo cuando llegaron los policías con sus caballos. Tuvo miedo, es cierto, pero había tanto calor ese día, calor de gente, y ella pensó que era justo tener un pedazo de tierra.
     -¿Ya ves? Tú eres una mujer del pueblo, una trabajadora. Levanta la cabeza, mira, también en tus manos está el futuro.


26


     Al entrar, Juan se dio con el espejo del salón. No había nadie en la habitación. Otra vez en la Fraternidad, debía encontrarse con un amigo de su base. Por diferentes motivos, ya antes habían ido juntos. Esperó largo rato, paseó por otros ambientes del viejo local, pero su amigo no llegaba. “Es importante que asista a la reunión”, pensó. Estaba en camino una nueva central de trabajadores, una central verdaderamente representativa de los obreros.
     Como si no las conociera, volvió a mirar las paredes húmedas y descoloridas de la Fraternidad, los techos arruinados y con orificios por donde se filtraba la luz mortecina del día nublado. Todavía esperó un rato más. Poco después salió rápidamente, más que nada porque aparecieron dos viejos dirigentes que él conocía y con quienes no quería hablar ni ver en sus ojos la mirada de la conciliación y el devaneo. No había ido a conversar con ellos, sino a cumplir un encargo.
     Alguna razón debía tener su amigo para no llegar, justamente ahora hubiera sido muy útil, y él lo sabía, pero afuera pensó que siempre hay un modo de resolver las ausencias de las personas, uno puede ser necesario pero todos somos imprescindibles. Además, para qué esperaría más en la Fraternidad, en sus salones, a esa hora de la tarde.
     En la calle, por lo menos el aire era fresco y le devolvió la visión de las esquinas proyectándose hasta los cerros más cercanos de la ciudad. Hacía un poco de frio. Se levantó el cuello discretamente, mirando a uno y otro lado por si lo seguían los soplones. Caminó dando vueltas algunas calles, preguntándose si podía detenerse unos minutos en algún puesto para tomarse una hiervaluisa. En ese momento, fue que vio a Hortensia cruzando la calle, justamente yendo hacia él.
             
     Era la cuenta final de una ciudad que hervía su temperatura más elevada. La población laboral estaba resueltamente en contra de la recesión que causaba esta situación. La industria, prácticamente paralizada, producía solamente artículos muy necesarios, especialmente comestibles, que desaparecían antes de llegar al mercado, los especuladores los compraban a alto precio para almacenarlos, por si los rumores se cumplían.
     Pero no eran rumores, había una guerra civil en El Dorado. Negada en todos los medios, era sin embargo realidad palpable. En las montañas del país, el ejército de las fuerzas armadas se enfrentaba al ejército rebelde. Y como sus estrategias fracasaban, los mandos más altos exigían al gobierno la participación extranjera en la preservación del territorio. Las manos armadas de los hombres de La Montaña avanzaban en buena parte de él.

     ¿Cuánto tiempo había pasado? No lo sabía. Allí estaba Hortensia, se le veía bonita, aunque un tanto cansada y cabizbaja, tomándose las manos, y con una cartera bajo el brazo. Vestía una falda azul y una chompa sencilla, el peinado hacia atrás, sujetado con una vincha blanca. El también tenía buena apariencia, ya no usaba el viejo overol de antes. Debía ser muy discreto, así que se había visto obligado a usar hasta zapatos, sobretodo si se trataba de recoger y entregar unos paquetes que debía recoger y entregar. Nunca preguntó qué contenían, suponía que eran libros.
     Había conocido otras mujeres, pero no hay tiempo para el amor en estos tiempos, decía. Quizá alguna lo detuvo más de la cuenta, pero siempre retomaba su camino. A veces volvió a encontrarse con alguna, pero después de la ternura estrechaba sus manos y dejándoles una palabra exacta, un comentario preciso, se despedía otra vez. No era muy galante, pero cuando amaba a una mujer podía trasmitirle todo su calor, sin mesquinarle nada. No se ufanaba de ello. No habían yeguas salvajes en el camino, como en su lejano pueblo, y si era necesario escapar de los dormitorios, sabía por dónde ir, con paso sereno y los ojos firmes en el horizonte.

     Al principio, pensó pasar de largo, hacerse el disimulado, pero ya era tarde. Ella lo había visto, sus miradas se encontraron bajo la luz violeta de la tarde. Como la primera vez. Pero ahora él andaba ocupado en sus tareas, en sus reuniones con los compañeros, en el trabajo. Tantas cosas habían pasado. Ella sintió un leve frío que le recorrió la espalda. El había aprendido que delante de lo imprevisto uno tiene que controlar su corazón.
     "Estamos por el camino o por la piedra en el camino, estamos por el movimiento o por la nata, estamos por el recorrido o por el plano", recordó. Era tan difícil con Hortensia, no podía esquivar su corazón, ella también es una trabajadora, pensó. Con sus dos trabajos, era trabajadora por partida doble.
     Lo que más le gustaba era su terquedad, su empecinamiento en todo, aunque si miraba bien, todos somos un poco tercos y en eso no hay diferencias entre hombres y mujeres. Pero iguales a Hortensia le parecían también otras, y las otras se parecían tanto a Hortensia. Y al final, todos los hombres de trabajo, quizá somos el mismo hombre y todas las mujeres son la misma mujer.
     -Y andamos peleando entre hombres y mujeres sin saber que somos la misma materia, la misma energía- decía C.- Materia en movimiento, dinámica del espíritu, velocidad de la luz multiplicada miles de veces, en las dimensiones desconocidas del universo. Es la vida, estimado Juan.
    
     “Las vueltas que está dando todo, es increíble”, decía la gente en la Fraternidad.
-Ya no hay reuniones, ni asambleas, los asociados brillan por su ausencia.
-Prefieren reunirse en las cantinas.
-Muchos están defraudados por la manipulación, por las maniobras que llegan de las esferas más altas del gobierno a la mesa directiva.
-Ellos señalan con descaro festividades, campeonatos absurdos, conmemoraciones, todos están obligados a asistir con su cuota correspondiente de alcohol, humorada y estupidez.
-A pocos les preocupa realmente lo que está aconteciendo en el campo.
-Los enfrentamientos también están sucediendo en la ciudad. Cada día más crecientemente, Juan.
     Por las noches, los guardias y soldados del ejército estaban expuestos a muerte segura, no sabían con quién podían cruzarse en la acera y si había llegado la hora de entregar sus armas. En vista de las situaciones adversas que sufrieron tantos batallones, el Parlamento propuso que los soldados dejaran de vestir uniforme, confundidos con la gente operarían más eficazmente, como ya lo habían hecho algunos cuadros de la policía. Pero en vista que el número de sus héroes crecía notablemente los mandos del ejército rechazaron tal propuesta.             

     Es una vaina, pensó Ernesto, todos los pasos que se dan en la Fraternidad significan gastos, nada se mueve sin dinero, si quieren que algo se mueva hay que poner una cuota. Los dirigentes de la Fraternidad estaban en venta. Quizá él tenía la culpa: propuso que el dinero para gastos extras que el gobierno les dio durante el Pliego de Reclamos del Pueblo de El Dorado se repartiera entre los miembros de las comisiones, en escalas justas. Desde entonces ya nadie quería colaborar, a menos que se le pagara.
      Ernesto pensaba que no se podía seguir así. Por esta razón, acudiendo a influencias que tenía entre amigos que ocupaban cargos en el Parlamento, propuso que el Secretario General de la Fraternidad declare la institución en emergencia general, quizá era la forma de llamar la atención de tantos asociados que andaban sin rumbo. Ante esta declaratoria, los pocos que quedaron se dividieron en dos grupos, por igual indiferentes y desconfiados. Sin embargo, unos querían una absoluta reorganización de la Fraternidad y otros se oponían porque eso significaba reconocer la crítica que durante tantos años les habían hecho los radicales, acusándolos de instrumento podrido del ingeniero Secada.
     En una asamblea resolutoria, los que se oponían a la reorganización afirmaron que, desde hacia mucho, cada veinte años, los tiempos eran críticos para El Dorado, y que debían esperar que la crisis se supere por efecto del discurrir de los tiempos, los nuevos inversionistas, la prosperidad de las industrias y las esperanzas del pueblo.
     No se llegó a acuerdo alguno. La Fraternidad quedaba sin un papel que cumplir y eso le preocupaba a Ernesto, sentía que no podía levantar una nueva administración, con una justa alianza entre las fuerzas de la producción. Las sombras del recelo invadieron todas las esferas de la Fraternidad. Ni él ni ningún otro dirigente podían hacer una propuesta superior a la que levantaban los radicales: la unidad de todo el pueblo, contra la dictadura impuesta en El Dorado.
     Pero Ernesto no se resignaría a esa realidad.
     -Ha llegado el momento de lanzar un candidato obrero para las próximas elecciones presidenciales- dijo, en una reunión informal de dirigentes. 
     La idea alcanzó un eco abrumador.
     Pocas noches después aparecieron veinte perros muertos, colgados bajo las vigas del patio del local. “Muerte a los vendedores de obreros”, decían los carteles que asomaban entre sus vientres lacerados.

     -Lo pequeño entraña algo de lo grande, y lo grande alguna pequeñez. ¿Cuántas personas han participado en la producción de este palo de fósforo?- preguntó C. sacando un palito de la caja.
     Primero los que echaron abajo los árboles, los campesinos, como siempre a la cabeza de trabajos portentosos, hicieron posible la madera, los grandes troncos que conducen hasta los aserraderos, navegando a través de ríos caudalosos en la selva más tupida, en viajes que duran semanas completas, por la escasa velocidad de los ríos, y por lo imposible de usar naves a motor en los cauces colmados de islotes rocosos en su recorrido. Allá van los troncos dando tumbos, estrellándose contra las rocas, hasta que llegan a manos de los primeros obreros. Ellos conocen las sierras, las máquinas taladoras, serruchadoras y cepilladoras, máquinas con filos increíbles que más de una vez arrancaron los dedos, los brazos a los trabajadores.
     Los obreros especializados convierten la madera en listones, y después en palillos. Allí empieza el trabajo de otros obreros, la mano del obrero minero que trabaja en el fondo de los socavones. Los trabajadores mineros que convierten la apatita en fósforo, oxigenándola con los sulfatos. Un fósforo, como tantas cosas, como todas las cosas de este mundo, es un encuentro de tantas fuerzas, cuántos encuentros de trabajo convergen todos los días en la producción de todo, hasta que llega a nuestras manos.

     Y ahora Hortensia estaba allí. Qué podía decirle.


27


     Una gelatina invisible agitaba los ánimos y echaba nubes sobre los acontecimientos de la realidad, empujando a muchos a implorar al cielo de rodillas. “El mundo se va a acabar”, decían. En los círculos ilustrados, educados en el respeto por la objetividad, se organizaban grupos de protesta por la manipulación de los órganos de prensa que, con el mayor descaro, imponían sus verdades interesadas, distorsionando los hechos, presentando a los verdugos como víctimas. Sin embargo, algunos viejos periodistas publicaban pequeños pasquines, y en sus páginas daban lugar a noticias verídicas donde se consignaban también los crímenes del ejército, que en nombre de la patria se cometían a diario.

     Cuando la Fraternidad de Obreros anunció el lanzamiento de su candidato para presidente de El Dorado produjo sorpresa y comentarios hilarantes. Después, con la opinión favorable de personajes influyentes, de empresarios, de las compañías, todos lo tomaron en serio. El candidato era un indio educado en los países nórdicos, andaba con una casaca de cuero negro y era cierto que había sido obrero. Su habilidad para maniobrar en la base de ebanistería, de donde provenía, le permitió llegar muy rápido a la mesa directiva de la Fraternidad, y después al Parlamento.
     No era muy conocido por los trabajadores. “Ese no es de acá”, decía la gente sencilla, por su acento extranjero. Pronto se vio su fotografía en las paredes anunciando su lanzamiento, con un camélido sin joroba como símbolo. Pero el ingeniero Secada estaba estrechamente unido a los altos mandos del ejército, y en anteriores elecciones ya había derrotado largamente a sus competidores.
     Ernesto conocía de cerca al "candidato", como le llamaban ahora a Guiseppe Quispe. Había seguido todos sus movimientos y estaba con él desde mucho tiempo atrás, apoyándolo en sus propuestas desde su pequeña oficina en el Parlamento. A veces Quispe le daba encargos personales y Ernesto sabía que Giuseppe era un amigo muy cercano, a pesar de su alto cargo. Habían comenzado juntos, y gracias a él prosperó su carrera en la coordinación general de la sección laboral de la Fraternidad. El lo propuso. ¿O se había propuesto a sí mismo? Sabía que muchos no estaban de acuerdo con su práctica proclamada del uso de la oportunidad política.
     Había cambiado, sí, había cambiado, ¿pero acaso no decían que sólo Dios y los idiotas no cambian? El no era ni Dios ni idiota, y cuando Guiseppe le pidió que lo acompañe en su campaña, él aceptó simplemente. Era una alternativa para los que querían un país pacífico, sin abusos, como planteaba Guiseppe, sin odios, con una verdadera armonía entre el pueblo y sus gobernantes. ¿Porqué no?

     La mujer de Ernesto se llamaba Estela. Era una mujer sencilla, había visto a su esposo pasar de los estados más críticos a éste, que ahora le permitía disponer de mucho dinero, de una cantidad de dinero que él nunca imaginó. Y ella menos, naturalmente. Estaba dedicada a su casa y a los niños que cada día estaban más grandes. Había cantado con Ernesto las mismas canciones de solidaridad y amor por el pueblo, cuando fueron jóvenes, pero él cambió notablemente.
     Ernesto dejó pronto las canciones y se puso a la cabeza de las marchas, caminando al lado de los manifestantes, haciendo suyos sus reclamos. Eso a ella no le disgustaba pero sí la sorprendió cuando un día le dijo que debía compartirlo con las aspiraciones del pueblo. Ella también estuvo en las reuniones de bases de los sindicatos, acompañándolo, hasta que los hijos la reclamaron en casa. Casi no conocía la Fraternidad. Y le parecía que allí comenzaron los cambios más notables de Ernesto, allí justamente lo eligieron dirigente, hacía tiempo.
     Esa noche regresó mareado, contentísimo, era el nuevo dirigente. Pero todavía mucho después llevó a la casa a Guiseppe Quispe. Quién iba a a pensar que su amigo aspiraría a tanto. Estela sabía que un día se preguntaría seriamente por los años, por todos los años de silencio y amargura, ya no por los gastos, sino por tanta espera y desencuentro con su marido. Su casa comenzó a llenarse de gente desconocida, hasta extranjeros de instituciones interesadas en hacer coordinaciones con Ernesto. Quispe tenía muchos simpatizantes de todos los niveles sociales, hasta del extranjero. "Todos querían apoyar a Quispe", decía Ernesto.

     A ella le parecía que Quispe era un hombre hábil, de ojos pequeños y brillantes, a veces malicioso y burlón, su risa escandalosa llenaba la sala de su casa. La primera vez que Ernesto lo llevó a casa se sentaron a la mesa, comieron y después siguieron bebiendo. Al día siguiente los niños preguntaron quién era el señor que había amanecido en el sofá. Al otro lado de la cama, Ernesto seguía durmiendo.
     -Es amigo de papá- dijo ella- déjenlo dormir.
     Volvió varias veces, conversaba mucho con Ernesto, intercambiando papeles, escribiendo comunicados, anotando ideas. Ahora era candidato, quién iba a creerlo y Ernesto era su confidente. “!Qué va a ganar este Quispe! Secada está entornillado en el Palacio del Gobierno” pensó. Cómo había cambiado Ernesto.
    
     Las noticias tenebrosas llegaban por la radio, por la televisión, por los comentarios de la gente: los hombres de la Montaña estaban decididos a todo. Y los ensayos anticataclismos se repetían unos a otros. ¿Cómo se llamaba el hombre? Skorloff anunciaba con tanta seriedad un próximo terremoto. En los colegios simulaban terremotos, emergencias en los edificios públicos, las sirenas aullaban todo el día, alarmando en cualquier momento. Por lo rumores se sabía que se compraron bolsas de plástico por millares, para los cadáveres. La cantidad de muertos sería tan grande, así evitarían la peste que sobrevendría por tanto cuerpo podrido a la intemperie, las moscas y las epidemias.
     Que el nuevo eje universal estuviera en El Dorado no era noticia que pudiera interesarle a la gente. Que sus casas, sus vidas y sus pequeños planes, cayeran como castillos de naipes eso sí era preocupante. El estado de tensión y ansiedad que flotaba en el ambiente no permitía pensar con claridad la situación. Ernesto no le daba importancia, y seguía tan metido en sus papeles y en la candidatura de Quispe que estaba agarrando forma.

     "Hasta el ingeniero Secada ha tenido varias reuniones secretas con Skorloff", decía la gente. Qué gran escándalo se estaría ocultando con esta enorme mentira, o acaso de verdad habían razones para preocuparse. Las reuniones nunca se informaron públicamente, se sabía que existieron, pero no se dijo qué habían hablado, lo que se convirtió en otro manto de expectativa sobre la ciudad. Habría terremoto, sí, pensaban muchos, "eso nomás es lo que falta". Sin embargo, pocos sabían que B. Skorloff agonizaba varias semanas atrás. El hombre apenas podía deslizar algunas palabras, a veces entraba en fiebres tan altas que lo hacían delirar y soltar palabras desordenadas que evocaban sus viajes expedicionarios hasta el corazón de la montaña.
-!Es El Dorado!- decía- el dorado de la luz.
Después sudaba, caía y se levantaba, la fiebre no lo dejaba hablar. Soñaba un mismo sueño. Investigando, caía accidentalmente a una quebrada, en su afán de buscar otros caminos, llegaba hasta un túnel enorme que debía cruzar solamente acompañado de un lamparín. De pronto, bajo la tenue luz, encontraba un camino vertical que lo conducía más arriba de la montaña, y descubría una pared con inscripciones labradas en la cresta misma de la montaña, mensajes cifrados que a la luz del lamparín brillaban intensamente en el mármol de sus signos.
En su sueño estaba contento, resolviendo las grandes preguntas que se había hecho siempre sobre las fuerzas gravitacionales y las equivalencias del carbono. Y estaba contento porque después de tanta caminata bajo el sol de El Dorado, recién comprendía que en la punta de estas montañas convergían las fuerzas magnéticas de la tierra.
     Cuando el ingeniero Secada lo visitó en su lecho de enfermo, solamente pudo darle la mano y desearle que se recuperara. Skorloff, seminconsciente, a medio camino entre el desconocido que lo visitaba y los signos que se empeñaba en descifrar, regocijado en su ensueño, llegaba a la conclusión que los hombres de El Dorado eran el eslabón que la antropología universal andaba buscando.
Tantas veces había pensado irse, dejar a un lado sus estudios, o quedarse para siempre, dedicado a estudiar las montañas, pero los años comenzaron a pasar, de investigación en investigación, así había sido su amor por la ciencia. No quería que su método para detectar la actividad volcánica de los suelos, el que lo condujo a descubrir el nuevo eje, pasara desapercibido, no tanto por figurar en los manuales o que colgaran su retrato en el Salón Mundial de Exploradores del Universo, sino porque su vocación de servicio le exigía brindarlo a aquellos pueblos de climas cálidos y superficies montañosas, con suelos accidentados que generan peligrosos volcanes de mayor o menor producción de magma.
     Skorloff pensaba que El Dorado estaba levantado justamente en la cresta, a nivel del mar, de un volcán. Todo parecía indicar que la actividad volcánica había recomenzado, y en cualquier momento podía erupcionar, produciendo un periodo de terremotos. El primero tendría tal intensidad que toda la ciudad se vendría indefectiblemente abajo.

     A pesar del discreto silencio de las autoridades, los periódicos de El Dorado y los enviados especiales de todo el mundo, con aparatos sofisticados se prepararon para instalarse en los pasillos del hospital donde se encontraba Skorloff. Viejos amigos, colegas de otros países, excursionistas que convergieron en El Dorado, en las mismas montañas, con diferentes objetivos, pero con el mismo oxígeno, llegaron también de muy lejos. Era extraño, como al cataclismo que se empeñaba en anunciar, todos estaban atentos a su muerte.
     Un diario científico de enorme trascendencia llegó a El Dorado con reporteros especializados que homenajearon a Skorloff. Sin embargo, entrevistados aparte, rechazaron sus teorías por carecer de fundamento. Otros periodistas extranjeros promovieron la discusión, en reuniones eruditas, de las pruebas matemáticas que esgrimía Skorloff. Llegaron a la conclusión que eran irrefutables y nada más había que preparar el alma para entrar a otra dimensión del universo, al fin y al cabo eso está previsto para todos.
     En esos días ardientes el Salón Mundial de Exploradores del Universo denunció a Skorloff ante los diarios de El Dorado, acusándolo de impostor en un comunicado, donde condenaban la excesiva importancia que se daba a sus especulaciones. Si bien cumplían con la disciplina académica, su autor no dejaba de ser un aventurero del pensamiento que ni siquiera tenía el título de esa institución, por haber abandonado sus estudios de bachillerato.
Muchos recuperaron el aliento, pero B. Skorloff ya había muerto.

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