RETABLO EL DORADO Cps 28, 29, 30. FIN


RETABLO EL DORADO Cps  28, 29, 30. FIN

"Juan conoció a Hortensia en una de las primeras fábricas que aparecieron en El Dorado. Trabajaban la caña que venía del norte, la miel y el azúcar. Ella era también obrera como él, dulce como todo lo que hacían allí y laboriosa como las demás. Al principio, tenían los mismos problemas que se les presentaba a los jóvenes enamorados de esta ciudad, es decir, buscando un lugar donde estar solos, iban de parque en parque al encuentro de sus cuerpos amantes. Pero el asunto del dinero, de los gastos en sus comidas pasanderas, de los pasajes y sobretodo de las camas que alquilaban en los hoteluchos del centro, los decidió a participar en la invasión para después irse a vivir juntos".

Ilustración (agregada): Francisco Izquierdo

28


     Lejos de los modernos edificios llenos de oficinas con sistema eléctrico propio para no interrumpir el movimiento comercial, lejos de las calles del centro y de las urbanizaciones residenciales por donde corrían, aullando dolorosamente las sirenas de las ambulancias y los patrulleros, lejos de los numerosos distritos medios, todavía lejos de los cerros más cercanos de la ciudad, algunos ya considerados en el nuevo casco periférico y convertidos en distritos con su propio alcalde y su propia oficina de impuestos, arriba de los mismos de siempre, los tantos de nunca, más arriba, en la punta misma de las primeras montañas, muchos miraban atentos las lucecillas de la ciudad, las torres más altas, las troncales, los ejes de la ciudad, esperando una señal.

     La agitación aumentaba en la ciudad, y aunque por su propia agitación Juan no reparaba en ello, pensando en tantas cosas, justamente esa tarde se encontraba con Hortensia. Sacando la cuenta no se debían nada, habían actuado exactamente de acuerdo a sus consciencias, aunque es verdad que los hijos les dieron plazos a sus vidas, los cambiaron tanto. A él, su amor al trabajo lo hizo ser cada día más receloso. Y nunca se acomidió a pasarle la mano a nadie para que lo ascienda en el puesto o lo convierta en empleado público.
     Recta, lo que se dice recta, quizá no era su conducta, pero siempre estaba a favor de los que libraban luchas decididas por lo correcto. Y así había vivido, y vinieron los hijos y el amor se hizo escaso, o quizá no pudo repartirse entre tanto hijo, y las cosas fueron sucediendo, luego vino la confianza en un mundo mejor, y ahora en medio de la guerra, estaban tan lejos uno del otro.
     Era bonita Hortensia. Le había dado tanto, y él a ella, se habían dado tanto. Pero estaban pasando tantas cosas en las calles, en los organismos del pueblo, en los sindicatos, en los pobladores de los barrios. A veces, es cierto, su corazón se llenaba de nostalgia, y le confesaba sus sentimientos a alguna mujer, y ella lo miraba con calor, y juntos veían el amanecer.
     No se había detenido a pensar que necesitaba una compañera. No le iba a hacer alguna trampa a Hortensia, la verdad era que nunca mintió para ganar la atención o los encantos de una mujer. Simplemente decía la verdad. Y también era verdad que nunca tuvo más amor que en las praderas de Huantarí, en el corazón de su pueblo.
    
     Estaba con ese vestido violeta que ya le había visto. Se saludaron con un beso en la mejilla, temerosos. Se miraron en silencio, y él asomó una sonrisa. Pero estaban listos para acusarse, como antes. Pero mucho menos. Allí estaban los dos, midiéndose. Ella ajustaba los labios para no llorar, porque ese día confirmó su nueva situación.
     Sintió su aliento y su olor de hombre, mientras se le encendían las mejillas y algo la hizo temblar. Se contuvo porque no quería echársele a los brazos. El se dio cuenta y comentó irónicamente lo bien que les haría una cama. Ella sonrió con dificultad, pero después no pudo contener las lágrimas.
     -Estás llorando- le dijo Juan.
     Y se acercó para abrazarla. Ella también lo abrazó y lloró sobre su hombro. La saliva se le apretó en la garganta a Juan. No sabía qué decir. De pronto se sentía tan culpable de todo lo que pasaba con Hortensia. Pero no, no tenía nada de qué culparse, no podía mirar atrás, preguntándose por ella. Era poco más del mediodía. Los autos giraban en las pistas. A esa hora todo el mundo salía de sus trabajos, y las calles empezaban a llenarse de gente, atropellándose.
     Mirando el gentío y los edificios perfilándose a lo lejos, modificando el juego de sombras que caracterizaba el lugar, Juan pensó que verdaderamente todo había cambiado. La iglesia, por ejemplo, estaba terminada completamente. Más o menos cuando comenzaron a construirla fue que conoció a Hortensia, aunque no tuvieron que pedirle permiso al cura para irse a vivir juntos. Entonces, el parque no tenía monumento. Cuando llegó el ingeniero Secada pusieron la hilera de héroes desconocidos.
     Los años habían pasado tan rápido, unos sobre otros y estaban allí. Hortensia lo miró en silencio, mientras el viento empezaba a soplar y los transeúntes abrigaban sus cuellos o se amarraban las chalinas. Ya entonces había tanta gente en El Dorado, tantas fábricas, tantos cines y edificios, y más pobres, más desocupados, más enfermos, más muerte.
     Y estaban los traficantes de ilusiones, los religiosos, los vendedores del paraíso. ¿Cuántas ilusiones se concentraban en El Dorado? Y Hortensia quizá era otra ilusión que se le aparecía, como tantas, debía reconocerlo. Le pasó las manos por la cara, tratando de levantarle la mirada.
     -Todos nuestros planes se los llevaron los vendedores- le dijo.
     Se veía que Hortensia no se había rendido. Era una mujer de trabajo, trabajaba en un taller de costuras, era una obrera. Usaba otra vez zapatos de taco, y aunque le había bajado la basta a su vestido, tenía levantadas las caderas, eran los zapatos, claro. Un deseo fugaz cruzó su cabeza. Hortensia estaba más calmada y repuesta. Lo miró fijamente y le dijo:
     -Tengo que irme.
     Allí estaba ella, y él tenía que seguir.
     Le dio una palmada en el hombro y le dijo chau. Ella volteó y comenzó a caminar rápidamente. Juan la vio alejarse por las calles, mirando sus movimientos, deslizándose por la vereda.
-!Hortensia!- gritó, y la alcanzó.
Ella se turbó cuando vio sus ojos húmedos. El no pudo contenerse y la abrazó ansioso, besándole los ojos y la boca. Ella se retiró bruscamente.
     -No- dijo- ya no, estoy esperando un hijo, Juan.
     Dio media vuelta y se fue. Todavía le hizo adiós. Juan sintió que su vida giraba sobre sus ejes, y cambiaba de rumbo. La tarde se volvió azul y oscura, como cuando se entra a un túnel, o a la noche que precede la nueva aurora.

     A eso de las diez o once, cuando el cielo estaba completamente cubierto, una espesa niebla se agregó al oscuro natural de la bóveda. A las doce, el cielo comenzó a salpicar pequeñas lucecillas, poco después las lucecillas aumentaron. Muchos vieron artefactos espaciales, nubes de color, pero eran solamente lucecillas. Con las primeras luces del amanecer, el cielo salpicó cientos, miles de estrellas, era un extraño fenómeno para la ciudad. Aunque los especialistas lo aguardaban, fue una verdadera sorpresa para los habitantes de El Dorado. No era que la luna se hubiera roto en mil pedazos, era una verdadera lluvia de estrellas, un fenómeno conocido, pero poco frecuente en el paralelo 14. Esa noche muchos se encomendaron a sus dioses. Juan levantó los ojos y dijo para sí “son las primeras luces”.

     “Eres una verdadera tonta”, le dijo Margarita. ¿Sabes dónde está tu problema? Que no quieres aceptar que una mujer tiene exactamente los mismos derechos que un hombre, pero no solamente los mismos derechos sino somos la misma carne, el mismo cuerpo, y las mismas necesidades, somos seres humanos. No somos máquinas, ni perritas falderas. Mujeres, eso es. No tienes que lamentar lo que ocurre en tu vientre. !Lo que te está ocurriendo! ¿No te das cuenta? Un hombre del porvenir avanza en la tormentosa batalla por el nacimiento. Es un niño del futuro. !El verá las grandes transformaciones! !El las verá!... Si no lo quieres dámelo a mi, Hortensia, yo quiero ese hijo. Es hijo de las luchas de hoy, y tú vas a dejarte de lamentos y vas a venir con nosotros, tú también eres una mujer.


 29


     Había sido difícil resolver los problemas con sus hermanos, pero se resolvieron. Todos se fueron a vivir con su madre. Viviendo solo, sabía lo que tenía que hacer: después del colegio se encontraban todos en casa de la abuela, almorzaban en la misma mesa, su madre, su abuela, el abuelo, sus hermanos. Si quería, podía quedarse, como lo había hecho más de una vez. Pero no le gustaban las palabras de la abuela cuando se refería a él:
     -Cómo se parece este chico a su padre- decía.
     Camilo prefería regresar a su casa, o caminar, almorzar con su padre, a veces. El trabajo en el grifo le quitaba tiempo, el colegio también. Aunque, últimamente tenía más ratos libres, los profesores estaban en una larga huelga y se movilizaban en las calles, junto a otros gremios de trabajadores, reclamando una justa valoración de su trabajo.
     Tenía tiempo para detenerse en la plaza principal a mirar exposiciones de pintores callejeros, sus iguanas doradas en rostros ardientes, sus caballos corriendo las praderas, relinchando, golpeando sus coces en la niebla. El frio del invierno invadía lentamente la ciudad. Una niebla blanca y pesada se acantonaba en las calles estrechas y, por las noches, la gente en las veredas atravesaba las nubes blanquecinas y azules a la luz de los fluorescentes, y parecía que flotaban, como en un cuadro de los pintores callejeros.
     Tratando de olvidar a Lady, se metió a tantas cosas, lo que más lo distrajo fue el box, el de las ligas deportivas, siguiendo los pasos de Conejo. Practicaba intensamente para ganarle a otros miembros jóvenes de la liga, aunque la suerte no siempre lo favorecía, y a veces debía usar una gorra para ocultar el moretón en un ojo. Y todo para olvidarla, qué estúpido.
     Tenía escritos inútiles poemas resolutivos donde avanzaba del endecasílabo al soneto alejandrino y establecía calendarios precisos de renuncias al amor correspondido pero platónico. Por ratos brevísimos, sin posibilidad de intercambiar intimidades más que consigo mismo, recibía besos imaginarios desde el balcón de Lady que él devolvía lanzando su sonrisa al viento. Estaba tan enamorado. Escribía también canciones de despedida, pero no se decidía. “Escápate conmigo, escribía, escápate conmigo, nos iremos al Congo si quieres, o a la montaña más alta". Pero no se atrevía a convertir su verso en palabra viva.
     Oh prodigio, un día ella le mandó una carta, una carta breve y perfumada, de diez palabras. En la carta, Lady escribió un dulce pensamiento, parafraseado en una canción de moda. Además le mandó un pedacito de serpentina. El quiso seguir la corriente haciendo lo mismo, aunque le pareciera ridículo. Al poco tiempo le dio una fiebre muy alta, y como tenía que trabajar, andaba como sonámbulo, afiebrado soñador, todo le parecía tan bello, tan claro, tan absurdo. A ratos, pensaba que estaba muriéndose.

     Una nueva oportunidad se le presentó otra vez. A través de uno de sus primos, Lady le envió otro sobre. El pensó que eran los versos que esperaba, los del amor correspondido, escritos a puño y letra de la amada. Pero era una invitación, como hace tiempo, también para el cumpleaños de Erick. “Ese dientón tiene cumpleaños todos los años” pensó. La firmaba ella, pero qué iba a decirle a Erick. No eran amigos, a veces se saludaban, pero siempre a punto del insulto y los golpes. Como pedante y engreído que era, en el barrio solo tenía primos. Desde las primeras palabras, desde los primeros gestos se le notaba la patanería. ¡Cómo podía ser hermano de Lady!.
     Seguramente irían los primos, y habría baile y la morisqueta completa. Pero Camilo decidió ir. Estaba más afiebrado que nunca, quizá moriría al día siguiente, pensaba. Se alistó convenientemente, proponiéndose aprovechar ahora o nunca la oportunidad de abrir de par en par su corazón. Aunque no estuviera del todo presentable, qué diablos, no tenía tiempo de lavar su ropa, aunque sí para los sonetos. Decidió por fin ir tal como estaba vestido, porqué se iba a avergonzar.
     Ya eran más de las seis y, delante de la puerta, se preguntó si mejor hubiera sido llegar con algún amigo. Tocó el timbre. Con voz temblorosa y el corazón palpitándole a toda velocidad, le dijo a la niña que le abrió: "hola, llama a tu prima Lady". Al poco rato el que apareció fue Erick. Sorpresa. Con una ancha sonrisa de pícaro rufián, lo invitó a pasar. Camilo avanzó cuidadosamente delante de Erick hasta llegar a la sala.
     La música flotaba en el aire caliente de la sala llena de niñas y muchachas de hermosas cabelleras lacias y piel blanca. Y también estaban los primos, qué hacía allí Camilo. Algunos bailaban y, riendo, se servían discretamente el cóctel de fresas, cargado de ron, que les permitían a los jóvenes en sus reuniones sociales.
     Camilo tomó asiento en una silla aterciopelada, palpando nerviosamente su superficie áspera, qué hacía allí. Como sonámbulo, con el rostro circunspecto, tomó algunos bocadillos que le ofreció una niña vestida de blanco, con galoneras en los hombros. Se preguntó si era una fiesta de disfraces y echó una nueva mirada a todos. Se acordó que ni siquiera lo había saludado a Erick por su cumpleaños. Cómo se le había olvidado. Y dónde estaba ahora.
     Pero Lady apareció, vestida con un vestido azul y rojo, sonriéndole. El se puso de pie, limpiamente y se acercó para tomarle la mano, ella le dio la mejilla, él un beso.

     ¿Qué hacía allí? se preguntó otra vez.
     Lady olía a perfume por los cuatro costados, y estaba candorosa como flor de limonero, mirándolo, en silencio. Tampoco a él se le ocurría nada. De pronto, uno de los primos agitado detrás de Lady, la arrastró al centro de la sala, para bailar. Habían puesto un disco de moda y todos se pusieron a bailar. Camilo no quedó desolado mirándolos moverse como títeres, sino con ganas de irse. El grupo que acompañaba a Erick lo miró, haciendo comentarios, hablándose en las orejas. Uno se acercó y le dijo: “ven con nosotros, queremos hablar contigo”.
     El muchacho ya era grande, aunque tenía cara de tonto y nunca lo había visto. Erick seguía todos sus movimientos desde el frente, cuchicheándole algo a otro. El muchacho volvió a insistir a que fuera con él, pero ésta vez lo empujó un poco. El, desprevenido, reaccionó, pero seguían empujándolo. Lady desde el centro de la sala, mientras bailaba, lo miró, sonriéndole. Camilo sonrió también, y no entendió cómo llegó al lado de Erick, y porqué su brazo le rodeaba el cuello, lanzándole su aliento con olor a ron, diciéndole con sus dientes afilados y deformes:
     -¿Has oído hablar de la lluvia de estrellas? Quiero enseñarte mi telescopio, se ve todo.
     Camilo sonrió diciéndole “qué telescopio, de qué estás hablando”. Pero tratando de hacerse el gracioso le dijo “ah sí, tienes un telescopio”.
     -Sí- dijo el otro, entre las risas de los demás- tengo uno.
     -Yo también- contestó Camilo- también tengo, uno especial.
     -¡No me cree!
     -Porqué no- dijo Camilo- si tienes plata, a lo mejor te compraron el cielo.
     Todos rieron, a Erick se le malogró la sonrisa, y ahogó las risas de los demás, mirándolos seriamente.
Erick se acercó a dos de sus primos y les dijo algo al oído. Camilo pensó que la próxima pieza tenía que sacar a Lady a bailar, esta vez no se le adelantaban. Pero no sabía qué hacer con Erick que insistía con la cantaleta del telescopio, con cara de pocos amigos y rodeado de todos sus primos.
     -Vamos- dijo Erick, empujándolo hacia las escaleras.
     Tenía que irse, esto no estaba nada bien. Al salir con ellos por el corredor que llevaba a las escaleras del segundo piso, pensó que mejor tomaba el otro lado y se iba. Total. Otra oportunidad habría. Pero no lo dejaron. Todo el grupo, de seis o siete, lo hicieron subir las escaleras. Los mayores, los tíos seguramente, conversaban, sin percartarse de nada, fumaban y tomaban.
     Arriba olía a naftalina, a loción. Había silencio y dos gatos rondaban los zócalos de madera. Caminaron sin hablar. Camilo pensó que Erick quería enseñarle de todos modos su juguete, o tirarlo desde del segundo piso. Una de dos. Pero casi cortésmente Erick le enseñó la puerta de una habitación. “Pasa, le dijo, es un telescopio de verdad, se ve la luna y todas las estrellas”. De pronto, le disparó un puñete por la espalda y lo empujó hacia el interior. Camilo escuchó que cerraban la puerta entre carcajadas. Cuando quiso abrir, ya no era posible. Tomó aire y resopló, miró alrededor, a pesar de la oscuridad reconoció que estaba en el baño y distinguió el lavatorio, el retrete, las toallas de colores colgadas en una percha.
     Sin saber dónde estaba el interruptor de la luz, permaneció unos minutos a oscuras, llenándose de cólera, qué diablos hacía allí, encerrado y a oscuras en la casa de Lady. Golpeó fuertemente la puerta, afuera se escuchaba el tocadiscos a todo volumen, los gritos de los niños, risas. Tratando de contener la rabia, pensaba que en cualquier momento abrirían y se harían los graciosos, pasándole la mano, riéndose.
     Pero ya se había hecho un silencio largo entre canción y canción, y nada. Volvió a golpear fuertemente. La sangre se le agitaba en las sienes, tocó una vez más y esperó. Después de un rato le dio un puntapié a la puerta. Pero seguía cerrada.

     La cabeza le sonaba como tambor. Toda la poesía que había acumulado en compartimentos secretos de su memoria, las fechas trascendentales, los recuerdos más bellos del rostro de Lady, todo se desvanecía con los golpes que agitaban su mente y su alma. Volvió a patear la puerta. Pero no venía nadie a abrir. Quizá la alfombra que cubría el suelo al otro lado tragaba los sonidos, no había más que seguir golpeando. De pronto, escuchó que alguien se acercaba, estaba seguro. Apenas se abrió la puerta, saltó fuera. Allí, azorada y asustada, lo miraba Lady.
     Pero sin darle importancia, él llegó a las escaleras. Había aumentado la gente en el salón, bailaban, bebían. Descendió lentamente los escalones. Desde arriba había visto dónde estaba Erick y sus amigos, pero cuando lo vieron bajar desaparecieron en diferentes direcciones. Los ojos furiosos de Camilo sólo buscaban a Erick, quería mirarlo de frente y devolverle el puñete, con algo más, para ser justo. Pero no lo veía por ninguna parte. Las chicas lo miraron con tensión, y las que recién llegaban con curiosidad, era el único que se distinguía por su ropa, no era una ropa de fiesta. Camilo pasó delante de todos, sin reparar en nadie que no fuera Erick, al fondo algunas parejas bailaban y los viejos tomaban sus vasos.
     Buscó el pasadizo que conducía a la puerta, pidiendo permiso entre la gente que bailaba, quiso irse. Justo en la puerta tropezó con Erick. Inmediatamente, Camilo lo agarró del cuello y lo empujó por el pasadizo hasta un rincón un poco oscuro. Suavemente, levantando la rodilla, después de palparse la pierna hasta el tobillo, sacó la chaveta y puso su hoja brillante ante los ojos aterrados de Erick.
-Hoy mueres, miserable- le dijo casi al oido.
     Sintió que Erick temblaba como una gelatina, tenía la boca entreabierta y lanzó un grito ahogado. Los demás muchachos aparecieron inmediatamente como si alguien los hubiera llamado, como si hubieran reparado en sus pasos, y a discreta distancia, miraban y murmuraban sin saber qué hacer. Pero, todavía sintiendo la dificultosa respiración de Erick y la suya resoplando agitado, alguien le dio un empujón y se le puso al frente.
-!Lárgate de mi casa!- gritó llorando Lady.
     El la miró un instante. A pesar que tenía los pensamientos dispersos, revueltos y confundidos, en archivos y anaqueles secretos que no correspondían en datos y fechas, numeraciones, colores y formas, decidió irse rápidamente. Masticando su cólera, empujó otra vez a Erick contra la pared y lo soltó. Disimuladamente guardó la hoja, y salió.
     Afuera, estaba fresco, quizá un poco frío por las brisas que atravesaban el colchón de nubes en el cielo. Sereno, a paso lento, aunque con una rara pesadumbre, siguió caminando. La música se escuchaba a lo lejos, a lo mejor muchos no se percataron de nada. Pero eso no importaba. Todo había estallado como una pompa de jabón. Allí estaba otra vez en la calle, delante de la vida.

     Algo extraño pasaba afuera. El árbol de la esquina se agitaba curiosamente, no podían ser sólo las corrientes de viento que en esos días atravesaban las nubes espesas que descansaban sobre la ciudad. Todo estaba tan agitado, solamente faltaba el cielo. Dio una mirada abajo, desde allí vio toda la ciudad, su silueta irregular, sus torres, los edificios de más de diez pisos, iluminados por los postes eléctricos. Quiso describir sus sentimientos en dos o tres versos, pero no se le ocurría nada. Se detuvo en la esquina.
     La calle vacía de gente, y oscura, recibía uno que otro destellazo de luz cortando la oscuridad. Volteó para mirar la casa de Lady. ¿Cuánto tiempo había pasado? Alguien se asomó al balcón. Estaba seguro que era Lady, no podía ver bien su silueta dibujaba por pedazos a la escasa luz de la noche. Sí, era ella. Bajó la cabeza, y desapareció detrás de la cortina. El quiso gritarle algo. Pero ya era tarde, la música se escuchó más lejana, y la silueta cerró la puerta del balcón, y la de sus endecasílabos.
Sacó de su bolsillo un pedazo de cigarro y se puso a fumar, preguntándose qué había perdido, nunca había tenido nada. "Todo está allí, detrás de la niebla, listo para tomarlo, si de verdad lo quiere uno", pensó. Buscó su chaveta, temiendo que a lo mejor la había perdido por salir apresuradamente. No, allí estaba. Respiró profundamente, enderezó el cuerpo, estirándolo, levantando las manos. Después, revisó en sus bolsillos todo lo que encontró, rompió papeles, anotaciones idiotas, citas célebres, datos inútiles.
     Así lo encontró Pulga en la esquina.
     -¿Has visto?- le dijo.
     -Qué. ¿La lluvia de estrellas?
     -Hay una bandera en la punta del cerro. Desde aquí se ven más banderas en los otros cerros.
     Camilo miró hacia arriba. Era cierto. Habían muchas. A pesar de la oscuridad vio las banderas.
     -Son banderas rojas- dijo Pulga-. Mañana es la marcha.
     Y se fue. Camilo miró otra vez las banderas. Pulga todavía volteó y gritó:
     -!Te busco mañana temprano!
30


     Hubo un leve temblor mientras Hortensia tendía ropa en los cordeles de la azotea. Había viento, un pajarito se detuvo cerca, y ella se agitó viendo sus pequeños saltos, quién sabe de dónde venía. No era extraño. A veces el cielo de El Dorado era invadido por estas avecillas, alegraban con sus trinos las tardes, y aguardaban en los parques que la gente se marche para comerse los restos de comida.
     A los supersticiosos no les gustaban estos pájaros. “Son de mal aguero”, decían, "anuncian malas noticias". Y se persignaban, rezaban mirando discretamente al cielo, podían traer la señal del fin del mundo. Habían llegado en los últimos años, los ciudadanos más viejos no los recordaban, pero se habían ganado un espacio en el cielo, y allí estaba uno.
     De pronto asomó otro, más intenso, con plumas muy azules, que fue directamente a atacar al otro. Mientras se picoteaban uno al otro, ella se llevó las manos a la boca y contuvo un grito desgarrado: !debía explicarse este momento!, y no podía. Su mente se turbó por un instante. Recogió la batea, resuelta, y bajó la escalera apresuradamente, comprendiendo que todas las cartas de su vida se habían echado: tenía razón Margarita, porqué iba a temerle a la vida.

     Como se lo había dicho, Pulga llegó muy temprano: los gallos apenas comenzaban a cantar. Tocó la puerta, pero sabiendo que no había nadie más que Camilo, entró hasta el fondo y lo arrancó de la cama.
     -!Son los hombres de la Montaña! !Apúrate!- dijo.
     Afuera, muchos bajaban, de todas las casas salía la gente en grupos, abajo se encontraban con las filas y con otros que descendían de diversas direcciones del cerro. Más abajo todos eran una misma fila, una fila gruesa, un grueso cordón ajustado, como una soga. Caminaban siguiendo la fila por los costados, como otros, pero mucha gente cruzó a Pulga y los separó.
     -!Camilo! !Camilo!- gritó Pulga, riendo, emocionado.
     En medio de la multitud, Camilo reparó en la mirada firme de la gente, vio que por las escaleras de cemento también descendían muchos más, y se agregaban al enorme cordón de personas. Algunos niños lloraban. A lo lejos vio a sus amigos del grifo que vivían cerca de allí, corrían adelante con amigos más grandes. Y vio a lo lejos a Perico, al lado de su padre y de varios trabajadores de construcción.
     Adelante, las banderas flameaban en lo alto. Eran banderas enormes. Por encima de las cabezas, ocasionalmente, algunas mujeres llevaban banderas más pequeñas, bordadas, a veces de papel, en alto. Otros repartían volantes que decían “!Vivan los Hombres de La Montaña Más Alta!”

     “Dónde estará el Loco” se preguntó Camilo.
     Algunos policías sorprendidos en el camino se alistaban a disparar, pero prefirieron tomar sus autos y escapar. La marcha avanzaba a toda velocidad, en poco tiempo llegaría al centro. Algunos se quedaban atrás, otros seguían. Mujeres mayores, con sus hijos a la espalda, señoras de los puestos de periódicos, de los talleres textiles, empleadas de los hogares, avanzaban.
     “¿Y Pulga? ¿dónde está Pulga”, se preguntó también.
     Los rostros brillantes por el sudor destellaban en la pista, las banderas a contraviento se agitaban con fuerza. Entre tanta gente, qué iba a encontrar a Pulga.

     Esa madrugada consiguió escaparse del Ciego, no podía más con los golpes, estaba escupiendo sangre y no masticaba bien, le habían salido granos en la boca, sentía siempre la lengua cortada. Fue hasta un basural, el más cercano a la casa del Ciego, allí encontró algo de comida. Pero además vio que se le acercaban amigablemente unos muchachos, llamándolo cariñosamente.
     De pronto, por atrás le echaron encima un costal, y todo se volvió oscuro. Trató de defenderse, de ladrar, pero bajo el costal entre todos le agarraron las patas y la boca.
     -Ratito- le dijeron-, ratito, no te va a doler, perrito.
     Le sobrevino un ataque de ansiedad, se ahogó en su propia saliva. Lo último que sintió fue que le atravesaron el corazón, y murió. Más tarde, todavía chorreando su sangre, la gente lo miró con repugnancia, mientras leía al paso lo que decía el cartel que pusieron en su entraña.

     La mirada de C. ardía. Los miró a todos y después los saludó uno por uno. Eran siete los que estaban con él. Estrechó fuertemente sus manos, se despidió de todos. Cuando comenzó la marcha, Juan lo volvió a ver en los grupos dispersos que la iniciarían en una esquina del barrio de La Candela. No venía al caso estrechar otra vez su mano y preguntarle por la señal.
     Al poco rato, cada cual caminaba, y después corría, entre todos los que ordenadamente se añadían desde las calles, y poco a poco se convirtieron en una misma corriente, tensa y constante como la del río en su tierra, en su Huantarí querido. Un río de gente.
     Y como allá, salían de todos lados los pequeños arroyuelos que alimentaban la corriente principal.

     “Anda a ver qué pasa”, le dijo su madre a Hortensia. Ella ya iba a salir, a unas pocas calles quedaba la avenida principal. El bebe lloraba, no sabía qué hacer, si dejarlo con su madre, o llevárselo. Mejor lo dejaba, ella ya sabía qué era lo que pasaba en la avenida, Margarita se lo había dicho y la había invitado.
     Salió apresuradamente, y a pesar que los zapatos se le salían- de lo delgada que quedó después del parto-, corrió rápidamente. Pronto llegó a la esquina principal. Y vio las banderas y los mástiles asomándose sobre las cabezas de los curiosos parados a los alrededores, mirando la marcha, leyendo los volantes, escuchando las ovaciones.
     Hizo a un lado a uno y a otro, pidió permiso para llegar al borde mismo de la acera, eran cientos de hombres, mujeres y jóvenes, niños, estaban todos, cientos de rostros encendidos, miles de trabajadores.
     “¿No es esa Margarita? !Margarita!”
     Margarita no podía detenerse y solamente le dio un jalón y la arrancó de su lugar. Ella trastabilló pero, acomodándose, se repuso en medio de las filas, y con la corriente que marchaba con energía, avanzó también, en el mar de gente. Era la marcha de trabajadores más grande que había visto, y recobrando todos los ecos de su alma, Hortensia marchó resuelta entre las banderas.

     Las primeras explosiones se escucharon en las calles aledañas. Juan había entregado la mochila. De pronto, por el costado de la calle que daba entrada a la plaza principal se escucharon los primeros cañonazos de respuesta. El viento se congestionó, las enormes balas diezmaban por puñados a la gente, muchos caían ensangrentados en los losetones. Otros seguían rodeando la plaza para entrar más al centro. Rodearon todo el espacio. Desde los techos también se escuchaban petardos.
     Los cañones dieron paso a la soldadesca que avanzaba en abanico, disparando a ciegas sus metralletas. Presas de pánico, muchos corrían y murieron mientras corrían o caían heridos. Por uno y otro lado, los soldados disparaban gritando destemplados y escabulléndose de eventuales granadas que liquidaban sus piquetes.    
Alguien dio la nueva señal. Se ordenó el repliegue en combate. Los flancos más débiles fueron cubiertos por los avanzados, así pudieron salir miles de trabajadores. Muchos dieron su vida, y su sangre roja se desbordó aquellos años en los losetones de la plaza principal de El Dorado.

     Hasta ahora una cuerda le apretaba el cuello, pero ese día mirando el mar, Camilo volvió a encontrarse con su padre. Súbitamente huérfanos, él como todos sus hermanos, sentían que tenían cuentas pendientes con sus padres, fatalmente muertos. Camilo se olvidó de todo durante un buen tiempo, hasta de su madre, pero a veces a solas o cuando se echaba un trago con los amigos, recordaba que había amado tanto a sus padres, como ellos lo habían amado a él y que era una lata no poder decirles cuánto los quería.
"Porque todos estamos solos delante del mar".
Y delante del mar, otra vez enamorado del amor, recordando a sus padres, pensó que por fin ahora era dueño de sus decisiones... Y había decidido vivir.


                         F  I  N                   

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