RETABLO EL DORADO Cps 7,8,9

          "Juan conoció a Hortensia en una de las primeras fábricas que aparecieron en El Dorado. Trabajaban la caña que venía del norte, la miel y el azúcar. Ella era también obrera como él, dulce como todo lo que hacían allí y laboriosa como las demás. Al principio, tenían los mismos problemas que se les presentaba a los jóvenes enamorados de esta ciudad, es decir, buscando un lugar donde estar solos, iban de parque en parque al encuentro de sus cuerpos amantes. Pero el asunto del dinero, de los gastos en sus comidas pasanderas, de los pasajes y sobretodo de las camas que alquilaban en los hoteluchos del centro, los decidió a participar en la invasión para después irse a vivir juntos".

RETABLO EL DORADO Cps 7,8,9


7

             
     Cuando las compañías mineras llegaron a El Dorado, los militares que gobernaban el país tuvieron que dar paso a los civiles. Con los fusiles en la mano, durante muchos años los militares habían aplicado una política represiva, temerosos de que el pueblo se levantara al primer descuido, y reclamara condiciones de vida que no iban a satisfacer. En nombre de la paz y el orden público, las decisiones del general de turno en el sillón presidencial ensangrentaban las calles: el pueblo salía a exigir sueldos dignos, trabajo para los desocupados y medidas de salud que acabaran por fin con la malaria.
Los reclamos terminaban en la cárcel o en el paredón de fusilamiento. Los trabajadores de las fábricas más antiguas recordaban con pesar la muerte súbita o la desaparición inexplicable de sus compañeros. Con mejor suerte, otros eran arrancados a medianoche de sus casas y encerrados en los calabozos del Palacio de Justicia. Allí todavía recibían alimentos por las rejas del sótano, pero después los trasladaban a cárceles de máxima seguridad, o a la morgue.
     No podían reclamarse los cuerpos. Las leyes prohibían que los familiares entierren a sus muertos si no fallecían de muerte natural. Cada cierto tiempo, los cadáveres aparecían en fosas comunes, a orillas del mar, bajo capas de cal, irreconocibles, con letreros N.N. en sus pechos sin mortaja. La hemorragia que sufría El Dorado era incesante. Ilusionados en un cambio, aunque sea de personas, muchos aplaudieron los contratos que se firmaron con las compañías internacionales del mineral. Tratando de explicar la fosforescencia de estas tierras, las compañías exploraron los arenales más desolados, usando complicados aparatos y laboratorios sofisticados. Al cabo de los estudios, descubrieron reservas extraordinariamente grandes, a lo largo del territorio.
     Por disposición superior, la noticia se mantuvo en secreto.
     Mientras las compañías instalaban sus equipos, el periódico oficial destacó con grandes titulares detalles impublicables de romances escandalosos, y el público conoció, paso a paso, la agonía del equilibrista del circo “La Estrellita”. Además, el Ministerio de Educación organizó las Caravanas de La Primavera. Nadie sabía porqué, si estaban en uno de los inviernos más crudos.
     El inconfundible olor a muerte -que ya se conocía en El Dorado- se expandió por las callejuelas de la ciudad. A muchos dirigentes obreros se les encontró muertos, apuñalados o decapitados en las esquinas, especialmente si eran de organizaciones que exigían información sobre las minas y el papel de las compañías internacionales. El temor se apoderó de la población y nadie se asomaba por el arenal donde se establecieron las máquinas. La Iglesia se pronunció señalando que el diablo apareció en los terrenos, y que sus polvos de azufre esterilizarían a los hombres y volvería locas a las mujeres que se acercaran allí. Desde lo alto de los cerros se veían las instalaciones de las compañías y, aunque pocos sabían qué hacían allí, los orgullosos por su buena memoria, dijeron que se iniciaba un periodo muy duro para todos.
     La Sociedad de Mineros Nacionales- hasta entonces desconocida- se dirigió a la población para denunciar a los militares porque se estaban rematando las riquezas del país. A pesar de los golpes recibidos, durante diez días, las organizaciones populares indignadas por el entreguismo, expresaron masivamente su protesta en un clima de inconformidad que hizo zozobrar al gobierno. Hubo muchos detenidos, muchos heridos, más muertos. Las plazas de El Dorado se regaron de sangre. La decidida marcha de las mayorías humildes del pueblo, de las mujeres, de los estudiantes, de los profesionales, de los comerciantes minoristas, de los grandes y pequeños empresarios lugareños, desfilando juntos por las avenidas principales, hicieron retroceder a las tropas que disparaban desde sus caballos directamente a la multitud. La situación emplazó a los militares. Las compañías declararon en suspenso la explotación de las minas, y al poco tiempo se convocaron elecciones generales.

     Desde los cerros de La Candela, siguiendo un camino marcado por las huellas de tantos curiosos que llegaron allí para ver el desfile de las máquinas, los vecinos veían a lo lejos el territorio asignado a las compañías. Más allá de la entrada, después de los alambres de púas ¿adónde iba la pista de asfalto que se desviaba hacia la izquierda hasta desaparecer en una quebrada de la costa desértica? Nadie lo sabía. Detrás de un algarrobal del campamento de residentes, de las casas prefabricadas y a doble agua, al fondo, quedaba la mina a tajo abierto, creciendo cada día más, como una herida en el desierto.
Más de una vez, Camilo subió hasta la punta y hubiera querido tener una largavista para ver de cerca la mina. También hubiera visto los basurales que al otro lado del cerro, en la pampa, crecían descomunalmente convertidos en pequeñas colinas de colores, pestilentes, y luminosas cuando los muchachos, iniciaban las fogatas.
     Cada día eran más los que esperaban con ansiedad la llegada de los camiones basureros. Apenas suelta la carga, se arrojaban sobre ella por si encontraban algún resto que vender, cualquier cosa que sirva. Pero "ya no es como antes", recordaban los que lograron levantar sus chozas con los restos de otros tiempos. “Ya la gente no bota a la basura lo que puede vender”, decían. Ahora se conformaban con uno que otro fierro oxidado, algún juguete roto, trapos viejos. Comida no, en eso las iguanas y los perros eran más rápidos. Y nadie se molestaba con los muchachos que se divertían prendiendo el basural y la inmundicia, andaban con los fósforos en el bolsillo, listos para prender una fogata que llegara hasta el cielo, una que se encuentre con el sol.
     Conejo y Perico se entretenían como Camilo, buscando escoria de las fábricas entre la basura, antes de iniciar la fogata. Esa tarde, Camilo no tuvo mucha suerte con su trabajo en el grifo. Tomó las latas del agua y se retiró temprano, tomando el camino de la pampa. Junto a él iba Lasi y, cuando ya llegaba, a lo lejos vio a sus amigos retirándose. Camilo los llamó gritando con todas sus fuerzas, pero estaban muy lejos. Se detuvo frente a las cenizas y a la humeante agonía de un pequeño fuego que seguramente habían iniciado ellos. Comenzó a avivarlo, echándole algunos papeles, pero no había material cerca. Poco más allá vio otro monte de basura, lleno de cartones y leña.
     Caminó hacia allí, con el perro que lo seguía, jadeante, con la lengua afuera. Sintió el suelo irregular, tapizado de papeles y otros restos. Trató de recoger un cartón más o menos grande, tirado sobre la basura. Pero al levantarlo Camilo dio un salto. Un hombre envuelto en papeles y plásticos lo miraba. El perro comenzó a ladrarle con furia y Camilo tuvo que sujetarlo para que no se arrojara sobre él, seguramente un borracho, un vagabundo o un loco. Las ganas de seguir allí se le fueron, dio media vuelta y tomó el camino a su casa, todavía asustado. Las calles del barrio estaban desoladas y tampoco en su casa había nadie. Preguntándose por los amigos, metió la mano por un orificio de la puerta para abrirla por dentro.
     La oscuridad se posesionaba de las calles. En su casa hacía rato alargaba la sombra de los objetos. Por la ventana, podía ver la ropa colgada en los cordeles meciéndose ligeramente con la noche. Abajo, en las calles del llano, se veían puntos luminosos, titilantes, como estrellas. Era la luz eléctrica. Prendió una vela y se quedó pensando en los ojos del hombre, en su pelo crecido, en su silencio. Lasi seguía jadeando.

     -Lo que mal empieza, mal acaba- entró diciendo Hortensia- nosotros no fuimos a buscarlo a su casa para que nos dé el trabajo.
     Camilo despertó sobresaltado, todos estaban agitados, hasta sus hermanos menores, reían, hablaban todos en alta voz. Se refregó los ojos con las manos y se levantó de la cama. “Esto de dormir fuera de hora es siempre molesto, uno se levanta como si se hubiera ido a otro planeta”, pensó, y se detuvo brevemente al recordar que había visto un hombre en el basural, un pobre hombre cobijándose en la basura. Sin duda estaba mal de la cabeza o en la peor pobreza. ¿Cuán pobre se podía ser en este mundo? “Debe estar muy mal”, pensó Camilo mientras ponía su atención en Elías que reía, feliz, no sabía de qué. Era que venían de hacer un reclamo y consiguieron lo que pedían.
     A la mitad de la cuadra, había un terreno desocupado, que por fin construirían. Su dueño, Camacho, otro invasor como todos, metido en negocios que se desconocían, tenía varios terrenos después que se los fue comprando a algunos vecinos muy necesitados. En este levantaría una casa grande, de dos pisos, con balcones. “Toda una casa”, había dicho. Le favorecía el tamaño del terreno y que ya estuviera apisonado. Además, desde allí se divisaba todo El Dorado.
     -!Y no nos quieren pagar nuestro trabajo!- dijo Hortensia-. Ese Camacho es un miserable.
     Llamaron a toda la vecindad. Primero a los niños, a través de ellos a las mujeres y a algunos vecinos para que lo ayudaran a descargar las camionadas de ladrillos que traía, y todos salieron de sus casas. “¿Por qué no?”, les ofrecieron pagarles. Se ordenaron en filas para trasladar los ladrillos, unos del camión al suelo, otros del suelo a las escaleras o a las pendientes para cortar camino, hasta el terreno donde no podía llegar el camión. Camacho los alentaba, saludando la eficiencia. “Esta es mi gente, colaboradora, organizada”, sacudiéndose las manos después de ayudar un rato.
     El lío se armó cuando terminaron de descargar, y él, colaboradores, organizados, gracias y nada más. Y como todos lo miraron con caras que se alargaban más y más, de un lado a otro, cansados como estaban. ¿Nadie iba a decir nada? Hortensia no se quedó callada.
     -¿Y?- le preguntó a Camacho, enseñándole la mano, rascándose la palma con los dedos.
     Allí comenzó la discusión. Camacho dijo que entendieron mal los vecinos, que le había dicho sólo a los tres primeros muchachos, que les daría sus propinas, pero a nadie más y que por eso le sorprendía tanta ayuda, disculpen.
-Está prohibido trabajar gratis, Elías.
     Por eso primero fue Hortensia, pero después casi todos se le van encima.
     -Camacho tiene plata, claro que la tiene, tremenda camionada de ladrillos no se compra así nomás, y el camión es de él ¿no? Consiguieron pues, era poco, pero algo es algo, y mejor es algo que nada.
-Para alguito servirá- dijo Hortensia.

     Era domingo y muchos dormían un poco más. Los vendedores de tamales subían hasta los cerros para no encontrarse con otros en el llano. Su grito tamalero daba la hora, recordando que también los domingos hay que trabajar. A eso de las nueve, Camilo salió a comprar pan con su bolsa de tocuyo en la mano. En la cola del panadero estaba Pulga, Conejo y Perico, también con sus bolsas entre los vecinos que todavía comentaban lo de los ladrillos, vea usted.
     -Hola- le dijeron a Camilo.
     -Ayer estuvimos en la pampa, quemando. No sabes qué encontramos.
     -No le digas- le dijo Conejo a Pulga.
     -¿Porqué? -protestó Perico-, él es del barrio, qué tanta vaina. Ni que hubiéramos encontrado al presidente de El Dorado, calato y en la basura.
     Camilo los miró sin saber porqué tanto misterio.
     -Hay un loco que está haciendo su casa en la pampa.
     -Ya sé- dijo él, malográndoles la intriga-, también lo vi.  
     -Cómo saben que está loco -preguntó Perico.
-Está todo sucio y mira sin decir nada, además qué hace en la basura- contestó alguno.
     -¿Y nosotros qué hacemos en la basura?
     -No es lo mismo pues.
     -Ya, ya, avanza la cola.
     -¿Vamos más tarde?
     Más tarde, salió uno y llamó al otro, los dos al tercero. Pulga les dijo que no iría con ellos, vayan nomás.
     Llegaron hasta los primeros montes de basura. Avanzaron hasta donde lo habían visto antes. Pero ya no estaba, avanzaron un poco más y nada.  
     -Miren- dijo de pronto Camilo- allí está.
     El loco se escondió apenas los vio. Su ropa estaba bastante sucia pero consiguió muchos cartones más, y una olla vieja. Tenía el pelo largo, casi no se le veían los ojos. Lo rodearon con algunas antorchas de papel que fueron haciendo en el camino, y fue Perico el que tiró la primera piedra, loco de mierda. Todos vieron sus ojos asustados y su pantalón roto, mientras corría. La segunda piedra casi le cae en la espalda, los muchachos ganaron terreno y el loco retrocedió, ya no podría escapar, a menos que saltara por el empedrado.
     Cuando la tercera piedra le cayó en la cabeza, Perico se rió a carcajadas.
     -¡Le di!, ¡le di!- gritó.
     El loco, enfurecido, corrió tras él, recuperando camino, dejando atrás a Conejo y a Camilo, que tampoco tenían ahora por dónde escapar. Pero era a Perico a quien quería agarrar. Como no lo consiguió, volvió atrás y escogió al que estaba más cerca. Conejo corrió y logró escapar, pero Camilo ni lo intentó: el Loco lo agarró fuertemente del brazo. Se sorprendió cuando le preguntó insistentemente si había pan en su casa, lo dejaría solamente si prometía traerle pan.
-Tengo hambre, no quiero piedras, pero si ustedes traen piedras, yo tengo esto, mira- le dijo a Camilo, sacundiéndolo con fuerza y enseñándole un enorme cuchillo.

     Caminando por las calles de El Dorado, preguntándose por su perro, renunciando a buscarlo, Camilo pensó que el loco era un verdadero loco, el verídico loco de El Dorado, tan loco como los demás, como todo el mundo, preocupado por la comida. El hambre no le daba tiempo para sus locuras. Qué loco. Camilo trabajaba y tenía uno que otro centavo, estaba tan acostumbrado a escuchar a su madre quejarse de los precios y decir que no alcanza la plata, la que consigue Juan, la que ganaba ella, la que le daba Elías para agregar al menú alguna fruta.
     Mirando a los vendedores ambulantes persiguiendo a los caminantes, suplicando que les compren, Camilo pensó que tenía suerte en su trabajo. Ultimamente ya eran diez los muchachos que se peleaban los clientes en el grifo. Volvió la mirada hacia las calles otra vez, pensando en su perro. “Dónde andará”, se preguntó mientras se daba con la fachada de un hospital. Tuvo que cruzar al frente por la cantidad de vendedores que le impedían caminar por la acera. Era el mercado de los enfermos. Se vendían vendas y esparadrapos, muletas y hasta sillas de ruedas. Camilo miró sobrecogido a las personas apostadas en la puerta del hospital. Era una cola interminable. 
     Rostros apesadumbrados, arrugados y tristes en una espera infinita. Algunos lloraban, tapándose la boca con pañuelos amarillentos, manchados de sangre. Hombres y mujeres, con niños cargados, pequeños y más grandes. Tosían otros, escupiendo, tratando de ser discretos. Era la enfermedad con su guadaña de dolor y muerte. Algunos se colgaban mensajes en el pecho, mal escritos o ilegibles, manchados y sucios, implorando ayuda por amor de Dios, mendigando una vitamina, un calmante. Camilo no pudo evitar que el dolor se instalara sobre sus espaldas. Avanzó tratando de arrojar de sí ese pesar. Ya en su casa, se sintió tan cansado, todavía le quedaba el susto del cuchillo. Sin embargo, casi sin pensarlo, buscó entre las ollas algo que pudiera calmarle el hambre a ese hombre.

     -Eres un huevón, abusivo y fanfarrón- le dijo Pulga a Perico, después que alguien los separó porque estaban trenzados, golpeándose.
     La discusión fue a propósito del Loco, Pulga se enteró que lo habían apedreado.
     -Y tú también- le dijo a Camilo- no hiciste nada para evitarlo.
     Camilo lo escuchó hablar, con cólera, pensando que tenía razón. Resultaba inútil contarle ahora lo del cuchillo, nadie lo había visto, como no lo vieron llevarle los panes y las papas sancochadas que encontró en su cocina.
     Conejo se rió, hacía tiempo que nadie se fajaba en el barrio. “Buena Pulga”, dijo.
     -Si está loco, es su problema- agregó Pulga-. Acaso no está loco tu viejo cuando se emborracha, acaso no se pone como loco el vecino de la vuelta, y el loco de los números, y la loca Zavaleta, y el abogado.
Perico lo escuchaba sin decir nada. Y Camilo saludó la valentía de su amigo, era pequeño pero lo vio crecer con su actitud. El sentido de las cosas justas no estaba perdido.
     Cuando todos se marcharon, se acercó a Pulga y le dijo “vamos a buscar al Loco, a ver qué ha pasado con él”.
     -En el techo de mi casa hay un colchón de paja- dijo Pulga.
     -¿En el techo?
     -Lo pusieron allí para que seque, estaba mojado y después se olvidaron. ¿Qué tal si se lo llevamos?
     -Buena, Pulga.
     Y caminaron hasta el pasaje que llevaba a su casa. Cuidándose de no pisar los charcos de barro que el terreno accidentado formaba en el suelo, atravesaron un estrecho corredor de adobe y caña, lleno de cordeles y de ropa colgada, recién lavada, húmeda. Era curioso ver que algunos adobes tenían mechones de pasto y raíces.
-Es que todo esto ha sido campo, así me contaron- explicó Pulga- hasta en los cerros se cultivaba antes.
Bajaron el colchón con ayuda de una escalera. Mientras picaba los oyucos, inmóvil con sus largas trenzas, su vestido colorido y su sombrero de paja, una tía de Pulga los miró atenta.
     -La historia es así: primero campo mojado y después chacra, hacienda seca, y ahora callejón ni seco ni mojado- agregó riendo Pulga.
     Regresaron a la calle, cargando entre los dos el colchón. Afuera, Camilo pensó que la casa de Pulga era un lugar extraño, lleno de silencio, a pesar de los niños que no cesaban de llorar, del humo de leña. Y los ojos de las mujeres decían tantas cosas, sin hablar.

     Volver a mudarse, eso tendría que hacer. Hasta cuándo iría de un lugar a otro, en todas partes lo molestaban, “ni siquiera en los basurales se puede estar tranquilo”, pensaba. Ahora había sido el camión de la basura que soltó su carga casi encima de los cartones que le servían de morada, con las justas logró salir, entre la pestilencia y la mierda. “Y antes fueron los niños”. Y esa vez, para que no molesten, les enseñó el cuchillo. Y consiguió asustarlos, menos al que volvía trayéndole papas y pan.
Dio algunos pasos buscando dónde recostarse para decidir qué dirección tomar, quizá un lugar más tranquilo cerca de allí, era cuestión de salir a buscarlo, y eso no le preocupaba tanto como los ratos de angustia que le sobrevenían cuando se preguntaba por el porvenir.
“Ah, saber qué viene después, por dónde discurre la vida”.
Todo era tan ordenado en su mente, pero el desorden mayor venía de afuera. A ratos, podía hasta enumerar las funciones de su cerebro, pero ¿para que servía? Quizá era apenas una proyección fantasiosa y complaciente para aplacar la sensación de que estaba solo y en un basural, con los pelos crecidos y sucio.
Los niños vinieron otra vez, cargando con dificultad un colchón, arrastrándolo sobre sus hombros. ¿Y ahora qué querían?
¡Fuera!, ¡fuera!”.
Uno le dijo: “somos tus amigos, traemos esto para que duermas, no te molestes”.
El sonrió bajo su barba murmurando “está bien, está bien, ahora quiero agua”.
     Camilo miró a Pulga sin saber qué decir. Pulga comentó “este está loco, agua no hay ni para los platos”. El hombre lo escuchó asombrado, y de un salto lo cogió por los pelos, diciéndole:
     -Loco será tu padre que te trajo a este mundo sin saber cómo ni porqué. Yo tengo mi nombre, soy el Innombrable.
 8


     La humedad bajo el sol de El Dorado, como un baño de vapor, aturde a los ciudadanos que caminan sobre los losetones, recientemente inaugurados en las calles céntricas. La campaña de preservación de los vestigios coloniales, de las viejas calles y especialmente de los balcones virreinales, a pocos importa las historias jactanciosas que los funcionarios del gobierno promueven para enorgullecer a los ciudadanos: la desocupación y los empleos precarios atenazan sus vidas. A horas de la tarde, entre la iglesia a medio construir y los bazares más concurridos, la gente colma las calles, mirando con desgano los letreros luminosos, sospechando del que se acerca más o del que silba.
     En el tumulto apelotonado de los autos, transpirando el mismo monóxido, con sus rostros más expresivos, los pasajeros se empujan unos a otros, como animales de carga. “Qué vamos a hacer”, dicen algunos. Los camiones de transporte ruedan dando tumbos por las calles.

     No es que estuviera pensando en la muerte pero mirando su piel bronceada y seca, Hortensia andaba ensimismada y a la vez decidida a vivir sin preocuparse de Juan. Ya ni siquiera conversaban, ni siquiera discutían. Todos los días ella lo veía levantarse, enfundarse en su overol azul, lavarse siguiendo la misma rutina, después irse apurado, con su taza de café y un pan con mantequilla en la barriga, cerrando la puerta, sin un beso de despedida. Quería preguntarle a qué hora regresaría para esperarlo con los frijoles guisados que le gustaban, pero temía su mirada fría y huraña. Sólo se reía cuando volvía bebido a casa. Entonces, se burlaba de su propia obsecuencia, y hacían el amor. Pero al otro día no se acordaba. En los estragos del licor, hacía inventarios, ajustes de los gastos de la comida, o indicaciones que daba respecto a los niños, y que ella no cumplía.
     El silencio ganó espacio entre los dos. Ella lloraba de espaldas cuando llegaba por las noches, tan ausente como en el día. Cumplían sus trabajos, él sabe Dios pensando qué y ella en el mercado, trabajando en su puesto. No había más porvenir que seguir en la horca que se ajustaba más y más.
     “Si no fuera por los chicos”, pensaba ella. Había sido todo tan fácil cuando eran solteros, entró al corazón de Juan, a su fuerza de hombre, con una sonrisa, con un perfil risueño, con el color de sus faldas, con la ardiente mirada de una mujer resuelta a amar.
     ¿Dónde quedaron esos sentimientos? ¿Dónde estaba Juan ahora­? ¿Dónde estaba ella? Sola, delante de la tarde, se preguntaba adónde los conducía la zozobra. ¿Adónde la conducía el cariño amañado que ponía en funcionamiento para persuadir a los clientes?  En este mundo de castigo y pena, los hijos son una ancla, pensaba. Un día se irían por la misma puerta que tomaban ellos para ir a trabajar. Por lo pronto, desde que ganaba sus pocos centavos, Camilo no quería ni que se le acercara con su abrazo tierno y maternal. Cumplía con su beso de despedida, pero una lucecilla maligna o perversa, juvenil y extraña, aparecía en sus ojos, después de poner una bolsa de víveres en la mesa. Era una señal.

     -No has querido crecer. En este mundo, tanto tienes tanto puedes. Ni siquiera tienes una casa decente. Ese Juan, ese Juan- murmuró la madre de Hortensia.
      De una manera o de otra, buscaba el mismo tema, cuando se encontraba con su hija en el mercado.
     -Qué quieres que haga, mamá- contestaba ella-. ¿Cómo están las hermanas?
     Su madre insistía. Seguiría llenándose de hijos, no daría nunca un solo paso hacia los adelantos de la electricidad y todo cuanto significaba. No tenía nada en contra de Juan, de ninguna manera. Le parecía simpático y discreto, un caballero en bruto. Pero no tenía aspiraciones, era un conformista.
     -¿Porqué no quiere trabajar con José? Nos hemos quedado pasmados, mejor oportunidad no va a encontrar. Pobre, encima orgulloso, es el colmo.
     Hortensia miró a su madre en silencio.
     -Cómo progresa José, a Lurdes se le ve contenta, y cómo no, le ha comprado su juego de muebles, tú no has visto el tocacintas que le compró, con lucecitas, y sale una música que te caes de espaldas.
     -Me alegra, mamá- dijo Hortensia-. Dicen que van a poner alumbrado público en La Candela, después vendrá la corriente para las casas.
     -La Candela es tu infierno, hija- dijo la señora-. Nunca vas a tener nada, Hortensia. Mira, Lurdes está a cargo de un taller de costura. Cierto que ella no se cose ni el calzón, pero tiene una comadre Chana que trabaja en ropa de señoras. Esta Chana está en todo, tiene unas operarias lindísimas, saben de costura como si fueran máquinas. ¿Porqué no vienes a trabajar con Lurdes?   
     -No, yo no soy máquina, y de coser menos. En mi casa cada uno se parcha y se remienda, eso les enseñó Juan a todos sus hijos. Puedo vender la ropa que hacen, la cuelgo en el puesto para que la vean todos, y listo. Yo la conozco a Lurdes, pobres operarias.
     -Zonza, éste es un taller para clientes, qué ropa les vas a vender, trabajan a pedido- dijo la señora, arreglándose el mechón de cabello que le caía en la frente-. ¿Hasta cuándo vas a trabajar en el mercado? Y en un puesto que ni siquiera es tuyo, obstinada en la nada, como tu marido, pobre diablo y obstinado en la nada.
     -No creas- le dijo ella, sonriendo.
     La madre vio una sombra de malicia en sus palabras, pero se repuso y dijo:
     -Tú eres la única que anda hasta las patas, mira a tus hermanas, todas están acomodándose.
     Hortensia la miró sin cólera, sin ninguna gana de discutir aquello que Juan llamaba “la increíble vocación por encontrar donde poner el culo”. Y sólo se rió. Su madre, suspirando, de buena gana metió la mano en su cartera.
     -Toma, cómprale algo a tus chicos- le dijo, escondiéndole en la mano un billete doblado. “No”, dijo Hortensia, pero la señora insistió, acercándole la cara para despedirse. Aún Hortensia le preguntó por su padre. “¿Cuándo vas a verlo? anda mal de la gripe”, dijo la madre, ocultando que a veces le veía el ojo demasiado gris y, quién sabe, no iba a durar mucho. “Harías bien visitándolo, nosotros no te hemos hecho nada, tampoco a Juan. No sé de dónde le sale el orgullo, pero bueno, ya nos vemos”.

     Hortensia miró con ansiedad el billete que su madre había puesto en sus manos. “Es uno de cien”, suspiró. Ese día no vendió nada en el puesto y ya no había nada en la caja donde guardaba los víveres. No sabía qué le daba pedirle a Elías, cuando Juan le decía que no tenía nada, por lo menos hasta el quince.
Dio media vuelta y fue hasta el puesto de carne, después de detenerse brevemente, siguió hasta los puestos de pollo, también estaban caros. No le quedó más que comprar algo de verduras y un pedazo de pescado. “Digan lo que digan, el pescado tiene mucho fósforo, y el fósforo lo enciende a uno”, pensó recibiendo el pescado, envuelto en papel periódico. Se decía que el pescado era portador de muchas enfermedades, que se alimentaba en los acantilados donde desembocan desagues y aguas negras. A los pescadores no les permitían vender en el centro de la ciudad, a menos que demostraran la buena salud de sus pescados. Pero a Hortensia le gustaba frito, como chicharrón, crudo con limones, salado en chupe, saltado con arroz, sudado con cebollas, de todos los modos.
     Ya en su casa, decidió hacer una sopa. Cortó el pescado en trozos y los echó a la olla rebosante de agua hirviendo, agregó verduras picadas y un poco de sal,    algo de perejil y orégano para darle sabor, y cuidando que no se apague el fogón, se preguntó si la vida de una mujer termina al lado de un marido, llena de hijos, resolviendo problemas de cocina, mirando al cielo para no ver la tierra, sin otra esperanza que morir con el día presente. En esos días, buscaban a Juan unos amigos que ella no conocía, le llevaban pequeños paquetes que él escondía celosamente.   
     -Son libros- le dijo- libros prohibidos, conocimientos para los obreros. He conocido obreros muy preparados. No digas nada, parece que la revolución es una ciencia.
     Le dijo algunas cosas más que no entendió, parecía religión obrera, algo así. Juan hablaba de la transformación de la sociedad, como los predicadores se referían al juicio final, poniéndose muy serio. Hasta que ella le preguntaba por los gastos de la comida.
     -Sólo piensas en comer- replicaba él.
     -En qué voy a pensar, en esta casa los muchachos tienen hambre- decía ella.
Agitada por la necesidad, frenando palabras muy duras, se preguntaba por qué el hambre de su mesa le impedía gritar- sin bordear el llanto o la violencia- que ella tampoco sabía porqué el mundo era tan injusto.

     Terminó de cocinar, se secó las manos en el delantal que usaba siempre, y se acercó hasta la ventana, para ver si andaban cerca sus hijos. No, no estaban. Volvió al fogón, sin saber si debía servir la comida. De pronto, alguien tocó la puerta con tres golpes precisos. Le entró un poco de miedo, "así se anuncian las malas noticias", pensó. Esperó brevemente, y haciendo a un lado los pensamientos oscuros, dio frente al umbral y abrió la puerta. Era Elías.
     -Adivina- le dijo, sonriendo de oreja a oreja.
     Ella no salía de su asombro. El no entraba a la casa dando esos golpes, lleno de confianza.
     -Conseguí trabajo en la compañía- dijo Elías, sonriente y feliz.
     -¿En la mina?- preguntó ella abiertamente. 
     -No, en las oficinas del centro- dijo él, orgulloso y satisfecho.
     Ella se quedó pensando. Era la más cara aspiración para muchos en El Dorado. Los sueldos eran muy altos si se les comparaba con los de los demás trabajadores de la ciudad. Y ni hablar de los vendedores que deambulaban por las calles ofreciendo caramelos, o los que tenían un puesto, como ella. Todos querían trabajar en las compañías, a pesar de los horarios extenuantes y alternos, a pesar de la terrible competencia que se desataba entre el personal.
      -!Te felicito Elías!- le dijo Hortensia, emocionada.
Y lo abrazó con tanta fuerza que casi se caen. El, desconcertado, le besó las mejillas, a uno y otro lado. Ella sonrió tratando de ocultar el rubor que le subió desde la planta de los pies. Elías estaba muy contento, no quería soltarla. Por fin, cuando se dio cuenta que estaba sudando, él dijo “esto hay que celebrarlo”.
     Afuera, ya no estuvo tan seguro de lo que estaba haciendo. El trabajo que encontró le venía como anillo al dedo, pero no era para tanto si era encargado de la limpieza. "Algo es algo, y uno puede comenzar así y terminar de jefe en la ciudad de las oportunidades". Había tenido tantos trabajos desde que llegó a El Dorado, marcado por las decepciones, veía con indiferencia el egoísmo. Y no entendía cómo podían desdeñar algunos su disposición por el trabajo. Trabajar en la compañía era el fin de una etapa dura, amarga y desolada. “En esta ciudad, -pensaba- sin dinero no se es nada”. Era una buena razón para estar contento. Por eso, mirando distraídamente la colección de botellas en el estante, los precios y los colores surtidos, a la hija de Don Julio que despachaba desde el otro lado del mostrador, le dijo a secas:
     -Dame una cerveza.

     La noche, con su negro crespón, entró a la casa. Hortensia buscó velas, las encendió y las puso en la mesa. En cualquier momento volvería Elías.
“Es bueno estar cerca de gente contenta” pensó.
Era el premio a su carácter acomedido, mejor no decirle nada a Juan, él siempre hablaba mal de las compañías. Que se llevaban las riquezas de El Dorado, decía. ¿Qué pensaría ahora que su hermano trabajaría para ellos? Mejor no decirle nada, total: nunca preguntaba por él y aunque sabía que colaboraba con los gastos de la casa, tampoco estaba contento con eso. Al poco rato, empujando la puerta, entró Elías con su botella de cerveza y unos paquetes de galletas.
-Para los muchachos- dijo.
     Susurrando una canción conocida, se sentó frente a Hortensia. 
     La luz titilante de las velas salpicaba sus rostros cobrizos. El se levantó para traer un par de vasos. “Cómo es la vida, sin mucho esfuerzo y casi sin darse cuenta está haciéndose un futuro”, pensó ella. El sirvió dos vasos rebosantes del líquido amarillento que contenía la botella, y levantándolos dijeron salud. Mientras Hortensia bebía, él sonrió y miró las sombras que la escasa luz dibujaba sobre su rostro. Después, carraspeando un poco, tomándole la mano, confesó que ella lo había apoyado y que estaba agradecido.
En ese momento, con sus latas en la mano, entró Camilo.
-Buenas noches- dijo, impávido, delante de los dos.

     Dejó las latas y los trapos en el rincón donde los ponía siempre, y salió a la calle, hundiéndose en la noche, con las manos en los bolsillos y una presión en el pecho. Afuera, poco más allá, alumbrados con lamparines de kerosene, los albañiles del tercer turno avanzaban la construcción de la casa de Camacho, cargando pesadas bolsas de cemento en los hombros, trasladando ladrillos de un lado a otro, preparando andamios, seguros que la jornada se desarrollaría sin tropiezos, como todas estas noches.

9


     También para los obreros de la fábrica donde trabajaba Juan los días eran dificiles. Vivían ajustados a salarios que no llegaban a pagar sus mesas, ni hablar de otros gastos, y de una que otra cerveza. Quién sabe de dónde sale la plata cuando se necesita una cerveza. La pobreza obliga, y a veces llega a órbitas desafiantes para el estomago, con el alcohol o el ron. “Algo hay que echarle al caldero cuando nada agita la llama que enciende la luz, salud”. Después del desprestigio cantinero, salían solos o en grupos, llenando la vereda con sus pasos torpes, zigzagueando en la vereda para llegar sin tropiezos a sus casas.
     Los borrachos “del día siguiente”, como les llamaban, podían morir en las pistas, atropellados, por camiones fugaces. Juan había visto sus cuerpos aplastados, mientras él mismo venía dando traspiés, y con profunda tristeza se propuso no tomar. No era la muerte lo que temía, sino el desperdicio de la vida. Hombres hábiles para la existencia, caían bajo las ruedas del alcohol y después de los automóviles. “Tan temprano decepcionados”, pensaba.
     Allí están, en los cientos, en las miles de cantinas de El Dorado, conservándose en alcohol, ayudándose a soñar, ahogando de vaso en vaso sus desilusiones. Sentado en la misma cantina, escuchaba con pesar la satisfacción vacía del que invitaba las cervezas, el triunfalismo barato del último éxito deportivo, la fanfarrea sexual de los impotentes. Abrumado por el absurdo, iba hasta el baño y se provocaba el vómito. De regreso a la mesa, decía en voz alta, para que todos lo escuchen:
     -Necesitamos una brújula, o por lo menos una flecha que nos diga adónde es bueno.
     Al día siguiente debían ser puntuales en el trabajo, sino no los admitían, les descontaban dos días: el que faltaron y el dominical, derecho al descanso pagado que, como tantos otros derechos, se conquistó después de marchas, enfrentamientos, heridos y muertos. Con dos días impagos, era más grande el problema de los alimentos.
     Por eso, calabaza, calabaza.

     Juan llegó a su casa atravesando la noche como una sombra. Dormía menos cada día, nunca soñaba y a esa hora oscura tantas ideas turbias cruzaban su cabeza: imágenes donde los personajes arreglaban sus problemas con ayuda de cuchillos, o de hachas, como la de Huantarí que todavía guardaba. Las emociones maduraban apresuradamente y la muerte reemplazaba a la agonía Eran pensamientos de borracho, pero recorrían sus entrañas y estremecía sus noches. Sabía dónde encontraría el hacha. Pero acaso a esa hora Hortensia pensaba lo mismo, esperándolo con el cuchillo convenientemente afilado, para atravesárselo mientras dormía el profundo sueño de los borrachos.
     Eran ideas sin más fundamento que el enorme vacío que apareció en su vida y que lo alejaba día a día de su familia. Juan criticaba con cordialidad las preocupaciones simples de Hortensia, le impedían ver la situación, no la dejaban salir de los tropiezos que tenía con él. Ella no lo dejaba hablar. "Nunca comprenderás qué son los hijos", le decía.

     Ernesto lo alcanzó en la calle y le dio una palmada por la espalda, poco después que él traspuso el portón de la fábrica.
     -Oiga- le dijo- está muy apurado, dónde se va.
     -No estoy apurado, no voy a ninguna parte- dijo Juan.
     Era el hombre de la sonrisa. Juan había tratado de leer los libros que le prestó envueltos discretamente en papel de despacho, para que no se vean las carátulas. Allí encontró frases elocuentes que justificaban las luchas de los pueblos, reseñas históricas que explicaban los cambios, teorías increíbles sobre la evolución del hombre. Pero eso lo sabía él, por intuición o por que se lo dictaba la sangre. Sabía que un día, cansados de vivir como animales, los hombres se levantarían y convertirían el mundo en su legítimo hogar.
     -Ese día empieza hoy- dijo Ernesto, poniéndose serio y dándole la mano-. Vamos a la Fraternidad, allí conversaremos.
     -¿La Fraternidad?
     -Así es. Pero, señor mío, no puede usted andar llamando la atención con esas ojotas. En la gran ciudad, hay que cuidar los pies y la cabeza.
     -Ah, también usted- dijo Juan, rascándose la frente-. Me duelen los pies con los zapatos, no es por nada, prefiero mis ojotas.
     -Mire amigo, la libertad que procuramos los hombres de avanzada está sujeta a ciertas reglas, a una disciplina, aunque nos duela. ¿Porqué se empecina? Casi nadie usa ojotas en El Dorado. ¿Le está entrando el anarquismo por los pies?
     -¿El anarquismo?- preguntó Juan, sonriendo pero desconcertado por las palabras de Ernesto.
-Claro, los anarquistas tratan de imponer en el movimiento obrero una línea autodestructiva. Culpan al adelanto industrial por la ruina de los trabajadores, desearían acabar con las máquinas y dedicarse al trabajo artesanal. Esa es una tesis oscura que esconde el pesimismo. La industria no puede ser nuestra enemiga. No quieren ver la salida a esta situación de pobreza. Sin embargo, los dirigentes del anarquismo viven rodeados de comodidades, reciben apoyo internacional. A los poderosos del mundo les conviene esta propuesta: hay que descoyuntar el movimiento obrero, que la unidad de los trabajadores sea cada día más difícil, que el desencanto se apodere de sus conciencias. Igual es con la tesis de las razas, levantan a los descendientes de los indios como los llamados a
transformar el mundo, volviendo a sus formas primarias y naturales, siempre que renuncien al legado cultural de los blancos. Eso es imposible.
     Juan lo miró.
     -Yo estoy de acuerdo con eso- confesó, tímidamente.
     -Son teorías trasnochadas- dijo Ernesto-. Este país es muy antiguo, el mundo es antiguo, hace tiempo que nos mezclamos todos con todos, por un lado, y por otro, también hay blancos pobres. No podemos medir el problema por el color de la piel. Esa lacra se llama racismo. El problema principal en todo el mundo es el gobierno. Sean blancos, negros o indios, ¿quiénes gobiernan el mundo? En El Dorado, los empresarios internacionales, a precio de huevo compran nuestro trabajo y nuestras riquezas. Después nos las venden embotelladas o en cápsulas, a precio maravilla.
     Caminaron en silencio hasta la tienda donde Ernesto le invitó una agua mineral. Apoyados en el mostrador, se miraron a los ojos. Juan estaba seguro que le leía los pensamientos. De pronto, Ernesto le preguntó cuántas veces había querido matar a su mujer, a sus hijos, empezar una nueva vida, aunque tuviera las manos llenas de sangre. Juan trató de esconder la mirada, esto era demasiado. ¿Entonces se podía leer la mente de la gente mirándola a los ojos? A lo mejor sus pies casi descalzos lo delataban. Era cierto, lo había pensado, y es que los quería con el alma. ¿No llegaba a veces a su casa con el corazón y un pollo frito en las manos?
     -Para que te perdonen las malas ganas- dijo Ernesto.
     Indignado y molesto, Juan le preguntó si estaba borracho.
     -Borracho de la emoción, amigo- dijo, calmando su ira-. Estamos hartos de este mundo de miseria, sospechamos hasta de nuestras sombras. Los pensamientos de los explotados se reflejan sobre nuestras espaldas. El Estado construye El Dorado moderno, prohibido para los pobres, ellos pueden seguir en la edad de piedra, en el hueco más profundo de la tierra. Sin embargo, los trabajadores nacemos con un martillo en la mano, decididos a tomar el cielo por asalto. Voy a invitarte a la Fraternidad. Allí comprenderás mejor lo que estoy diciendo.

     -Sí, ahora mismo- agregó Ernesto, resuelto ante las dudas de Juan-. Tenemos una asamblea. Tienes que venir conmigo, tú eres un trabajador de base y nos interesa la participación de nuevos elementos.
     Caminaron muchas cuadras, dando vueltas y vueltas por las calles grises de El Dorado. “Para despistar a los soplones”, le explicó Ernesto. Por fin, entraron a una vieja casona de adobe y quincha, en el centro de la ciudad, en el barrio más antiguo. Pasando el portón de la fachada, el olor a madera húmeda les penetró por todos los poros. Llegaron a un patio grande, con muchas puertas alrededor, eran oficinas, casi todas cerradas. En la parte superior de un umbral, se leía la lema de la Fraternidad de Obreros en un letrero con letras de colores,: "El Trabajo dignifica al Hombre". Pero las lluvias tropicales del verano, a través de las grietas del segundo piso, llegaron hasta el letrero y lo enmohecieron con líneas caprichosas y sucias. Adentro, sobre otra puerta, Juan leyó otro letrero: "Vive libre o muere".
     Algunos ancianos sentados junto a la puerta lo miraron con ojos cansados. Eran jubilados que solían ir al local obrero a jugar damas, pero el sueño los ganaba mientras jugaban. Parecía que Ernesto era muy conocido allí, lo saludaban todos los que pasaban. Llegaron por fin a una puerta más grande. Al otro lado, un espeso humo de cigarros caldeaba el ambiente. Era el salón de actos de la Fraternidad y todas las butacas estaban ocupadas, pero la mayoría de asistentes, de pie, apiñados en los bordes del salón, hablaban a la vez, vociferando, levantando los puños y acusando a los que dirigían la asamblea desde una mesa y con una campanilla.
     Ernesto lo tomó del brazo y lo llevó a una esquina.
-Pon atención- le dijo- tú eres de la base de vidrios.
Y se escurrió entre la multitud. Juan trató de serenarse en medio de la tempestad de gritos y abucheos, buscando un lugar donde seguir el hilo de los acontecimientos. Pero todos hablaban a la vez, la campanilla no cesaba de sonar y era muy difícil atender como le recomendó Ernesto.
     La Fraternidad de Obreros era la más antigua organización de trabajadores de esta ciudad, quizá la única. Había resistido todos los ataques de los gobiernos militares y tenía una historia de luchas combativas, con numerosos mártires y más de un héroe anónimo. De manera que los estatutos de la Fraternidad establecían como principio que cualquier diálogo con los gobernantes era postergación del encuentro decisivo que inevitablemente sostendrían un día las masas humildes contra las fuerzas que sostienen a los poderosos.
     Después de la muerte del fundador, un eminente intelectual, a lo largo de los años, en la Fraternidad aparecieron diversas tendencias y desviaciones, todas se reclamaban legítimos herederos del fundador, disputándose definiciones y principios. Mientras tanto, llegaban a acuerdos con los patrones, exigiendo aumentos salariales y mejores condiciones laborales, pero nunca el conjunto de riquezas que beneficiaba a las compañías y a unos cuantos.    
En general, las juntas directivas preferían promover los campeonatos de fútbol entre los sindicalistas, las rifas, los bingos y las fiestas sociales para propiciar un clima fraterno en los asociados, un ambiente de amistad y de armonía, preservando las fuerzas que un día se requerirían. Sin embargo, los líos entre los “fraternos” y los llamados “divisionistas” surgían en todo momento, a causa de la desconfianza de los trabajadores de base, por la escasa energía de la junta directiva frente a la situación de hambre y desocupación que dominaba el país.
Además, se sospechaba que algunos dirigentes pertenecían al cuerpo de soplones que el gobierno infiltraba secretamente en todos los organismos para neutralizar sus demandas. La situación llegó a límites extremos ante la convocatoria del gobierno para participar en un nuevo pacto social. Presionada por sus bases, la Fraternidad llamó a una asamblea extraordinaria que en sucesivas jornadas de intensa discusión no consiguió ordenar las diferentes opiniones.
     ”¿A quién favorece este desorden?”, se preguntó Juan.

     Una música de maracas y trompetas entró por los ventanales. Después, cesó violentamente. Sus últimos compases todavía resonaron en los pasillos del viejo local de los obreros. El secretario general dirigía personalmente el debate, se levantó y dijo gravemente: “le estamos haciendo un favor al gobierno con este desorden, compañeros”. Todo el público calló y Juan regocijado por la coincidencia de sus pensamientos aplaudió vivamente, gritando “¡eso es, a los poderosos les conviene el caos!”. Todos los asistentes lo miraron y él un poco azorado cruzó los brazos y puso su atención en la mesa directiva. Los ánimos se calmaron. Hasta los ladridos de algún perro callejero se escucharon cuando el secretario dijo que la asamblea tenía por finalidad armonizar los criterios de las fuerzas vivas del país, para saber qué rumbo tomar y sobre todo bajo qué condiciones laborales.
     En aquel momento, la situación del gobierno era bastante crítica, tenía la presión de los grupos extranjeros que exigían amplias facilidades y garantías para la explotación de los yacimientos cupríferos que cada diez o quince días se descubrían, ratificando la sospecha de que El Dorado era un mendigo sentado en la superficie de la tierra sobre un banco de oro bajo el subsuelo. Además, los grupos de mineros nacionales también querían participar en la explotación de las nuevas riquezas, a pesar que por todos los medios se les impedía.
     La presión más importante, sin embargo, era la de las multitudes que en una atmósfera de gran tensión social expresaban su malestar, de un modo o de otro. En el campo, se levantaban miles de campesinos abandonados a su suerte por las políticas económicas que priorizaban la producción minera o la venta de los productos manufacturados con el metal que se explotaba en El Dorado y que retornaba al país bajo la forma de aparatos domésticos, radios y toda clase de máquinas semindustriales.
     Ya entonces la Sociedad Nacional de Empresarios Mineros había logrado convertirse en partido, con el ingeniero Secada a la cabeza. Utilizando recursos insólitos, aliándose con los pequeños empresarios, los pequeños industriales y vendedores de menor riesgo financiero, prometiendo que su gobierno serviría a los más pobres, el ingeniero Secada llegó a la presidencia de El Dorado.
     Pero en Palacio de Gobierno también gobernaban los militares que, tanto tiempo en el poder, afirmaban que solamente a sangre y fuego podían contenerse las demandas del pueblo. Por eso la política de represión no se interrumpió un solo día, aunque el gobierno de Secada propuso la Asamblea Nacional como fórmula para conciliar los ánimos de la población. Se interesaron particularmente en la participación de los organismos populares. Invitaron a las asociaciones de pequeños comerciantes, así como a los representantes de las numerosas sectas y doctrinas religiosas que crecían descomunalmente en la ciudad. Sin duda, la presencia más apetecida era la Fraternidad de Obreros que nominalmente representaba a los trabajadores de todas las fábricas, al sector más humilde y decidido.

     Juan se refregó el cuello. El dirigente que presidía la mesa hablaba y hablaba y no decía qué iban a hacer, si participaban o no en el pacto que proponía el gobierno. Las voces fueron apareciendo otra vez, interrumpiendo al dirigente, pero a punta de campanillazos él detenía el desorden. De pronto, algunos grupos vocearon: "!votación! !votación!”. Juan identificó a Ernesto entre los que agitaban a viva voz y quiso llegar hasta su ubicación, ya que había venido con él. En el fragor de la discusión, la multitud compacta de trabajadores con sus voces alteradas, pifiando y gritando, no lo dejaron moverse. La mesa directiva se levantó como una flecha y aplaudió. Juan no se dio cuenta en qué momento muchos se pusieron a aplaudir, mientras él pensaba en la forma de llegar hasta Ernesto. Parecía que el problema se había solucionado. Pero él no aplaudió porque sabía que de la votación de tantos y de cuantos no necesariamente resulta la razón.

     -Muchos quieren pactar en esta asamblea de conciliación, llevados por los puntos de vista de los dirigentes. La mayoría no quiere participar en estos engendros, veo que usted tampoco- le dijo uno que estaba junto a él.
     Juan sonrió.
     -Hay un cuarto intermedio, después viene la votación, le invito un café- dijo el otro.

     -Usted pensará que soy un anarquista- dijo, sorbiendo el café-. No, compañero. Esta discusión es una patraña más de los grandes poderosos y dueños de este país. Ya va a verlo, votarán, levantarán la manito y, dueños también de nuestros votos nos dirán ustedes participaron. ¿Cuántas veces nos han entintado el dedo para decir que nosotros los elegimos? ¿Quiere que le diga una cosa? El único camino para la transformación de El Dorado es la organización del pueblo en armas, eso es, la única, amigo.
     Juan lo miró con sobresalto, no sabía que en la Fraternidad de Obreros había posiciones con tal propuesta.
     -No, no. Aquí nadie propone nada que no esté de acuerdo con la mesa directiva, corre el riesgo de ser tildado de liquidador, de anarquista, de divisionista.
     Juan lo miró otra vez.
     -Además, está equivocado si cree que de esta vieja casona saldrá una propuesta en este sentido- continuó el otro-. Las luchas de los pueblos hablan solas, y ellas se libran en las calles, en el campo. Principalmente, en el campo. En este momento el campesinado, harto de tanta marginación y olvido, se ha organizado en un movimiento tan grande como ignorado por los periódicos, por las radios.
     Era cierto, del campo no se sabía nada.
     -Bueno, ya sabemos a quiénes pertenecen esos medios. Y no es que desconozcan los hechos sino que no les da la gana de decir la verdad, no les conviene. En las montañas de El Dorado, en las puntas mismas del país, como en un volcán, cada vez más, con creciente fuerza, viene desarrollándose un nuevo pensamiento, la energía capaz de barrer el basural de este país.
     Juan no sabía qué decir.
     -Estamos divididos. Escoja usted entre lo viejo y lo nuevo. Ya llegará la hora de las acciones en la ciudad- agregó el otro, mirando a uno y otro lado-. ¿Cómo llegó aquí? No lo he visto antes.
     -No, vine con un amigo, la verdad que primera vez que vengo.
     -Mmm, yo vengo a veces por acá... ¿Cómo se llama?- preguntó el desconocido.
     -¿Yo? Juan- contestó Juan.
     -No, no, el que lo trajo.
     -Ah, Ernesto, uno que anda con un maletín.
-Ernesto- repitió el otro, poniéndose serio- lo conocemos.
Se levantó de la mesa. Y se fue. Todavía volteó para darle la mano y decirle que estaba pagado el café. Solo en la mesa, recién se dio cuenta que por todos lados en el cafetín había grupos hablando en voz alta, en medio de una nube de humo, tomando café o alguna bebida. El ambiente era pequeño, lleno de mesas y sillas de paja. Una radio emitía música folclórica. Iba a acercarse al mostrador a pedir otro café, mientras buscaba con la mirada a Ernesto, aunque no estaba seguro para qué, ¿para que le explique todo el enredo o simplemente para estar en su compañía? Pero se le acercó alguien con un talonario en la mano. Era un trabajador pidiéndole que le compre una rifa.
     -Es el aniversario de nuestro sindicato, haremos una fiesta y, tú sabes, con lo caro que está todo, una colaboración, compañero.
     Juan recordó que los dueños de las fábricas se oponían a la creación de sindicatos, ahora los apoyaban, sobretodo si se convertían en clubes sociales. Le compró un boleto diciéndole “¿qué clase de sindicalismo es éste?”. El otro sonrió y se fue. A lo lejos, escuchó la campanilla llamando a reiniciar la asamblea. Todos se levantaron y desocuparon el café. El se quedó en la mesa, pensando en las palabras del desconocido.
     Al poco rato, se levantó y salió del café. Dio una mirada a la puerta por donde todos regresaban a la reunión, y siguió de largo buscando la calle. Después de atravesar el portón, se encontró con el cielo violáceo del atardecer.





               

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