RETABLO EL DORADO. Capítulos 4,5,6

4


     El asunto de lo conocido y de lo que le faltaba conocer era importante para Camilo. Vagando por las calles o comprando víveres en mercados lejanos para llevarlos a su casa, no resolvía el problema. Principalmente las situaciones nuevas, su efecto desordenador y desconcertante, le producían un alevoso instante de temor. Uno avanza en la vida, pensaba, cargando sus experiencias y está seguro que le servirán para entender las cosas. Pero no sirven. No sirven para conocer la realidad, la verdadera realidad siempre está moviéndose. Y no queda más que seguir aprendiendo si uno quiere avanzar.
     Pero ¿dónde se puede aprender la vida? Las situaciones nuevas entran por todos los poros de la conciencia y arrasan las conclusiones construidas con tanto esfuerzo. En esto el colegio no servía mucho. Y en varias ocasiones, en el barrio, con sus amigos, o en el colegio entre sus compañeros, la opinión diferente sobre una misma verdad los llevó hasta los puños: ser bueno para unos, puede ser malo para otros.
     A lo mejor los héroes fueron traidores, la buena conducta un tonto conformismo y la verdad una mentira redonda. Y cuando los profesores enseñan historia ¿para qué lado inclinan su balanza? ¿y las guerras no son el encuentro de dos verdades? Sin duda, la más fuerte es la que triunfa, imponiendo la memoria de sus héroes. ¿Y quiénes son los héroes de El Dorado? Si todo está construido según la ley del más fuerte, ¿porqué hay que preservar el orden y la paz? Y qué es el amor ¿una propaganda en los periódicos, una fantasía para dos, un corazón duplicado?
     Con el uniforme gris que caracteriza a los estudiantes de la escuelita pública, todos los días tomaba el camino que descendía hasta el local comunal donde funcionaba el colegio. Era un terreno grande y cercado con esteras de caña y bambú. Estaba rodeado de casas a medio construir de los vecinos más antiguos. Desde los primeros días de la invasión ellos promovieron la escuela. “Para que nuestros hijos no sean brutos, como nosotros hemos sido”, dijeron entonces. Pronto las chozas que servían de aulas fueron aumentando de una en una, hasta que pidieron la participación de las autoridades de la educación. Ellos pusieron algunas condiciones, la principal fue que los padres de familia pagaran una matrícula, después que se reunieran en una asociación para respaldar la gestión del director y que el colegio llevara el nombre del Contralmirante Vargas, un héroe conocido por sus hazañas en la guerra de la independencia. En La Candela casi nadie sabía quién era el héroe ni en qué entierro lo velaron.
     Los padres reunidos en una asamblea decidieron que el colegio llevara el nombre de uno de los caídos en la invasión, pero el director que enviaron las autoridades les informó a los padres que si querían que el colegio tuviera el apoyo del Estado, tanto los alumnos como los padres debían sujetarse a las disposiciones del Ministerio.
     La mañana siguiente los niños se enteraron que su colegio se llamaba “Contralmirante Vargas 637”. Al poco tiempo se construyeron aulas de ladrillo y cemento, y muy cerca también varias tiendas de materiales educativos que fueron seguidas por otras de alimentos y después de ropas. Finalmente, al costado del colegio apareció el mercado, flanqueado en la puerta por un centenar de vendedores con carromatos de dos ruedas, con toldos y sombrillas de todos los colores para evitar que el sol cayera como comba en sus mercaderías.
     En el mapa colgado en la pared, entre los gritos de los vendedores y los rayos de sol filtrándose por las calaminas, Camilo aprendió a localizar en el mundo su ciudad, su país. Los profesores, con una vara en la mano, trataban por todos los medios de imponer orden y silencio para que los alumnos atiendan debidamente sus lecciones. Por el barullo constante que venía del mercado con los gritos de los vendedores, los mendigos que suplicaban a viva voz una monedita por amor de Dios y los predicadores que exigían un decidido arrepentimiento, las jornadas escolares estaban cargadas de una bulliciosa desolación.
     El director se vio obligado a expulsar del colegio a los alumnos incorregibles. Y si los padres sostenían a los hijos sólo mientras estudiaban, "a los expulsados les queda el horizonte", pensó Camilo. Seguro que lo preferían a las clases de religión donde Dios era un viejito barbón y su hijo un vagabundo clavado en una cruz, la matemática un cálculo de números imposibles y la historia las proezas de héroes remotos que no lograba imaginar o imaginaba de puro aburrimiento, para atenuar su ansiedad por salir, aunque sea para encontrarse con la braza del sol, lo que durara un respiro, lo que durara un suspiro, lo que durara el recreo.

     Como tantos, los profesores vivían en condiciones muy apremiantes. Usaban el terno azul que día a día se generalizaba en los puestos oficiales de El Dorado, aunque apenas ocultara los puños gastados, los cuellos deshilachados, los zapatos remendados y empolvados en los arenales que cruzaban para llegar a los colegios. Cantaban la canción del deber, firmes, inalterables ante la magra luz de los lunes. Los años sin perspectiva doblegaron sus vocaciones juveniles, convirtiendo sus memorias en ficheros mecánicos de nombres y fechas. Atendían a la defensiva su cotidiano encuentro con los alumnos, apoyándose en una moral que reprimía la búsqueda de razones.
     Las clases eran una dura contienda. Los profesores acudían al catecismo, a los preceptos del civismo, o al palo para imponer un orden que los estudiantes rechazaban. Después de perder su derecho a decir públicamente lo que pensaba, Camilo se fue distanciando del colegio, seguro que tarde o temprano se iría de allí. Es cierto que otros, en nombre del porvenir y de la buena conducta, estudiaban con aplicación sus lecciones y lograban que los pusieran como ejemplos, asegurando que pronto se convertirían en diligentes oficinistas, eficientes despachadores, confiables vendedores, con un futuro estable en el mundo rutilante del comercio.
     Pero no todos los profesores eran iguales. Alguno trataba de ganarse la confianza de los alumnos, aunque pronto descubrieran lo que trataba de venderles. Libros o cuadernos a menor precio, ofertas de lapiceros o zapatos de plástico. Otros eran flexibles en las calificaciones siempre que los estudiantes comprendan la situación y colaboren aliviando sus gastos. Cuando el profesor Quispe entró al aula por primera vez, todos se rieron de su aspecto. Comenzó anunciando que se haría cargo del curso de historia. Entre tantos profesores, muchos pensaron que éste era uno más. Se equivocaron. El profesor Quispe les advirtió que no duraría mucho en el colegio y que se abstuvieran todos de hablar a la vez, de esa manera no escucharían lo poco que enseñaría.
     -Todo lo que han aprendido hasta hoy sobre la historia de este país, bien pueden echarlo a la basura- dijo-. Absolutamente todo no es más que la mirada, la invención y hasta la redacción de los grupos que han perpetuado su dominio sobre El Dorado.
     Respiró y siguió.
     -Los demás somos nosotros, los indios que no hemos perdido la memoria-, dijo enérgicamente señalando la piel de sus brazos tersos y cobrizos.
     Los alumnos miraron con temor su enorme quijada. “Interesante”, pensó Camilo. Este Quispe estaba hablando de historias que todos conocían en El Dorado, que preferían ignorar. Se refirió a los sofisticados conocimientos que dominaban con propiedad los primeros habitantes de El Dorado y del encuentro dramático que sostuvieron con el puñado de aventureros que, con sus briosos caballos y sus vestuarios de hierro, impresionaron a los hijos del sol. "Esos ahora son los dueños del país", dijo. La suerte estuvo a su favor. Y la enorme masa indígena, cultores de la fertilidad y de una armonía social basada en el trabajo comunitario, !perdió un imperio! En ese imperio nada le pertenecía a nadie, todos eran pasajeros del mundo, y había que aprenderlo sin quedarse con él. Todos lo miraron en silencio.
     -La historia no ha terminado- dijo, levantando la voz- seguimos esperando el momento.
     Entre los alumnos, el profesor Quispe produjo un nuevo convencimiento: el país estaba también dividido en razas. En el mundo sin oportunidades donde vivían, no tenían más posibilidad que soñar con ser ricos. Por eso levantaron los hombros y, mirándole los zapatos rotos, se compadecieron del profesor. Sin embargo, Camilo observó que en los recreos de ese invierno crudo ya nadie jugaba los mismos juegos. Las reflexiones del profesor Quispe los hicieron pensar, hasta que los más inquietos bautizaron su equipo de fútbol con el nombre de "Los Conquistadores".
     Incomprensiblemente, el profesor Quispe combinaba un tema con otro, relacionando lo superficial con lo más profundo, la actualidad con la historia y temas colaterales como la existencia de los fuegos fatuos, la exudación de las plantas y la licuación del hielo, especialmente cuando dictaba sus clases fuera de las aulas, para reconocer las huellas de la historia en el rostro de los transeúntes, según decía.
     A los otros profesores no les gustaba sus métodos de enseñanza ni su esfuerzo de sensibilizar a los jóvenes, y fue inesperadamente reemplazado. Dijeron que no tenía sus papeles en orden, que era un charlatán perturbador de consciencias. Entonces, todo volvió a lo de siempre. Y más que nunca, lo de siempre fue la memorización rigurosa de frases, de fechas, de fórmulas y el anecdotario de santos muy venerados en El Dorado- como el recuento pormenorizado de los equinoccios y los solsticios. Desde esos días, Camilo iba al colegio a esperar la hora de la salida.
             
     A la salida, lo esperaba la ancha y abierta calle, con el mercado bullicioso y los mendigos con la mano estirada, cantando monótonamente la misma canción. Pero era cien veces mejor que los profesores tratando de imponerles la lección, con los héroes estampados en las paredes. Desde cualquier esquina podía verse el espectáculo más increíble y quizá tener una sorpresa para toda la vida, si se caminaba por las avenidas principales. Recordando al profesor Quispe, Camilo devoraba con sus grandes ojos los detalles, cada rostro, cada expresión, grabando en su memoria las emociones de la gente.
     Los animales también estaban en su interés. Atravesando de cabo a rabo la ciudad con su perro, llegó a conocer la vecindad de perros, que realizaban su rutina recorriendo calles, oteando en el ambiente los signos del amor y de la muerte, de la supervivencia y la soledad. Observándolos con detenimiento mientras se alimentaban, sospechaba mejor las verdaderas diferencias entre los hombres y los hombres, entre los animales y los animales y entre los hombres y los animales.
     Estaba seguro que los elegantes señores de los autos último modelo como los más pobres vagabundos, cumplían la misma necesidad cuando abrían la boca para comer. Antes o después del colegio, antes o después de su trabajo en el grifo, las calles de la ciudad le suministraban las claves del día siguiente y tanto mejor si atendía las señales que los perros sin dueño, y los más conocidos locos, lanzaban al aire húmedo y caliente de la tarde.
     No se cansaba de ver a los locos arrastrando sus consciencias y los oscuros enredos de sus extraños hábitos. En El Dorado había muchos y de todo tipo. Había locos que se creían directos descendientes de las familias más opulentas, locos que andaban disfrazados de mujeres presumiendo una belleza imposible, locos que se creían científicos y hablaban una jerga incomprensible, locos que cojeaban sin nada que les impida caminar correctamente, locos que lloraban amargamente, locos que declamaban poemas en el mercado, a gritos, locos que cantaban salmos apocalípticos en los parques, locos que dirigían el tránsito de las bicicletas, locos que avanzaban en las calles manejando máquinas invisibles, locos que esperaban calatos el retorno de la primavera, locos que no decían nada, aguardaban sentados en las bancas públicas la caída del sol y mostraban sin temor su documentación en regla cuando los policías los confundían con vagos o ladrones. Según algunos, eran los más peligrosos, no se sabía si estaban realmente locos.

     En su caso, él no quería discutirlo más. Aquellos que lo señalaron y acusaron, los que se burlaron tanto de él, reconocieron que era un joven brillante, dueño de una extraordinaria sensibilidad. Pero fue preciso alterarse, herir sentimientos, especialmente cuando querían que aceptara todo sin discutirlo, por las buenas, que baje la cabeza y vuelva al cuarto donde lo esperaban sus libros, un aparato de música, el silencio.
     Era hijo de un comerciante quebrado. La competencia desatada cada cierto tiempo para seleccionar a los más eficientes era feroz. Los que quedaban atrás eran echados a su suerte, como un desperdicio. Después de la muerte de su padre, lo llevaron a esa casa, allí todos se ocultaban de él, se reían. Entonces decidió ocultarse también. No tenía porqué cargar él, los errores de su padre. Si su familia lo acogía, tenía que respetarlo. Pero ellos también competían entre sí, sólo les faltaba herirse con los sables que adornaban el salón alfombrado y lleno de esculturas de marmolina. El otro salón, donde se recibían las visitas, estaba adornado de máscaras, marcadores de reses, látigos y espuelas.
     Apenas llegó, empezó a planificar su huida. Jamás imaginó que tropezaría con el llanto chantajista de su abuela, con los garrotes de los guardianes, con tanto obstáculo.
     -¡Se escapa el loco! ¡Se escapa el loco!
     Decidió no salir del cuarto, era eso lo que querían, entonces allí se quedó. "Para siempre", pensó. ¿Qué temían? ¿Que convertido en un pájaro abarque los aires hasta encontrar al asesino de su padre? Ya no era un jovencito. Era casi un hombre. Era un hombre. Y no le importaba nada más que salir. Mientras tanto, encerrado en el cuarto, desde la ventana podía ver el sendero que conducía al bosque de eucaliptos que separaba El Dorado. Poco más allá estaban las primeras calles, y también los guardianes apostados en la puerta, para que lo atiendan en todo, amablemente, señor. Lo llenaba de furia esta situación. Dejó crecer sus cabellos. No salía del cuarto ni para echarse un baño. Se lavaba con la poca agua que junto a dos panes duros deslizaban los guardianes bajo la puerta.
     Los cabellos se apelmazaron en su cabeza, y sus ropas grasientas y malolientes cumplieron su propósito. Ahora sí parecía un loco. ¿Cuánto tiempo pasó allí? Ya no importa. Tenía que irse de allí. Después de muchas preguntas, llegó a una conclusión: lo que no sirve, está signado de muerte. Tenía que salir.

5
             

     Empujó la puerta despacio, para que nadie tenga que levantarse a abrirle. “Menos mal pusieron la tranca de madera”, pensó. Seguramente creyeron que no tardaba en llegar. De todos modos, la puerta chirrió. Eran las bisagras oxidadas, en el silencio de la noche fue más claro su lamento. No estaba borracho, a pesar que bebió abundantemente con García y el Mono, dos compañeros de trabajo, en el conocido y viejo bar El Sambenito. El Mono insistió, mañana iba a ser su cumpleaños y no vayas a creer que nos daremos la gran tranca: una conversada y calabaza, calabaza. Además, de dónde, si no hay plata. Bueno, allí estaban. Dos cervezas, chino, bien heladas. Mejor una y una. "¿Se han dado cuenta que nos han dejado de joder desde que se formó el sindicato?" Ni tanto, de todos modos horas extras y vacaciones siguen pendientes, hasta nuevo aviso, dicen.
     El pobre siempre está fregado, salud. ¿Acaso ellos no cumplen con las remesas prometidas de vasos y floreros­? Miren cómo me sancocha las manos ese maldito silicato. Dos más, chino. Las cervezas se acumulaban en la mesa, el humo de los fumadores hacía por ratos irrespirable el ambiente de la cantina. Juan bebía despacio, saboreando el amargo de la cerveza espumante. Escuchaba con atención a sus amigos, después vinieron los comentarios sobre las mujeres, como si fueran un remedio desconocido o incomprensible. Nunca expresaban abiertamente el afecto que los unía a ellas. “Todo está tan difícil, hermano”.
A lo mejor hay que ver El Dorado desde una mesa sembrada de cervezas, desde la dignidad de las cantinas. ¿no dicen que el mundo se va acabar? No tanto, no tanto, miren, todo el mundo dice que ya no se puede vivir, hermano, no es lo mismo. La situación está convirtiéndonos en gente indiferente, todo nos da igual. Es que hay buitres y carroña en todas partes. No puede ser. Es el hambre. Hay tanto niño vagabundeando por las calles, buscando dónde robarse un pan. A cuántos se les ha encontrado muertos de frio en los parques, como pajaritos, con las manos entre las piernas, cobijándose. Y el negocio de los soplones, ese sí que aumenta, como los chismes y los robos, dicen que el Piojo está trabajando para una oficina de seguridad. ¿Sí? ¿No será soplón? ¡No! Juan pensó en sus hijos, en Hortensia, en Elías que ayudaba en la casa, aunque todo estuviera llenándose de una sorda tensión y un día de estos reventaría.
     La sensación de una vida absurda le aminoraba el paso. Se obligaba a mirar el charco de frustración acumulado en la mirada de la gente, entonces, resoplaba y seguía. "No queda otra, salud". Pero alguien debía estar detrás de la miseria, el dueño de la fábrica era solamente uno pequeño y con bigote. Alguien más grande que él pinchaba el enorme globo de ilusión que todos los días inflaban los provincianos de este país. No pueden reventarlo de un solo golpe, dijo García. Somos tantos. Pero reventará. Como una barriga a los nueve meses, dijo el Mono.
-Y no sabemos quién va a nacer- dijo él levantándose de la mesa, decidido a no seguir con tanta vanalidad.
-Dos más y nos vamos, Juan, no te vayas todavía, aún no hemos partido la torta.
Pero se despidió diciéndole al Mono:
     -Pueda ser que mañana amanezcas convertido en hombre. ¿No dicen que el hombre desciende del mono?
     Y salió del Sambenito, buscando unos billetes en el bolsillo de atrás. Al aire fresco de la noche, dando algunos traspiés sobre sus ojotas, llegó al restaurante más cercano. Compró un pollo frito, macheteado en pedazos, y con su paquete en la mano y un arrepentimiento inútil en el corazón, subió las calles que lo conducían hasta su casa, esperando encontrar a su familia todavía despierta. Pero ya era tarde. Los niños dormían, Hortensia se revolvía en la cama y, al otro lado de la habitación, Elías roncaba. A la luz de la vela que prendió para despertarlos, se asustó con su propia sombra.
    
     Todo estaba de cabeza. Nadie podía acusarlo de ocioso, ni de ladrón, ni de fanfarrón. Era simplemente un hombre honrado, pero quién no sabe que para llenar la olla de sus casas, la mayoría cae en pecados veniales que después niegan en sus consciencias o delante de los predicadores. Se preguntaba porqué la vida no era una ancha pradera, abierta a todos los animales para que la corrieran según su velocidad. En el difícil trance de la juventud y la hombría, Juan estaba seguro que los pasos se daban para adelante y, como decía la canción, el camino se hace al andar.
     Otra noche calurosa simplemente quisieron echarse un trago helado en la garganta, para apagar el volcán que erupcionaba entre los trabajadores recién pagados. Otra vez nada de las horas extras. “Estoy caliente”, dijo García. La situación los volvía locos. Ya no se sabe qué vale más, este trabajo de mierda o un puñete bien puesto en alguna quijada, rieron todos.
     -Trae dos más, chino- dijo el Mono.
     Sin embargo, en el viejo bar donde los trabajadores coincidían en amarguras y alegrías, esa noche el ambiente era festivo. Celebraban el fin del mes, y la concurrencia era mayor. Algunos empezaron a beber temprano y desde sus mesas llegaban sus voces destempladas cantando viejas coplas del amor desafortunado. Juan miraba la espuma descender lentamente de su vaso, de pronto el Mono y García se levantaron para saludar a otro grupo que recién llegaba, anunciando que esta noche El Sambenito se vestía de gala y los recibía con las maracas de la felicidad. Todos se dieron las manos afectuosamente, eran antiguos conocidos, compañeros de trabajo o de las fábricas vecinas. Juntaron las mesas para que entren todos y pidieron más cerveza.
     Juan conoció allí a Ernesto. Lo había visto antes conversando con otros trabajadores, y reparó en él porque llevaba siempre un maletín desbordante de papeles y publicaciones artesanales. Encima de su overol, gastado en los bolsillos, vestía un saco que le daba un aspecto singular, como su manera de hablar, mesurada y con las palabras adecuadas.
     -Mucho gusto- le dijo, estrechándole la mano-. Ernesto, obrero, como usted.
     Juan sonrió. Y gozoso participó del conjunto a que lo invitaba Ernesto con su expresión "obrero". Ernesto levantó su vaso y agregó:
     -A pesar de los obstáculos, somos conscientes de los mismos problemas. Pero debemos elevar nuestro nivel, mirando más arriba, entendiendo que si existe el trabajo y los trabajadores, existen los dueños del trabajo. Y viendo con esfuerzo científico la realidad, la vida no es sino el encuentro diario de trabajadores y dueños.
     -Encuentro hostil, porque ellos quieren lo mejor- dijo alguien.
     -Pero los de abajo, que somos inmensa mayoría, también queremos lo mejor- continuó Ernesto-. Y así, a través de un sindicalismo auténtico, comprometido con sus trabajadores, poco a poco conquistamos nuestros derechos, nuestros justos reclamos. Salud.

     Juan volvió a encontrarse con Ernesto en las reuniones de fin de mes en el mismo bar, o en la puerta de la fábrica, donde una vez lo vio repartiendo volantes de la "Fraternidad". Observando sus movimientos, trataba de penetrar en su mente cuidando que, con su mirada ceñuda, no leyera sus pensamientos. Todos le invitaban amablemente, y compartían su presencia, escuchándolo con atención. Aunque algunos se durmieran mientras hablaba, Ernesto sonreía. Aún cuando no quería dejarse engañar por este obrero que unas veces aparecía vestido de terno y corbata, con su maletín cargado de papeles, con aspecto satisfecho, sus opiniones lo atraían.
-Hoy presentamos un pliego de reclamos- le dijo una noche, sin que él le pregunte nada.
     Hablaba con tanta seguridad, a pesar de su evidente pobreza y de su color cobrizo. Como algunos en el bar, trabajaba en una curtiembre, era experto en la chaveta y decían que más de una vez resolvió líos de cantina, defendiéndose a cuchilladas del ataque de maleantes o grupos de borrachos empecinados en hacerlo cantar sus canciones lastimeras. Sus padres habían venido de un pueblo lejano, como tantos en esta ciudad, pero él nació aquí.
-Las cuarenta casas elegantes y tradicionales de esta ciudad, con su avenida principal y sus alamedas poco a poco fueron rodeadas de cientos de chozas que invadieron los arenales y ocuparon El Dorado. ¿Quiénes vivían en las chozas? Los sirvientes, los obreros de las cuarenta casas. Ahora somos muchos los pobres, y estamos en todas partes. Algunos vivimos en el centro mismo de El Dorado, en las casas que los ricos abandonaron por temor a que les caigan los pobres encima. Allí vivo yo.
     Como otros tantos en el bar, Ernesto también había trabajado en construcción.
-Nos rompimos el espinazo para levantar una ciudad moderna, donde los autos transiten en pistas de asfalto, en avenidas sembradas de árboles, con monumentos a héroes desconocidos y barrios residenciales, porque esta ciudad la hicimos nosotros con nuestras manos.
     -Nosotros- repitió Juan, mirándolo- salud.

     Sorteando los charcos y los rincones malolientes, en busca de un restaurante donde comprar su pollo de siempre, Juan pensó: “ese Ernesto es de los nuestros”, aunque todavía no tenía claro quiénes eran los nuestros y tampoco para qué servían. Por lo pronto, estaba de acuerdo con él, aunque no tenía oportunidad de expresárselo y hacerle preguntas que aligeren los restos de desconfianza que le sobrevenía viéndolo hablando y hablando, sonriente delante de las botellas, con la misma música de fondo, tratando temas trascendentales e históricos, como decía. De todos modos, sin pesar alguno, como pocas veces, entró resuelto a su casa y los despertó a todos dando un sonoro golpe sobre la mesa.
-!Arriba los pobres del mundo! !La comida está servida! !A levantarse!
Y todos desfilaron ante él, con los ojos todavía soñolientos, buscando su pedazo de pollo y su porción de papas fritas, con gusto por el buen ánimo que traía.
     Hortensia estiró un brazo sobre sus hombros, sonriendo y diciéndole “estás borracho”. Juan la miró y apretándola traviesamente contra su pecho le contestó "no, no lo suficiente para entender con claridad cuál es el enredo de ese compadre, pero tiene razón: !Nosotros! !Los pobres de la tierra hemos construido este mundo!” Hortensia limpiaba la boca de los niños, se detuvo para indicarle a Juan que bajara la voz, Elías estaba durmiendo, al día siguiente debía levantarse temprano a trabajar.
-!Ah, Elías, vamos, también tienes que levantarte, vamos! !También eres un trabajador!
Alzando la cortina que separaba el ambiente, Elías entró pidiendo permiso para ir al baño. Juan lo miró pasar, sin decir nada. Con sus ganancias se había comprado un pijama de franela, color celeste. Mientras se escuchaba el chorro de Elías en la letrina, todos se miraron en silencio y rompieron a reír, sin dejar de comer. Juan separó un pedazo de carne para su hermano, pensando que ciertamente, debía levantarse temprano, también era un trabajador.
     Pronto se fueron todos a dormir. Pero Juan, después de revolverse en la cama, abrazado de su mujer, soñó que una luz brillante iluminaba El Dorado. Era el sol, más cerca que nunca, calentando agradablemente las calles llenas de gente despreocupada y sonriente, con verdaderas ganas de saludarse y de estrecharse unos a otros, sin pesadumbres. Las mujeres, al lado de los hombres y de los niños, marchaban al mismo paso, descendiendo de los arenales de La Candela, en filas interminables, hasta las calles principales, cantando a una sola voz una melodiosa canción que dignificaba a los hombres humildes del mundo.

     "Seguro que es Ernesto", pensó Juan pocos días después, cuando le dijeron “afuera hay uno de saco que quiere hablar contigo”. Fue hasta los servicios para lavarse las manos, después salió a la puerta de la fábrica. Pero era José. De primera intención, no entendió qué hacía allí el cuñado de Hortensia. Lo saludó dándole la mano y, otra vez, como le ocurría siempre, dudó en darle un apretón con energía o dejar simplemente que sus palmas se encontraran. José carraspeó antes de decirle que desde hacía tiempo quería hablar con él, que no tuvo más remedio que buscarlo, era una cuestión de trabajo y si podía salir un momento. Juan, mirando su desaliño, se dio cuenta que había bebido. Todavía era temprano, aunque faltaba poco para que terminara el primer turno, lo esperaban en su casa.
     -No- dijo José- ya fui a tu casa, le dije a Hortensia que vendría a buscarte.
     -De todos modos tienes que esperar, si no me descuentan o me llaman la atención- dijo Juan, volviendo a preguntarse qué hacía allí.
-Esperaré- dijo el otro.
     Adentro, Juan se encontró con la mirada curiosa de algunos compañeros. “Es un trabajo”, les dijo para salir del paso, sin agregar nada. No era asunto suyo enterarse que lo buscaba José, el que lo recomendó para trabajar allí. ¿Porqué todavía se sentía en deuda con él?, no iba a besarle las manos porque le consiguió el trabajo. El también venía de una familia muy pobre, aunque decidido a conquistar el amor de Lurdes, la hermana de Hortensia, José fue capaz de todo por complacer a la familia. Convertido en un pequeño comerciante, pronto se ganó el aprecio de los suegros y, con su mujer, eran la pareja principal en la cofradía familiar. Hubiera querido decirle: “Suelta de una vez lo que tienes en el buche”. Pero no era la primera ocasión que decía bueno, está bien, qué vamos a hacer. Después no sabía cómo salir. ¿Así no llegó a este trabajo?.
     Cuando Juan todavía iba a las reuniones en casa de la familia de Hortensia, entre trago y trago, sus opiniones eran siempre diferentes a las de todos. Sin embargo, recibía la jactanciosa complicidad de José, cuando les recordaba que también eran provincianos, que los polvos o los ternos que se echaban encima no les quitarían ni el color de sus pieles ni la historia de despedidas que escondían en el corazón. Mientras las hermanas la abanicaban para que no llore, Lurdes lo miraba iracunda y José salía al frente, fresco, apaciguando los ánimos, poniendo a Juan como ejemplo del orgullo nacional, pidiendo otra ronda de cerveza, para brindar por él y escuchar su mensaje, salud. Juan no quería ofender a nadie. Sólo quería que no olviden dónde habían empezado, para que conozcan por adelantado dónde podían terminar. Pero no lo dejaban hablar. José soltaba un chiste y al instante todos recuperaban la risa. Después, rodeándolo con sus brazos, José le decía al oído:
     -Así es la vida, compadre.
     José olía a perfume, como tantos hombres que ahora también se perfumaban. En esos días sin horizonte, Juan no sabía cómo escapar de allí y le parecía que, efectivamente, el mundo se acabaría, como anunciaban los predicadores.
     Estaba sin trabajo cuando le llegó la noticia de la fábrica de vidrio. José había sido empleado del dueño y Hortensia insistió para que acepte el ofrecimiento. Insistió, insistió, hasta que él dijo “bueno, está bien, pero no vuelvo más a esa casa”. Desde entonces, pocas veces lo volvió a ver, pero de lejos sabía que era director de orquesta de la familia, y todos bailaban su música.
Juan no tuvo que encontrarse con él para comenzar en el trabajo. Fue directamente a buscar al dueño, un viejo gritón y mandón, que comenzó con pocos operarios sin experiencia, salvo uno que otro maestro. Gracias a la demanda de vasos y botellas, pronto tuvo que contratar a más trabajadores. Allí llegó él.

     Y aquí estaba José, otra vez, después de tanto tiempo.
     Juan decidió rápidamente que si las circunstancias lo obligaban, si alguna torpeza lo conducía a ello, renunciaría a su trabajo para no sentirse endeudado con él, así Hortensia lo recibiera con la cara desencajada diciéndole “!Otra vez en la calle, Dios mío¡“. Parecía que no iba a ser necesario. Tan pronto traspuso la puerta de la fábrica, José le pasó un brazo por el hombro.
-Qué ha sido de tu vida, Juan, te haces extrañar en la familia-  le dijo.
Quería tomarse un trago con él y hacerle una propuesta que le demostraría su aprecio.
     Fueron caminando, bordeando los charcos de la acequia que llenaban de mal olor el ambiente, hasta llegar al Sambenito. A esa hora, la cantina era diferente. Olía a aserrín mojado, creso, y estaba vacía. Se sentaron. “Vamos a tomarnos una botellita de ron”, dijo José quitándose el saco y aflojándose los botones de la camisa. Cuando trajeron la botella y los vasos, Juan lo miró con discreta expectativa.
     -Si quieres tomamos algo mejor, aunque yo sé que a ti te gusta el ron.     
     -¿Sí?
     -Bueno, a tu salud, a la de Hortensia, a la de esos muchachos que quieres con el alma- dijo José.
     Juan hubiera querido decirle que no bebía como cuando era un recién llegado. Entonces, el ron lo ayudaba a soportar una ciudad llena de aventureros y mentirosos, donde el ruin podía tener el bolsillo lleno y el honrado ser un sospechoso. Prefirió callar, esperando. Bebieron. Juan no pudo evitar una mueca cuando el líquido ardiente se deslizó hasta su estómago.
     -Estás entrando en años, Juan- dijo José, apresurándose a servirle nuevamente.
     -Bueno, hace tiempo que no nos vemos, los años pasan- dijo Juan, sin reponerse todavía del primer vaso.
-Veo que también para ti- dijo José, sonriendo y mirándolo fijamente.
     No tenían mucho más de treinta años los dos hombres delante de la botella.
-Quiero que vengas a trabajar conmigo- dijo José-. Sí, como lo escuchas... Un grupo de amigos respaldan la gestión que iniciaré pronto: una fábrica. ¿Te das cuenta? confecciones textiles, tengo su confianza y pondrán un dinero grande, pero yo sé que eso no te interesa. No sé porqué. Pero yo soy el socio mayor y compartiré todo con los míos, eso es. Tú eres de la familia, Juan.
El lo miró.
-Es hora de olvidar las pequeñeses. Además, debemos pensar en el futuro, en nuestros hijos, en el país que nos ha tocado vivir.
     José hizo una pausa, se sirvió otro vaso de ron. Juan no sabía qué pensar, bajó la cabeza y miró el barro salpicado en sus ojotas. De pronto el otro golpeó el vaso contra la mesa, se puso de pie y dijo:
-!Eres un orgulloso de mierda! ¿qué quieres? ¿quieres vivir eternamente en la inmundicia? Esta es tu oportunidad, Juan, no la dejes pasar, no te estoy pidiendo nada a cambio, eres honrado, sólo quiero que trabajes conmigo, como jefe del personal, tendrás veinte obreros a tu cargo, todavía no sabemos quiénes, si quieres me das algunos nombres. ¿Sabes qué es eso? !Jefe del personal!.
Juan sabía qué era un jefe del personal, más de una vez había discutido con el de la fabrica donde trabajaba, era igual o peor que el dueño cuando exigía rendimiento a los obreros.
-No me digas nada ahora- dijo José-. El lunes tenemos una reunión en mi casa. Ya le dije a Hortensia. Espero verlos allí.
     Se limpió el sudor, se puso el saco y salió dejando un billete sobre la mesa.

 6


     Por ratos suspiraba, emocionada, contenta. "Por fin pueden cambiar las cosas y quién sabe hasta comprar una camionada de ladrillos y empezar a construir”, pensaba. El resto podían hacerlo los chicos, cuando crezcan, cuando trabajen. Camilo ya estaba trabajando, ganaba poco en el grifo, pero él mismo se compraba sus útiles escolares. “Qué bueno fuera que todo cambiara”, pensó mientras enjuagaba los platos. Pero sabía cómo era Juan. Solamente él pasaría delante de una montaña de oro y antes de levantar siquiera una piedra, diría no, esa piedra nos va a traer problemas, déjala allí, que otro se pudra con su montaña de oro. “Jesús misericordioso, qué quiere este hombre. Una montaña con su nombre, una que haga él mismo, Dios mío, con sus manos tan toscas, sí, eso es”. Bien había hecho José yendo primero a buscarla. “Las mujeres saben convencer a sus maridos”, le dijo. “Aunque a ese nadie lo convence”, pensó refregando una olla.
     -!Luci! !Trae más agua del cilindro!- gritó llamando a su hija.
     Se pondría seria de verdad, ensayó un gesto firme para hablarle cuando llegara, le diría que ya estaba bien de tanta pobreza: las cosas pueden cambiar. Tenía que ponerse fuerte, aunque le dieran ganas de llorar o de reírse. Entonces él la miraría con su cara de estúpido y le diría “¿qué te pasa?”. Mejor le hablaba cuidadosamente, despacio, deteniéndolo por los costados, por allí se le atravesaban las ideas negras y siempre encontraba a todo el lado malo, así se tratara del Señor de la Caída en persona.
     ¿Será cierto que el mismo José iría a buscarlo a la fábrica? Ya no tendría el trabajito de convencerlo, eso no era para ella, aunque también se preguntaba porqué le tenía miedo, respeto o no sabía qué tanto de qué diablos. A nadie en El Dorado van a buscarlo hasta su casa para ofrecerle trabajo, “con tanta desocupación, Dios mío, no deben despreciarse las oportunidades que nos da la vida”. Y seguramente se trata de un buen trabajo, por los comentarios que le llegaban, José manejaba dinero, tenía relaciones.
     -Tenemos que hablar- pensó, secándose las manos con un trapo.

     Juan subió la pendiente irregular que lo llevaba de regreso a casa. Las calles empinándose, se proyectaban hacia la cumbre del cerro y el camino de escaleras que conducían a La Candela. Desde arriba, las casas del llano y las que se edificaron en los primeros tramos del cerro se veían diminutas. Bajo sus techos los niños corrían de un lado a otro, las vecinas lavaban sus ropas y uno que otro vecino, volcado sobre una vieja perezosa, roncaba la siesta al calor del atardecer.
     Juan no conseguía ordenar sus pensamientos. ¿Cómo se le ocurrió a José que podía ser su capataz? Una noche en el bar escuchó que si no se puede vencer al enemigo, hay que unirse a él. Aunque enemigo de José, lo que se dice enemigo, no se sentía Juan, a pesar que andaban midiéndose, como secretos rivales, desde que eran pretendientes de las hermanas. Mientras José encajaba con Lurdes en su casa, entre los muebles, él y Hortensia preferían los parques o los hoteles. José se ganó la confianza de la familia, poniéndose en el centro de las emociones. Ahora quería que trabajara para él, no era fácil, ya lo conocía.
     “¿Y cuánto ganaría como jefe?”, se preguntó de pronto.
     Mucho, mucho. Podría resolver todos los problemas de su casa, porque todo se resuelve con dinero, todo se compra, todo se vende. ¿No era así como pensaba José? Hasta los hombres pueden negociarse, también tienen un precio. Juan se limpió el sudor que bordeaba su frente, se alisó el cabello y resopló. A lo lejos, vio la silueta de Hortensia recortada en la puerta. Tenía que convencerla, él no estaba en venta.

     Ella simuló no verlo, pero él, ya cerca, palmeándole las caderas le dijo:
     -Ya sé que estás saltando de alegría.
     -¿Porqué?- preguntó ella, poniéndose en guardia.
     -¿Acaso no estuvo aquí José?
     -Sí, sí, te parece poco que venga hasta aquí a invitarnos a su casa. Van a ir todos y hace tiempo que no veo a mi mamá. Vamos a ir, no te hagas el loco.
     -Loco he sido siempre para ellos, sin hacer mucho esfuerzo- dijo Juan, buscando un lavatorio para remojarse los pies.
     Hortensia fue hasta un estante y regresó con un puñado de sal.
     -Echale esto- dijo, esparciendo la sal en el lavatorio- dicen que es bueno... ¿Qué le has dicho a José?
     -Nada, qué le voy a decir. Qué te ha dicho a ti.
     Ella respiró hondo.
     -Vamos- dijo- estará Susana, mi mamá y Lurdes, claro, y siempre se acuerdan de nosotros.
     Juan rió.
     -Se acordarán de ti.
     -De los chicos. Ha mejorado mucho su situación, es natural. También tienen hijos. Quieren darnos una mano, no olvides que José te consiguió el trabajo que tienes, por lo menos has durado más que en todas partes.
     Juan la miró.
     -Sí, sí, gracias a José mira cómo tengo las manos. 
     -Eres un soberbio, eso eres Juan. Pero yo voy a ir- dijo Hortensia, mientras le alcanzaba un trapo seco.
     -No, no vas.
     -No puedes prohibirme ver a mi familia. Además, tú crees que todo lo resuelves diciendo no. !Diciendo no, comienza el problema! 
     Hortensia se agitó nerviosamente. Juan echó el agua al macetero donde crecían unos geranios. 
     -Tú crees que la plata soluciona todo. Ellos no son mejores que nosotros porque viven en una casa de ladrillos y tienen un espejo de tres lunas.
     -Eres un egoísta, Juan, a ellos les va bien porque tienen la ayuda de Dios y trabajan sin envidiar a nadie.
     -Bah, vendedores de trapos, ahora quieren fabricarlos y que otros trabajen para ellos.
     -¿Y no está bien? ¿No están ofreciéndote trabajo a ti también? Tú no sabes cuánto cuesta el plato de comida que tus hijos se llevan a la boca, a eso le llamas “cojudeces”. Y si compré una cinta para amarrarme los pelos, cojudeces, pretensión ridícula ¿no?
     -Pretensión estúpida, ¿tu cinta va a ayudarte a pelear con los gastos? Todo el mundo anda igual, no somos diferentes.
     -Ese es tu problema: como no quieres progresar, te molesta que otros progresen. Por eso no quieres ir, a ti que te dejen con tu egoísmo, sin un real en el bolsillo, que nadie te moleste. El mundo puede venirse abajo, no importa porque tú ya renunciaste. Eres un renunciador. Yo estoy aquí, contigo y con tus hijos en la punta de este cerro, renunciando a la vida, a un techo donde no se meta la lluvia o el sol, renunciando a un par de buenos zapatos, ¿has visto los zapatos de Camilo? No, no está caminando descalzo, para qué preocuparse ¿no? Claro, él mismo se los va a comprar- dijo Hortensia, sollozando-. No te preocupes.

     Ya en las calles del centro, alguien gritó “!loco!”. El volteó pensando que tendría que volver a su encierro. Pero no. Era un jovenzuelo con cara de pocos amigos que sin razón alguna lo insultaba, sin que él pudiera hacer nada más que apresurar el paso.
     Caminó con temor por las calles de El Dorado, oliendo el aceite quemado de los puestos de comida apostados en las avenidas. Los comensales masticaban sus comidas, sin retirar sus miradas de los platos, escupiendo a veces, tomando largos sorbos de chicha, limpiándose la boca con el puño. Por todas partes, había malas vibraciones, estaba seguro que las miradas de los transeúntes se dirigían a él. “No, no es a ti, loco de mierda”. “¿Porqué me he llamado loco?, pensó, levantando del suelo un cartón, “lo vas a necesitar, nadie te dará una cama para que sueñes con angelitos”. Tenía el pelo muy largo y eso llamaba la atención, no, no, era que no se bañaba y apestaba, ¿porqué no quería reconocerlo?, consiguió hacerlo bien. Pero ya estaba bueno de locura. ¿O enloqueció de tanto fingir? Solamente a un loco podía ocurrírsele. Mejor sería regresar a casa y dormir, eso era lo que más quería en este momento, dormir, soñar.
     Pero nadie puede soñar si no lo quieren despierto, si uno cree que no sirve para nada y le pegan con un palo para que abra los ojos. Ensimismado en su camino a ningún lado, no se dio cuenta que un camión de transporte se le venía encima. Apretó el paso, corrió, dio un salto, pero el auto lo embistió violentamente.
     -Pobre loco- dijeron algunos tratando de ayudarlo. 
     -Sí, sí, estiran la mano para hacer un cariño, que se convierte en puñete, no, gracias, puedo levantarme solo- dijo, pensando que querían quitarle su cartón.
     Dio dos o tres pasos, y comenzó a correr, agarrando fuertemente su cartón. Calles abajo, encontró un rincón donde descansar. Felizmente sólo había sido golpe. Pero cuando despertó horas más tarde ya no pudo caminar, le dolía el cuerpo, especialmente el muslo golpeado. Recordó entonces las miradas de los pasajeros asomándose curiosos por los ventanales, tantos ojos a la vez, también asustados. Como una grasa invisible, el miedo se desliza en el aire y penetra en los pulmones. Después, ya descansado, con mucho esfuerzo, consiguió apoyarse en una pared.
     -!Fuera! !Fuera de aquí!- gritó alguien desde una ventana. No alcanzó a ver su rostro, era una voz de mujer, pero no la de su abuela.
     Se apuró, cojeando, no podía caminar. Levantó la mirada y vio el perfil de la ciudad, los cerros detrás de los edificios, las casas con sus fachadas de colores, las ropas tendidas en los cordeles, agitadas levemente por la brisa de la tarde. El cielo teñido de violeta le anunciaba que no sería fácil vivir solo, sin saber qué hacer con su vida. Quería dormir otra vez, nada cuanto recordaba le era grato. Ante tanto desorden desfilando frente a sus ojos, se preguntó si debía cambiar de aspecto, ordenar su cabeza, levantarla en medio del estiércol para mirar sin temor, levantando los brazos, sonriendo, con una idea que el sol ardiente del mediodía o el frio de la noche no perturbara. Una idea fija, radiante como el sol y fresca como la noche, un pensamiento vibrando al ritmo de su corazón. Entre los basurales, apartando los desperdicios malolientes, se acomodó con su cartón y otra vez se quedó dormido.

     Lurdes terminó de trazarse la línea en el párpado y se levantó de la silla donde se maquillaba frente al espejo, antes de empezar el día. Su comadre María llegó temprano y ya avanzaba en lo principal. Mentalmente, hizo la cuenta de las cosas que faltaban. El suelo, recién enlocetado, estaba trapeado y encerado desde ayer, María se encargó de eso. La comida estaría a cargo de María, con la ayuda de su hermana, así ganaban algo. Lurdes estaba a gusto con ellas porque cocinaban bien, no sabía qué le echaban a la comida. Como decía ese amigo de José que andaba con zapatos blancos y todos llamaban el Rey de la Papa, “los indios cocinan con el alma”. Además, perfumaron la casa con un incienso que llenaba el ambiente de buen olor, como en los templos particulares construidos al otro lado del bosque de eucaliptos.
     Lurdes salió del dormitorio y caminó hasta la cocina, allí encontró a María.
     -Hoy tenemos mucho trabajo, comadre- le dijo.
     -Buenos días, cómo ha amanecido, comadre, todo está listo para la reunión- dijo María escondiendo una mano.
     -Qué pasa, qué tiene allí.
     -No, es que me he cortado.
     -Justo ahora, comadre. A ver, huy, está sangrando, cómo se ha podido cortar.
     -Se rompió un vaso, estaba lavando, son tan delgaditos y mire.
     -¿Y ahora qué hacemos, comadre?
     -No se preocupe, comadre, ya no sangra tanto, hubiera visto antes.
     -Bueno, bueno, me pone nerviosa, María. ¿Y qué se va a tomar? Además, de la cerveza, claro.
     -Ya está listo el coctelito, comadre, solo falta tomarlo, lo he guardado en la vitrina de la sala, para cuando lleguen los invitados.
     -Ah, qué bueno. ¿Y va a quedarse para ayudarnos, María?
     -Si usted lo manda, comadre.
     -Sí, por favor, sola no voy a poder, no sé cuánta gente va a venir: mi familia seguro, y los amigos de José, no sé cuántos.

     José había dicho que todo se deslizaría como sobre hielo. Tenían asegurado el personal y si el Rey de la Papa garantizaba las máquinas, pronto podrían comenzar. Aún era temprano y Lurdes quiso dar una mirada a la sala.
     Por el corredor, todavía sin revestimiento, llegó a la sala. Dio un vistazo a los muebles. Todo estaba en orden. En la pared, el retrato de la madre de José, y más allá, el de ellos la noche de la boda, destacaban con sus rostros brillantes, sonrosados por el retoque. Al fondo, pondrían el tocadiscos. Las cortinas estaban cerradas, si las abría antes de tiempo entraría polvo y se ensuciarían los muebles. Se sentó a mirarlo todo, como si fuera una invitada, pero antes, casi sin pensarlo, se acercó a la vitrina y se sirvió un poco del cóctel que preparó su comadre.
     -Está bueno esto- pensó- la María tiene buena mano.
     Sintió pasos que venían desde el corredor. Era María.
     -No me para la sangre, comadre, tengo que irme- le dijo.

     La famosa reunión sería hoy, y él no sabía qué hacer. Había quedado con Hortensia, y marchó a su casa, como todos los días. A mitad de camino pensó que debía tratar de convencerla. Era inútil ir a esa reunión. ¿Qué haría allí? Ya en la casa, Hortensia lo esperaba lista cuando él le dijo “mejor no vamos”, ella lo miró molesta, y salió.
     Lo que más le gustaba de Hortensia era su rebeldía, su empeño por llevar adelante sus propósitos, así se opusiera él con todas sus fuerzas. Pero era eso mismo lo que más le disgustaba. Cierto que le había prometido que irían, pero los acuerdos salpicados de llanto eran puro chantaje. Sin embargo, se quitó el overol, llenó un lavatorio con agua y se bañó. Se secó con la vieja toalla y luego buscó una camisa limpia. Se puso un pantalón que ajustó por la cintura con una correa y frente al espejo del ropero, echó sus cabellos hacia atrás con el peine de cuerno que años atrás hizo con sus propias manos. Ya listo, calzó otra vez sus ojotas después de limpiarlas cuidadosamente con un trapo húmedo.
     Pensando que se encontraría con toda la familia, después de tanto tiempo, y quién sabe con quién más, decidió que no tenía nada que hablar con José. Iría a recoger a Hortensia y, de paso, saludaría a todos, sin resentimientos. Descendiendo hasta el llano por el camino más corto, se sintió un poco nervioso al ver que llegaba más pronto de lo calculado a la dirección que le indicaron.
     Ya frente a la casa, vio luz en las ventanas. En la puerta, se encontró con Susana, la hermana de Hortensia.
     -Cómo estás- le dijo ella, sin disimular su sorpresa.
     Juan se azoró un poco.
     -Le dijeron a Hortensia que no podía faltar y ya estamos aquí.   
     -Pero ¿dónde está Hortensia?- preguntó Susana.
     Juan no supo qué contestar. Se escuchaban voces en la sala, estaba llena de gente, en medio del bochorno se preguntó qué lo había hecho creer que Hortensia vendría. Y ahora allí, obligado a seguir adelante, alguien lo tomó del brazo. Era Hortensia que sin decir nada, sonriendo, alivió su apuro. Tragó saliva y sonrió también.

     En los sofás, en los sillones, en las sillas, sentados, con las piernas cruzadas, de pié, formando pequeños grupos, los invitados charlaban animadamente con un vaso en la mano. Hortensia le dijo que prefirió el camino asfaltado, por eso había demorado. El quería escuchar cualquier cosa para distraer su mente, para irse de allí. Susana los condujo donde estaban sus padres. Cómo pasa el tiempo, más de una vez los vio de lejos, ahora podía ver de cerca sus arrugas y sus sonrisas complacidas cuando la suegra y al viejo le extendieron la mano.  
     -Cómo estás, Juan- dijo el suegro, pasándole la mano por la espalda- siéntate.
     -Así nomás, solamente vamos a saludar, los muchachos se quedaron solos.
     -Bah, ¿desde cuándo te preocupan?- preguntó Lurdes apareciendo, mirándolo desafiante, alcanzándole la mejilla para que la salude.
     Hortensia sonreía nerviosamente. Pronto sus hermanas la llevaron adentro y él quedó desamparado ante tanto vestuario, perfume y humo. En el grupo más concurrido distinguió a José. El lo reconoció y dándole la mano le dijo “sabía que ibas a venir”. El le devolvió el saludo murmurando:
     -Sí, aquí estoy con Hortensia, por un rato.
     -De ninguna manera- le dijo José al oído-, voy a presentarte al Rey de la Papa, es mi socio.
     Y lo arrastró hasta el ruedo donde el Rey de la Papa contaba algo que todos celebraron ruidosamente. No cesaba de reírse, luciendo su diente de oro. "Mucho gusto", dijeron los dos, y se miraron los pies, disimuladamente. Juan miró sus zapatos blancos, relucientes, contrastando con su vestimenta colorida. Servían una rueda de cerveza, y el Rey de la Papa volvió a mirar los pies desnudos de Juan, calzados de ojotas.
     -!Vamos a hacer país, carajo!- dijo-. Comenzaremos por los textiles. Una floreciente industria textil. ¿Porqué tenerle miedo a la industria? ¡Unir los capitales, dejar las pequeñeses! ¡Pensar en grande, pensar en país!- y señalando sus pies, le preguntó sonriente:
     -¿Usted no es enemigo de la industria del calzado, verdad?
     Todos rieron reparando en las ojotas de Juan.
     El no dijo nada y sonrió desganado. Al poco rato, buscando dónde dejar su vaso, dio media vuelta y salió sin despedirse de nadie. Todavía escuchó a José que lo llamaba. Afuera el aire estaba fresco, avanzó con la brisa dando pasos largos.
     En la esquina, escuchó que nuevamente lo llamaban.
     Era Hortensia que salía tras él.
     


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